domingo, agosto 20, 2006

GUERRA RESTAURACION Y CULTURA DOMINICANA

RAZONES ECONÓMICAS, POLÍTICAS Y CULTURALES DE LA GUERRA RESTAURADORA

Por: Alejandro Paulino Ramos

(Conferencia leída el 18 de agosto del 2006 en la Universidad Tecnológica del Sur (ITESUR), auspiciada por El Comité Permanente de Efemerides Patrias y la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).




Al momento de producirse la anexión de la República Dominicana a la imperial España, nuestro país estaba arropado por el atraso económico, las amenazas permanentes de las invasiones haitianas, el interés de sectores estadounidenses en apropiarse de áreas territoriales dominicanas y la propia necesidad de España en preservar y si era posible aumentar la posesión y control de los territorios de habla hispana en la región del Caribe; territorios amenazados por la expansión de otras potencias.

Con una población que rondaba los doscientos cincuenta mil habitantes y una economía precapitalista que no superaba la ganadería maltratada por un exiguo mercado, la exportación de madera preciosa a Inglaterra y la venta de tabaco a los alemanes, así como un limitado intercambio comercial con Francia y con los Estados Unidos, el país parecía que nunca alcanzaría la senda del progreso.

De hecho, la República de 1861 se parecía mucho a una coalición donde coexistían tres países, con intereses y liderazgos desarticulados y enfrentados uno a otros: por un lado la región Este con el hato ganadero y Pedro Santana; por el otro lado la región Sur con el corte de Madera y Buenaventura Báez, y por último el Cibao con la producción de tabaco y un liderazgo liberal que podríamos considerar como colectivo. “Esta pobre economía de exportación de productos agrícolas cultivados con técnicas arcaicas y en muy reducidos terrenos, hacía el país presentase un aspecto misérrimo” (Jaime de Jesús Domínguez, la Anexión de la República Dominicana a España, p.10).

La República de la que le hablo estaba gobernada por el General Pedro Santana, temeroso de la invasión haitiana y a la vez enfrentado con los lideres baecistas y cibaeños, a quienes había encarcelados y expatriados. La conservación del poder en manos del grupo que gobernaba pasaba por las negociaciones de un protectorado que muy pronto y en secreto, terminó en la anexión y la perdida de la soberanía conquistada en 1844.

Para esa anexión, el grupo que la negociaba propuso a España las siguientes condiciones: El no establecimiento de la esclavitud, la consideración de la República como Provincia de Ultramar de España, la amortización del papel moneda para que el dinero que circulaba antes de la anexión conservara su validez, el reconocimiento de los actos jurídicos de la República y la utilización de los servicios de los santanitas en los puestos públicos.

El historiador Jaime de Jesús Domínguez, un especialista en el tema de la Anexión a España, plantea en su obra La Anexión de la República Dominicana a España, que más por interés que por sentimiento, Pedro Santana hizo la anexión movido por su hispanismo, y que la justificaba porque el pueblo dominicano era de “raza hispánica”, blanca, descendiente de españoles, por oposición a los vecinos haitianos que eran negros y descendientes de africanos. Además propaló la idea de que la presencia española traería paz y se pondría fin a las invasiones haitianas y las guerras civiles.

Por su parte, los españoles esperaban obtener como parte de la aplicación del tratado de anexión, la adquisición del que fue su antiguo territorio hasta 1821, la utilización de la bahía de Samaná como punto estratégico en la región del Caribe, el control de los yacimientos minerales del país, en especial los de plata y oro, la posibilidad de incentivar la producción de algodón y la colonización y aumento de la riqueza en general, así como extender y consolidar su influencia en la región del Caribe.

Inmediatamente se proclamó la anexión de la República Dominicana, el 18 de marzo de 1861, comenzaron a llegar los batallones de soldados traídos desde las islas de Puerto Rico y Cuba y de inmediato comenzaron a tomar el control de los puntos estratégicos del territorio dominicano. La respuesta inicial a la anexión fue la fracasada rebelión de los campesinos de Moca el 2 de mayo de 1861 y la expedición de Francisco del Rosario Sánchez encabezando el movimiento de la Regeneración el cual abortó en junio de 1861 con la lamentable muerte del patricio en El Cercado, San Juan de la Maguana, el 4 de julio del mismo año.

La anexión se ejecutó sin que España cumpliera con los acuerdos que le dieron origen a aquel bochornoso acontecimiento contra la nación dominicana; por ejemplo, los cargos públicos y los rangos militares beneficiaron fundamentalmente a los españoles y no a los dominicanos como se había prometido. El General Pedro Santana fue relegado a un segundo plano llevándolo a presentar renuncia como Capitán General en 1862, se estableció la censura de prensa y de imprenta, los militares dominicanos fueron excluidos de los ascensos y rangos militares, integrados a las reservas y se les negaba ostentar el uniforme de los militares españoles. El gobierno anexionista incumplió además con la promesa de la amortización de la moneda dominicana, se aumentaron los impuestos de exportación a los productos dominicanos y se afectó considerablemente el comercio exterior, especialmente la exportación de tabaco dominicano en beneficio del que se producía en Cuba.

