sábado, junio 24, 2006

VETAS Y LA DOMINICANIDAD: DEBATE




LA REVISTA VETAS Y LA DOMINICANIDAD

Por: Alejandro Paulino Ramos

(Publicado originalmente en la revista Vetas número 49, septiembre de 1999, con el título “Alejandro Paulino Ramos se declara Cimarrón").

Después de leer Vetas número 48, y en especial la carta de Elsa Expósito que aparece en las páginas 22 y 23, y el grito de guerra de Clodomiro Moquete “! Blancos de la tierra”!, en la página 24, uno siente que no está solo y que realmente forma parte de un conglomerado social, que bueno o malo, es único en el planeta Tierra o, como decimos los dominicanos, en “la bolita del mundo”.

Pero la lectura de los dos escritos aparecidos en Vetas tocan muy adentro y hacen que dediquemos tiempo a pensar, razonar, mirarnos en el espejo los ojos, la nariz y la piel; mirándonos hacia adentro, buscando en el alma lo que somos, de dónde venimos, por qué somos racialmente (étnicamente) “así”; por qué nos encanta el sancocho (no el salcocho) y en Puerto Rico o en Nueva York gozan llamándonos “plátanos”.

¿Qué es lo que tenemos tan adentro, que en un conglomerado tan diverso como lo es Nueva York, donde existen cientos de miles de inmigrantes de todas las nacionalidades del mundo, de todos los pueblos latinoamericanos, de todas las islas caribeñas, a los que son de nuestro país, para mi sagrado, desde que nos ven saben que somos dominicanos? ¿Qué es, Clodomiro Moquete, lo que nos hace único (no mejor ni peor), en la bolita del mundo?

Para mí, un “cimarrón” igual que tú, lo que nos hace diferente, un pueblo único y distinto a todos los demás es, aunque a muchos les duela o moleste, la dominicanidad. No el sentimiento antihaitiano. Lo que nos identifica ante los demás pueblos del orbe y ante nosotros mismos es eso, lo que llevamos adentro enraizado, no en la sangre sino en el alma. Lo que nos identifica no es el idioma, ni el color de la piel, ni la forma de bailar, ni la forma de expresar nuestros sentimientos, ni el arroz con habichuela y carne que los naturales de este pedazo de Isla ingieren al medio día; tampoco es la forma de vestir, gritar o hacer el amor. No. Lo que nos identifica es la síntesis de todo lo que hemos heredado en este largo proceso histórico de más de quinientos años y hemos integrado en un todo armónico y funcional, con sus virtudes y sus defectos, que nos hace sentir orgullosos, hasta en demasía, de ser lo que somos: la dominicanidad.

Los reflejos individuales, los que puedan representar importantes hombres de la política, de la pelota, de la música, y que nos llenan de alegría cuando se destacan con acciones positivas, son el reflejo de esa dominicanidad, no del color de su piel. Yo me siento orgulloso de Samuel Sosa, de Juan Luis Guerra, de Fernando Villalona, de Felipe Alou, de Leonel Fernández, porque son dominicanos (fijaste que todos tienen diferentes matices en la piel); ellos son parte, como dice Elsa Expósito, del “enjambre insular que constituye la dominicanidad, de este pueblo que todavía, a más de 500 años del descubrimiento y en el umbral de una nueva era en una fase crucial de la evolución de la humanidad, busca y construye su identidad.

Sobre el escrito de Elsa Expósito quiero decirte que fuiste injusto con ella. Lo que ella dice es un grito muy parecido al tuyo, y aunque dice que “no hay razones para sentir orgullo nacional”, lo que está expresando es todo lo contrario, y que ella me perdone si no es así. Porque nadie, absolutamente nadie que no se sienta realmente dominicano se va a preocupar por las cosas negativas que suceden en nuestro país: desorden estatal, delincuencia, venta del patrimonio económico y cultural, narcotráfico y violencia. Ella lo que está es gritando a todo pulmón que si queremos seguir asiendo dominicanos, tenemos que modificar y cambiar, pues si no (y yo también lo creo) nos llevó, como pueblo, el mismísimo Enemigo Malo.

Elsa Expósito lo dice: Aquí existe un pueblo, una isla, un (pedazo de tierra donde) vive gente con habilidades que nada tienen que ver con los traseros, nalgas, bustos, cojones, narcotráfico, bateos, lanzamientos beisboleros y otras remesas, bien o mal habidas”. Y reconoce “que hemos avanzado mucho, muchísimo, gracias, sin duda para mi, insisto, a los aportes de quienes, desde Duarte hasta hoy, se han empeñado en promover valores superiores de la condición humana”.

En cuanto a tu escrito, quiero felicitarte pues aunque dijiste tres o cuatro “pendejadas”muy fuertes, lo que hiciste fue ratificar tu condición de dominicano: “Soy un maldito negro dominicano y quiero gritar mi dominicana, el enorme orgullo de mi dominicanidad. Soy un cimarrón. ¡Eso es lo que soy, coño, un cimarrón!” Pero eso es el pueblo dominicano, un pueblo valiente, rebelde, solidario, humilde, bondadoso, inteligente, pobre, honrado, trabajador y estudioso, aunque eso no quita que en el país existan corruptos, narcotraficantes, ladrones, vagos, brutos, individualistas y pendejos. Yo también me siento orgulloso de lo primero, no de lo segundo, pues los malos no representan el cinco por ciento de los que viven en nuestra República Dominicana. Los que nos sentimos dominicanos creemos en los valores sanos y vivimos de acuerdo a códigos de ética, sin importar donde estemos; somos más, aunque la minoría de malos también son dominicanos.