Este era, en forma general, el cuadro económico y político que vivía Santo Domingo en los primeros años de la anexión, causas de lo que el 16 de agosto de 1863 provocó el levantamiento popular más importante de los dominicanos durante el siglo XIX. Pero ese levantamiento restaurador que se inició por Capotillo, se consolidó en la región del Cibao y terminó con arropar, durante dos largos años de lucha armada, todo el territorio dominicano no hubiera sido posible sin la respuesta unificada del pueblo a las agresiones contra las costumbres y la identidad de los dominicanos.

La anexión de la República Dominicana a España, fue un hecho negativo, una agresión que no sólo limitó la soberanía política, jurídica y económica de los dominicanos, sino que también se constituyó en una etapa de violencia contra la población y una embestida contra nuestra cultura e identidad como pueblo. Con la pérdida de la soberanía, el país fue obligado a cruzar por un corto pero oscuro túnel donde la prensa, imprenta, sociedades culturales y literarias, logias masónicas y las costumbres que nos perfilaban como pueblo, se encontraron seriamente amenazadas.

El General Pedro Santana y el sector de nuestra sociedad que le seguía, responsables directos de aquel ignominioso hecho, pensó y creyó que la República proclamada en febrero de 1844, seguía siendo por extensión histórica un pedazo de España; que seguíamos siendo en esencia españoles por sentimiento, por idioma y por la religión, o como erradamente planteó el general Pedro Santana en la justificación de la anexión “un pueblo leal como colonia, que leal ha sido, es y siempre sería como aliado a su antigua metrópoli; siempre fiel, siempre agradecido”.

Pedro Santana entendió muy pronto que esa identidad con los valores españoles era muy relativa y que estaba en un error, pues las diferencias culturales, morales y políticas eran más profundas que las que él y su grupo había percibido cuando se entusiasmó con el proyecto anexionista, y se dio cuenta de esa realidad al ser él relegado a posiciones inferiores y sus seguidores discriminados por su condición de mestizos. El reconocimiento de esa condición lo aporta el propio General Santana, cuando en octubre de 1863 le señaló al Ministro de Ultramar de España, que si bien el pueblo dominicano “hacía abnegación de su independencia, era porque tenia la seguridad de que se echaba en brazos de una nación generosa, que compadecía sus miserias, que conservaría incólumes sus derechos y toleraría sus sanas costumbres.”

En ese señalamiento el General Santana dejó claramente establecido su conocimiento de la agresión cultural, jurídica y política que estaba sufriendo el pueblo dominicano, aunque ese reconocimiento no lo situó a él y su grupo al lado de la soberanía del pueblo dominicano, mas bien, en medio de su desilusión permaneció colaborando con aquella potencia colonialista que todavía él aceptaba como “la Madre Patria”.

Esa Madre Patria, que él entendía enraizada en la identidad de los dominicanos, provocó concientemente modificaciones en las instituciones y las tradiciones del pueblo dominicano; esas alteraciones fueron tan agresivas, que obligó a la unidad del pueblo para poder resistir e impedir los planes del gobierno anexionista, desarrollados entre 1861 y 1865.

Examinemos brevemente algunas de las agresiones del gobierno español anexionista contra los dominicanos:

La Libertad de Prensa y de Imprenta

La libertad de prensa contemplada desde 1844 en la Constitución de la República, fue censurada al igual que la libertad de imprenta un mes después de producirse la anexión a España. En un decreto del 12 de septiembre de 1861, el Gobernador General de Santo Domingo anunció los niveles alcanzados por la abusiva prohibición, con las siguientes palabras: “Por oficio de fecha 23 de agosto último, el Excmo. Sr. Capitán General y Gobernador Supremo Civil de la isla de Cuba se sirvió indicar al que es de ésta, la necesidad y conveniencia de que se estableciese en Santo Domingo la censura de imprenta en la misma conformidad que lo previenen las leyes, reglamentos y demás reales disposiciones para todas las provincias ultramarinas españolas (…) nombrando al mismo tiempo (…) al Fiscal de Guerra Don Miguel Tavira censor de imprenta en esta capital, interinamente y a reserva de superior resolución”.

Esa censura afectaba las publicaciones de libros y periódicos, a la vez que establecía impuestos, a través de la ley de patentes, que abarcaban las referidas publicaciones. En aquella ocasión los hermanos José Gabriel y Manuel de Jesús García fueron obligados a pedir permiso para publicar un libro sobre los puertos dominicanos.

Fue necesario entonces, que los que estaban en contra de la anexión imprimieran sus proclamas políticas fuera del país, o en forma clandestina, ya que desde mayo de 1861 el General Pedro Santana había decretado, como medida previa a la venta de la Patria a España, que todo el que propalara noticias falsas que tendieran a alarmar el espíritu publico, sería juzgado conforme a la ley de conspiración, como reo de propaganda a favor del enemigo
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Persecución a Sacerdotes Católicos

La persecución a la Iglesia Católica dominicana se inició con la deportación del Padre Fernando Arturo de Meriño, quien aún siendo el Jefe Provisional de la Iglesia, fue acusado por Pedro Santana de no permitir que en las misas se rezase por la conservación y vida de los Reyes Católicos. Este hecho, que se produjo el 12 de abril de 1862, posibilitó la llegada al país del Arzobispo Monzón (junto a un nutrido grupo de sacerdotes españoles), quien desató de inmediato la persecución contra todo lo que a él le pareciera disidencia en la Iglesia Católica de Santo Domingo.

El Arzobispo Monzón fue además uno de los funcionarios del gobierno anexionista que más se destacó en la persecución de las costumbres y tradiciones del pueblo dominicano. Desde la posición que le permitía su alta investidura, el Arzobispo se dedicó a perseguir a las religiones, que sin ser católicas, habían celebrado sus cultos en un ambiente de libertad religiosa. El 24 de septiembre de 1862, el Arzobispo denunció ante el Gobernador Ribero, el culto extraño “que hoy se está practicando en capillas públicas y con la mayor publicidad por un crecido número de sectarios extranjeros en dos puntos de esta isla a saber en Samaná y en Puerto Plata. Y esto se hace (…) con dolor y escándalo de los buenos españoles que aquí mismo nos rigen y gobiernan, contradiciendo abiertamente nuestras glorias históricas, nuestras venerables tradiciones, nuestros hábitos, nuestras costumbres y nuestros sentimientos”.

La denuncia del Arzobispo debió en aquella oportunidad ser motivo de preocupación, ya que quienes estaban contradiciendo y violentando las tradiciones, hábitos y costumbres de los dominicanos eran las autoridades españolas y no los habitantes de los pueblos señalados. El ataque del Arzobispo al libre culto, llevó a la prohibición oficial de las religiones no católicas: todo aquel que celebrara actos públicos de un culto que no fuera de la religión católica, apostólica y romana, sería desde entonces castigado con la pena de extrañamiento corporal y el que inculcara públicamente la inobservancia de los preceptos religiosos sería castigado con la prisión correccional.


El Matrimonio Civil y el Arzobispo Monzón

El Código francés vigente al momento de la anexión de Santo Domingo, estipulaba que el matrimonio civil debía preceder al religioso y que el segundo no tenía ninguna validez jurídica, pero el gobierno anexionista español reconoció sólo como válido el matrimonio religiosos católico, por esta razón el 4 de mayo de 1862 se suprimió el matrimonio civil y el Arzobispo Monzón visitó los pueblos del Este predicando y obligando a las parejas amancebadas o casadas por lo civil, a contraer el matrimonio católico.

Persecución Contra Logias Masónicas

La persecución contra el movimiento masónico de la República se inició desde el mismo día que las tropas españolas desembarcaron en Santo Domingo en 1861: el 13 de septiembre ya las tropas que llegaban desde Cuba y Puerto Rico, ocuparon el Templo de la Cuna de América numero 2, para establecer en su local un cuartel militar.

El 28 de enero de 1862 la Logia numero 7 fue obligada a suspender sus trabajos, debido a las presiones permanentes que recibían de las autoridades y el 6 de agosto del mismo año, la Gran Logia Nacional, fundada en 1858, comunicó a todas las logias dominicanas que debían entrar en receso de todos su trabajos; para las logias volver a laborar sin problemas, fue necesario esperar el triunfo de la Guerra Restauradora. Los masones abrieron nueva vez sus puertas el 20 de mayo de 1865.


Agresión contra Costumbres Dominicanas

Como parte de la cadena de agresiones contra la identidad del pueblo dominicano, las autoridades españolas emitieron, el 13 de octubre de 1862, un bando de policía que entró en vigencia el 1º. de enero de 1863, prohibiendo costumbres practicadas desde la época colonial, como eran las de colocar las ropas a secar en los balcones, ventanas y rejas, las peleas de gallos (el deporte nacional de la época), y los juegos de azar.

A partir del 12 de febrero de 1863 se obligó a los habitantes de la ciudad de Santo Domingo a cambiar la forma de colocar en los edificios las puertas y ventanas, de modo que en vez de abrir hacia fuera lo hicieran hacia adentro.

En el período anterior a la anexión a España, en los barrios de la ciudad de Santo Domingo se bailaban danzas exóticas que fueron consideradas por las autoridades anexionistas como indeseables, ya que las consideraban desordenadas y escandalosas. Por esta razón se prohibieron el 15 de octubre de 1862, las danzas conocidas como danesa, el tango y el vodú las que sólo podrían bailarse con el permiso de las autoridades. Las sanciones más fuertes fueron aplicadas a los bailes tocados con tambores de cualquier tipo, debido a sus orígenes africanos. En el mismo año se prohibió bailar el llamado baile bambulá sin una licencia obtenida de las autoridades y se prohibió además, el baile llamado “jodú”.

En cuanto a la discriminación por el color de la piel de los dominicanos, siendo este un pueblo eminentemente mestizo, era frecuente que los soldados y funcionarios españoles recordaran a los dominicanos que por esa sola circunstancia ellos serían esclavos en Puerto Rico y en Cuba, colonias de España donde existía la esclavitud.

Si a los problemas económicos, políticos, sociales y jurídicos agregamos el constante conflicto entre españoles y dominicanos por motivos culturales, entonces entenderíamos las razones de la integración masiva a la guerra restauradora, de un pueblo que estaba decidido a tomar el control de su propia existencia.

Esa guerra que se prolongó por dos largos años, estaba matizada de una violencia inusual que negaba la presumida hispanidad de los dominicanos.

La República Dominicana llegó a tener estacionado en todo su territorio más de 25 mil soldados españoles, de los cuales murieron en combates y por enfermedades, unos ocho mil y otros dos mil resultaron heridos o inutilizados en combates. Entre los dominicanos el número de muertos debió haber sido mayor, aunque se tiene calculado en unos 12 mil las bajas en el ejército restaurador, ya que como ejército irregular no había forma de llevar los cálculos de los muerto y heridos; pero el número de bajas en ambos bandos dan una idea perfecta del nivel de violencia desarrollada en el conflicto.

La unificación y la determinación del pueblo dominicano por ser libre y soberano ante una potencia que por siglo se consideró la “Madre Patria”, prueban sin lugar a dudas, la existencia de un conglomerado que se había constituido en más de 350 años de historia, y que con orgullo resurgió de la restauración consciente de su condición de dominicano.

Reafirmación de la Identidad Dominicana

Debo terminar esta relación de agresiones al pueblo dominicano, señalando como conclusión lo siguiente: el movimiento restaurador iniciado en Capotillo, el 16 de agosto de 1863 y que terminó con la salida de las derrotadas tropas españolas el 26 de julio de 1865, estaba encaminado no sólo al rescate de la soberanía perdida en 1861, sino que la Guerra de la Restauración fue un acontecimiento de reafirmación de la identidad del pueblo dominicano; un pueblo que se sintió agredido por la dominación militar, jurídica, política y cultural por una nación a la que nos unían sólidos lazos históricos. Dos años de enfrentamientos nos enseñaron que sí bien reconocimos los vínculos históricos con España y otras naciones, de ninguna manera éramos españoles pues en un proceso de tres siglos nos habíamos constituidos en una comunidad con identidad propia.

La Restauración dirigida por Pedro Antonio Pimentel, José María Cabral, Gaspar Polanco, Pepillo Salcedo y Gregorio Luperón, ratificó esa identidad en los campos de batallas: ya no éramos indios, ni españoles, ni africanos, franceses, haitianos o americanos. La anexión fue el detonante de la restauración de la República perdida y de paso nos obligó a comprender aquella bella realidad: éramos dominicanos.

sábado, agosto 05, 2006

POESIA Y CULTURA EN LA REVOLUCION DE ABRIL

GRUPOS LITERARIOS EN LA REVOLUCION DE ABRIL DE 1965

Por: Alejandro Paulino Ramos

La guerra civil de Abril de 1965 y la participación de los escritores de la Generación del Sesenta en ella, abrió la puerta a las definiciones teórico-prácticas con las que se llevó la poesía a nivel de compromisos con la cotidianidad y los intereses políticos-ideológicos de una parte de los escritores dominicanos. El medio organizacional para cumplir con esos fines fueron los grupos literarios, y la competencia entre ellos el reflejo vulgar de las líneas partidarias de la época.

La poesía de sus integrantes fue el compromiso social «la conocieron después de los escombros. /Por el hijo que estuvo. /Y no aparece, / por la sangre que tiñe las aceras. / Por el intenso olor a pólvora quemada» (Pedro Caro. Conocimiento de la Ciudad).

Aquella consigna de “Unidad”, surgida en la guerra, y el interés en la prevención de los niveles de “esclarecimiento” alcanzados en 1965, fueron parte del motivo del surgimiento de los grupos y su objeto “la formación de la conciencia de la literatura como un oficio; y la imprescindible formación teórica para ejercerla,..(Enrique Eusebio, Bloque No.2). El primer agrupamiento en aparecer fue La Máscara (1965), integrando a poetas de la clase media conservadoras (véase Tony Raful, «Lo Social en la poesía dominicana), y dirigida por Héctor Díaz Polanco, Aquiles Azar y Lourdes Billini. Otros grupos aparecieron en las provincias como reflejo natural de los que surgían en la capital de la República: Admiversa (dirigida por Mora Serrano), y Escritores del Cibao, por ejemplo.

A fines de 1965, encabezados por Miguel Alfonseca y Ramón Francisco e integrados por Iván García, Enriquillo Sánchez, René del Risco y Marcio Veloz Maggiolo, surgió El Puño, y su formación anunciada en la revista Testimonio Número 17, de enero de 1967. Rafael Julián en Bloque No.2, lo señala como el más digno de estudio y del cual se esperaba mayor permanencia, producto de un fenómeno social jamás visto en nuestro país: la Revolución de Abril, como un desprendimiento de El Puño y reagrupamiento de escritores que no estaban vinculados a grupos, surgió La Isla (1966); con ese nombre se intentaba romper con el aislamiento de los dos los pueblos que ocupaban “La Española” (Haití y República Dominicana). Dirigido por Antonio Lockward Artiles e integrado por Fernando Sánchez Martínez, Pedro caro, Wilfredo Lozano, Jimmy Sierra, Andrés L. Mateo, y Rutinel Domínguez. En a1967, influenciado por los poetas de El Puño y La Isla, apareció La Antorcha, dirigida por Mateo Morrison, Enrique Eusebio, Rafael Abreu mejía, Soledad Álvarez y poetas que habían pertenecido a los grupos anteriores. Este último grupo se constituyó en el núcleo principal de lo que luego se llamaría La Joven Poesía Dominicana. Muchos de estos poetas también formaron parte Del Movimiento Cultural Universitario.

En cuanto Al Bloque de Jóvenes Escritores, el último de importancia en aparecer (1973), este trató de romper el aislamiento, y la desintegración de los agrupamientos anteriores, así como impulsar una actividad literaria Fecunda. El Bloque, fue dirigido por Rafael Julián, Mateo Morrison, Antonio Lockward Artiles, Héctor Amarante, Rafael Abreu Mejía y Diógenes céspedes.

Todos los grupos, con excepción de La Máscara, fueron influenciados por las ideas socialistas, la solidaridad con las luchas antiimperialistas y el partidismo de izquierda de los años sesenta y principio de los setenta. Para 1974, ya habían desaparecido dando paso a una a nueva generación en la poesía dominicana: La Joven Poesía Dominicana.

NARRATIVA DOMINICANA: LA MÁSCARA

En los últimos meses de 1965 se organizaron en la ciudad de Santo Domingo, los grupos literarios La Máscara y El Puño. El primero, integrado por intelectuales de “la clase conservadora”, y el segundo por “revolucionarios”. Se da por cierto que La Máscara fue la primera agrupación cultural y literaria después de finalizada la guerra. Sus integrantes fueron principalmente, Héctor Díaz Polanco (teórico de la agrupación), Lourdes Billini y Aquiles Azar, y su principal aporte el impulso de la cuentística dominicana.

La Máscara nace en la época en que la “poesía salio de la trinchera y se refugio en el piano bar, los cinematógrafos y las piernas de las oficinistas” (Alexis Gómez, Antología de Franklin Gutiérrez), y en la que el tema urbano “va a constituir la fuente primaria de inspiración”. Sus integrantes y los que luego van a formar otros grupos, son “muchachos nacidos y educandos en la ciudad, estudiantes universitarios, activistas políticos, militantes de partidos revolucionarios, o simplemente profesores, actores, publicistas”. (Antología de José Alcántara Almanzar)

Aquiles Azar, principal de La Máscara (Bloque No. 2), dice de su nacimiento lo siguiente. “La Máscara, agrupación que nació debido a una necesidad en el año 1965; un grupo de jóvenes se reúnen tentativamente una primera, segunda y hasta tercera vez para dejar constituida dicha agrupación”. El nacimiento de El puño y luego La Isla “despierta un gran interés en que la trayectoria la dirige el grupo “La Máscara”. Este es el grupo que inicia y patrocina toda una serie de movimientos de índole cultural”. (Véase entrevista en Cada Uno Dios, de Clodomiro Moquete)

El objetivo de La Máscara, era la “búsqueda y descubrimiento de valores en todos los campos y las artes”, realizaban exposiciones de pintura, presentaban obras de teatro, conferencias sobre aspectos culturales, cursillos de música (los de “apreciación musical” de Don Julio Ravelo iniciados en el 1966, celebrados en su casa, fueron iniciativa de la agrupación), de literatura y los concursos de cuentos, auspiciados por E. León Jiménez (1966-1971), que abrieron las puertas a los narradores de los Sesentas.

Su primer concurso de cuentos fue convocado en agosto de 1966 y ganado por Miguel Alfonseca, René del Risco, Enriquillo Sánchez, y Abel Fernández Mejía, Armando Almanzar, y Rubén Echavarría. Todos, menos Fernández Mejía, eran miembros del grupo cultural El Puño, el cual mantuvo debates y “competencia” con La Máscara. El jurado fue integrado por el profesor Juan Bosch, Máximo Aviles Blonda y Héctor Incháustegui Cabral.

Las razones de la desaparición de La Máscara, guarda relación, para Rafael Julián, con la falta de intereses comunes, y por estar la agrupación formada por “pequeños burgueses”. Para Aquiles Azar fue “la falta de elementos y de personas que quisieran continuar la labor que dicha agrupación empezó” la que puso fin en 1972 a la agrupación.

La Máscara, al igual que las demás organizaciones de la época, fue afectada por el “subdesarrollo económico” que implicaba, a decir de Rafael Julián, una ausencia de tradición institucional, lo que impedía que en el país se desarrollara el espíritu de corporación. La Máscara, y sus famosos concursos de cuentos, fue la academia donde muchos de los narradores de hoy aceptaron ser evaluados y publicados. El desarrollo de la cuentística es el aporte fundamental de la agrupación cultural y literaria La Máscara.


REVOLUCIONARIOS Y POESÍA: EL PUÑO

La agrupación El Puño surgió a finales de 1965 imitando a los novelistas del Boom (véase a Carlos E. Deive), y sus integrantes mas importantes los fueron Ramón Francisco, (guía del grupo), Miguel Alfonseca, Armando Almánzar, Rafael Vásquez, Iván García, Antonio Lockward Artiles, Rene Del Risco Bermúdez, Enriquillo Sánchez, Y Marcio Veloz Maggiolo.

El Puño fue en sus posiciones sumamente contestatario y desde su fundación, vinculado con el movimiento revolucionario, de los primeros en denunciar la dictadura que se había iniciado en 1966: “ahora quieren imponer el bozal/ los que pidieron la muerte/ los que pidieron el degüello de retoños.../Los que furiosos crispaban como anciana hojarasca/ porque al amanecer después de las matanzas/ se oía el canto ronco de los hombres,/.../ esos ahora quieren imponer el silencio”. (Miguel Alfonseca. A los que tratan de imponer el bozal).

En aquellos tiempos sus integrantes no eran muy conocidos; eran personas “que, aunque con mucho talento, carecían de formación en las ciencias sociales. La mayor parte... ni siquiera eran profesionales. No conocían las leyes que rigen el proceso social e histórico. Su trayectoria política, pura y limpia, la habían agotado por intuición y por pasión juvenil” (Rafael Julián. Bloque No. 2). Eran revolucionarios y algunos vinculados a organizaciones socialistas, y como tales influenciados por las luchas políticas de posguerra.

Publicaban la Colección El Puño dirigida por Iván García y Miguel Alfonseca, en la que aparecieron Hotel Cosmos, cuentos de Antonio Lockward, La Guerra y los Cantos, poemas de Miguel Alfonseca, y se llego a anunciar El jubilo de la sangre, de René del Risco, así como la novela Demasiado lejos, de Iván García. El objetivo de la colección era la de “publicar las creaciones de los jóvenes escritores dominicanos desconocidos aun por una gran parte de nuestro pueblo”. Esos escritos representaban “una visión, un panorama de nuestra época desde una generación comprometida con su tiempo y con su pueblo” (la Guerra y los cantos de Miguel Alfonseca).

Su desintegración fue producto de las disidencias internas, provocadas por las “concepciones disímiles” de sus miembros “sobre el papel que debe cumplir la literatura y el arte en general” (Rafael Julián. Bloque No. 2), y por las divisiones iniciadas en el Movimiento 14 de Junio, Movimiento Popular Dominicano, y otras organizaciones revolucionarias. El Puño desaparece, dice Rafael Julián, porque de “sus miembros, unos se convierten en peones del imperialismo norteamericano y de la alta burguesía criolla mediante la publicidad; otros, los menos, se dedican a la docencia universitaria, al ejercicio de sus profesiones y al periodismo”

Del fraccionamiento surgió como desprendimiento del El Puño, el grupo La Isla dirigido por Antonio Lockward quien encabezaba el ala radical de la organización. El puño fue el grupo “mas digno de estudio, y el único del cual se esperaba mayor permanencia. En primer lugar, porque se nutrió de personas con iguales antecedentes políticos; y en segundo lugar, porque fue el producto de un fenómeno social jamás visto en nuestro país: la revolución de abril. Sin embargo, con este grupo cultural vamos a ver que después de expirado el momento patriótico, la individualidad de cada ciudadano (en este caso cada artista), con sus flaquezas, necesidades, debilidades y resabios ideológicos” lo llevo a su desaparición.

LITERATURA Y SOCIEDAD: LA ISLA

La Isla surgió a finales de 1966, fruto de la divergencia política y cultural que estremeció el campo revolucionario. Al calor del debate ideológico, cuando el 14 de Junio se dividía entre “transformistas” y “no transformistas”, y en el MPD debatían la “primera” y “segunda posición”, que provocó su división, se produjo la salida de Antonio Lockward y otros de la agrupación El Puño, creando de inmediato La Isla. La división de El Puño, dice Rafael Julián, estuvo relacionada con la discusión sobre el papel de la literatura y el arte en la sociedad dominicana.

El nombre de La Isla surgió, como una idea de Antonio Lockward Artiles, buscando romper el aislamiento dominico-haitiano, pues se entendía que entre los dos pueblos existían identidades en las luchas políticas y en el campo cultural. Andrés L. Mateo dice que el grupo surgió con un manifiesto “cuyo contenido expresa nítidamente una cosmovisión que revisa en términos revolucionarios las instancias de la existencia y el arte”.

Sus integrantes se definieron en el manifiesto, cuatro años después, como “jóvenes intelectuales de extracción popular” que participaban en el desarrollo de eventos culturales en diversas barriadas de la capital y del interior creando algunas obras artísticas de relativo valor cultural y revolucionario y dándole al pueblo el poder creador de los valores culturales, además de oponerse “a la tesis reaccionaria de crear un arte que tenga su razón de ser en sí mismo”.

Entre sus integrantes, “jóvenes entre los 16 y 35 años, con distinguibles dones de actores, escritores, poetas, dramaturgos, ensayistas y otros géneros literarios (véase ¡Ahora No.202, 1967), se encontraban Antonio Lockward Artiles (el líder del grupo), José Ulises Rutinel Domínguez (deportado durante los 12 años de Balaguer), Fernando Sánchez Martínez, Norberto James, Rómulo Medrano Marte, Fausto Pérez (del Rosal), Freddy Castillo, Pedro Caro (no llegó a ser formalmente miembro), Juan González (Macobi), Wilfredo Lozano y Andrés L. Mateo; este ultimo considerado por Rutinel Domínguez, por su propia producción, como el de mayor calidad y sensibilidad poética del grupo.

Sus encuentros se realizaban los sábados en la tarde en el hogar de Lockward, en El Conde casi esquina Santomé, otras veces en el de Rutinel, en la calle Salcedo numero 11, y en el Club Enriquillo, en la calle del mismo nombre.

Lockward define el grupo como el de mayor conciencia sobre los problemas del intelectual en los países atrasados, y planteaba una literatura que obedeciera al “realismo critico”. El grupo publicó, como Colección La Isla: Los poemas de la sangre, de Jorge Lara (seudónimo de Rutinel Domínguez) y Sobre la marcha, de Norberto James, así como Portal del mundo, de Andrés L. Mateo, y Ferrocarril central, de Antonio Lockward.

La agrupación publicaba además Ediciones Futuro, folletos que vendían a los interesados en los temas literarios, cuando visitaban los clubes culturales del país, y era notorio ver sus escritos en la revista ¡Ahora! Y en suplemento dominical de El Nacional. Además formaron en la Universidad el Movimiento Poético Universitario.

El final del grupo llegó cuando una parte de sus integrantes se hicieron profesionales, cambiaron su vocación por un salario, salieron del país o les llegó “el viento frío”; después de 24 años, casi todos se han mantenido del lado de la dignidad y apegados a valores revolucionarios y democráticos.

POETAS CONTRA LOS DOCE AÑOS

La firma del Acta Institucional, puso fin al enfrentamiento armado y a la ocupación militar americana de 1965. Los hombres y mujeres que combatieron para instaurar un régimen democrático que aniquilara los residuos del trujillísmo, marcharon a sus pueblos y barrios, llevando la esperanza de que todo fuera una pausa en el combate.

En medio de la guerra fría, la vuelta del neotrujillísmo que encabezaba Joaquín Balaguer en 1966, significó una derrota momentánea de las fuerzas liberales y una reinstalación de la dictadura sin Trujillo, pero con los mismos actores, sólo que ahora el pueblo, que había saboreado el poder de las armas, no estaba en condiciones de aceptar pasivamente.

Los Doce Años (1966-1978), fueron de una alta represión y de resistencia en todos los frentes; con el interés puesto en la vuelta a la revolución. Los sectores se reorganizaron y definieron sus estrategias, y los poetas no quedaron al margen: se organizaron y influenciados por las ideologías que matizaron la guerra. Así surgieron muy pronto, los grupos literarios y culturales: La Isla, EL Puño, La Antorcha, La Máscara, y El Bloque de Jóvenes Escritores; algunos reclamando un espacio en las luchas, otros de claras tendencias conservadoras. Surgieron los talleres literarios Jacques Viau, Cesar Vallejo, Domingo Moreno Jiménes, Sánchez Lamouth, el Movimiento Cultural Universitario, y en medio de la represión los Clubes Culturales de donde salieron poetas y narradores.

Surgieron y fortalecieron los suplementos culturales del Listín Diario, La Noticia y la revista Ahora; surgió el movimiento Pluralista, la Generación de posguerra evolucionó en busca de nueva definición; bajo su amparo surgió La Joven Poesía Dominicana. Fueron doce años de intensas actividades político-culturales, y de enfrentamientos con la dictadura: los recitales poéticos y las presentaciones artísticas muchas veces terminaban bajo los efectos de los gases lacrimógenos y de los disparos indiscriminados.

Poetas y escritores iban a la cárcel por el simple hecho de haber aparecido al momento de un allanamiento un libro de Marx, Lenin o de Platón en sus libreros. Ana Celia Lantigua, miembro del Movimiento Cultural Universitario pasó largos meses prisionera en La Victoria, y un joven panadero de la barriada de Los Minas, Daniel Cabrera (El Lego), que había escrito un poema en el homenaje a Jacques Viau, hecho prisionero y fusilado en una de las paredes del Cementerio de ese popular sector.

René del Risco, uno de los más importantes poetas de nuestro país, no resistió el sabor de la parcial derrota y terminó con su vida en un “accidente” de transito en el Malecón de la capital. Otros se fueron acomodando a la nueva situación, se dedicaron a la publicidad, aunque siguieron escribiendo poemas y la revolución y “la lucha de clases” fue quedando en el olvido; se cambió el sentido ideológico en la poesía, algunos se hicieron metafísicos, otros evangélicos, y los más, marcados por el viento frío del que nos habló René, se convirtieron en alcohólicos y contertulios de cafeterías y discotecas; pero todos, o casi todos mantuvieron como norte, públicamente o en secreto, un rechazo permanente contra la dictadura y su principal ejecutor: Joaquín Balaguer. No es raro, entonces, que al lado de este prolifero escritor, rara vez aparezca un poeta de la generación del sesenta, pues tuvieron que enfrentarse con el neotrujillísmo que por largos años representó el anciano caudillo.

LA ANTORCHA: LA JOVEN POESIA DOMINICANA

La antorcha surgió como grupo poético-cultural bajo la influencia de El Puño y la Isla, en el ultimó cuatrimestre de 1967 y se convirtió a partir de 1970 en el núcleo principal de lo que temprano se llamó La Joven Poesía Dominicana, cuyos integrantes formaron parte de la Generación del Setenta.

En la revista Ahora (25 de septiembre de 1967), apareció un trabajo titulado los Grupos Juveniles Culturales, reclamando a su favor la ayuda de la sociedad dominicana “Esta ayuda se puede y debe prestar en cualquier momento y de cualquier manera, aunque solo sea asistiendo a los actos culturales que presentan esos grupos, o haciendo oír nuestras voces para que se les reconozcan como entidades progresistas y necesarias, y se les ubique en el sitial merecido. Hace poco hizo su aparición en esta capital el grupo cultural La Antorcha, cuando algunos de sus miembros participaron en un concurso literario y cuando presentaron un drama teatral en un colegio católico…”

La agrupación se formó, de acuerdo a Enrique Eusebio, para preservarse del aislamiento cultural, aunque su unión nunca pasó de ser una “Juntura”, pues no hubo una organización coherente, ni una base programática que asegurara su permanencia. Eran, todos los grupos de entonces, acantonamientos ideológicos cerrados.

El líder de la agrupación La Antorcha y que luego formó La Joven Poesía, lo fue el poeta y trabajador cultural Mateo Morrison (véase Tony Raful, Lo Social en la Poesía Dominicana). Entre los integrantes de la agrupación se encontraban además Soledad Álvarez, Rafael Abreu Mejía, Alexis Gómez Rosa, Enrique Eusebio y José Molinasa. En ellos se dejó sentir el espíritu revolucionario y “La Solidaridad antiimperialista” de aquellos tiempos: del 14 al 21 de Junio de 1969, junto a El Puño y la Isla, organizaron una semana de solidaridad con el pueblo haitiano.

Además, a finales de 1971 los integrantes de los referidos grupos celebraron, en el paraninfo de Ciencias Médicas de la UASD, un foro poético en el que participaron Andrés L. Mateo, Domingo de Los Santos, Enrique Eusebio, Alexis Gómez, Luis Manuel Ledesma, Norberto James. René del Risco y Rafael Abreu Mejía.

El grupo La Antorcha se reunía para estudiar, leer poemas y discutir sus escritos en las casas de sus integrantes, especialmente en el hogar de Morrison en la barriada conocida como Cruz de Mendoza, aunque recuerdo las reuniones que celebraban en el sector La Milagrosa, en Los Minas, en la residencia de Única, una esbelta mulata revolucionaria que apoyaba las actividades culturales de aquellos días.

Enrique Eusebio, tratando de definir lo que fue el grupo (en encuesta hecha por Diógenes Céspedes para la revista Bloque), dijo que en La Antorcha “nos limitamos a ser un grupo de amigos que hacíamos actividades en común: como lecturas de poemas, recitales, conferencias, etc... y apenas, dimos a la luz un solo número de la revista Destellos.

La Antorcha, al igual que sus predecesores La Mascara, el Puño y la Isla desapareció a finales de 1972, dando paso a la formación de la agrupación Bloque de Jóvenes Escritores Dominicanos (véase a Enrique Eusebio, Auditórium no. 37, de 1973) y al movimiento de transición que marcó la literatura de entonces: La Joven Poesía Dominicana.