En cuanto a la expresión de que te sientes “Blanco de la tierra” creo que comete un error. Cuando leemos tu escrito nos damos cuenta que lo que quisiste decir fue que eres “un negro dominicano”, un criollo, un mulato, un blanco que lleva el negro detrás de las orejas, y por eso gritas: ¡África, Madre mía!

El “blanco de la tierra”es principalmente el criollo, el español que aun siendo hijo de padre y madre nacidos en España, nació en Santo Domingo y nunca conoció ni se imaginó donde quedaba la península Ibérica. Aparte de que su piel se “quemó” con el caribe sol, se adaptó al medio, vivió en su condición de hatero-esclavista, aprendió a beber y a comer lo que nunca comieron ni bebieron sus antepasados, se enraizó en su conuco, el hato o en su villa y cuando llegaban blancos de España él los vio como lo que eran, extranjeros, y se entendió él como un criollo, con intereses, necesidades y cultura diferentes a los de esos españoles que venían a tratar de imponer las leyes y las reglas en nombre de España. Esos criollos, que sí eran “blancos de la tierra”, fueron los que se enfrentaron a España y desde temprano del siglo XVII ya se hacían llamar “dominicanos”.

En una sociedad esclavista como la colonial, no quita tampoco que los mulatos libres, para diferenciarse de los negros esclavos reclamaran en su momento que ellos eran también “blancos de la tierra”, y los negros nacidos aquí, aunque con África en el corazón, aprendieron a vivir y a ser como lo permitió el proceso de hibridación cultural y una parte de ellos también llegaron a reclamar esa condición para diferenciarse del negro esclavo de la parte francesa de la Isla de Santo Domingo. Los tres, es decir, el negro, el blanco y el mulato nacidos en Santo Domingo se fueron acriollizando y en ello, en su interacción es que se encuentran las raíces de nuestra cultura y de nuestra identidad; ellos aunque no recibieron la herencia de la piel, son deudores del indígena, de mecanismos y modos culturales sin los cuales hoy no existiría el pueblo dominicano.

Quiero, antes de finalizar, referirme brevemente a la apreciación de Migue D. Mena (Vetas numero 41), según la cual la dominicanidad existe como oposición a lo haitiano. Según él, “en el fondo lo dominicano se constituye como algo en contra de lo haitiano. Por eso, quien forma para mí lo dominicano es Trujillo en los años treinta…” Creo que ese joven intelectual (lo fue desde que era adolescente, cuando lo conocí), que de seguro ha leído cien veces más que yo, se olvidó de que la cultura de un pueblo y por consiguiente la identidad que ese pueblo va a tener, no descansa en el Estado y menos en el gobierno. No es el Estado el que hace al pueblo. Independientemente de que la República Dominicana surgiera como Nación en 1844, ya el pueblo dominicano existía y reclamaba para sí un espacio y un derecho que otros pueblos querían limitar. Quinientos años de historia han enseñado esta verdad: el pueblo dominicano, se ha formado como fruto de un sincretismo multicultural, en el que entran los indígenas, españoles, africanos, portugueses, canarios, franceses, haitianos, puertorriqueños, cubanos, cocolos, árabes y norteamericanos; no es igual a ninguno de ellos: es un pueblo especial y orgulloso (no se ofenda nadie por lo que dice el diccionario sobre el orgullo), único y diferente a todos.

El Estado-Nación tampoco nació con Trujillo, lo que no quita que él dictador y los intelectuales que lo seguían lo modificaran y lo llevaran, engañando al pueblo a través de la educación y las campañas racistas, a convertirse en un Estado racista en el que sus lideres justificaban su permanencia en base al miedo haitiano. Esa fue también una de las excusas para que el General Pedro Santana anexionara el país a España en 1861.

En lo que sí estoy de acuerdo es en que el Estado es un instrumento que puede ayudar a la consolidación o a la destrucción de la identidad de los dominicanos. Ahora mismo, desde el Estado se están produciendo acciones que ponen en peligro eso que somos, y que queremos seguir siendo con orgullo, con vanidad y con estimación propia.

Clodomiro, nosotros no estamos solos. Elsa Expósito, Juan José Ayuso, Miguel D. Mena (quien desde Alemania no se olvida de sus plátanos), Juan Luis Guerra y ocho millones de negros-blancos-casi blancos-mulatos y criollos que viven en este pedazo de Isla y un millón que vive en Nueva York, Boston, Madrid, Puerto Rico y en el mundo, reclaman su condición no de franceses, alemanes, ingleses o norteamericanos, sino de dominicanos.
Yo también soy como tú, un cimarrón apalencado y enraizado en mi dominicanidad.

domingo, junio 04, 2006

JUAN BOSCH CREO ESCUELA LITERARIA

JUAN BOSCH FUNDA EL CONCHOPRIMISMO LITERARIO

Por: Alejandro Paulino Ramos


(Publicado originalmente en la revista Vetas, Santo Domingo, Año X, No.65, mayo del 2003).

En nuestro país no hay una sola persona que reaccione por impulsos mentales. Todo lo hacemos súbitamente, de modo instintivo, guiados por la pura reacción biológica. El coraje, el interés, la generosidad; todo es en nosotros función carnal. Podemos ser héroes o guiñapos, pero no por razones de educación ni de amor propio, sino porque lo ordena la carne, lo manda la carne y la carne se deja caer en fangos de bajeza o se eleva a inaccesibles alturas. Concho Primo fue así y sigue siendo así, con todo y tener la huesa blanca bajo buena tierra, aunque ésta no sea tierra sino sangre de nuevas generaciones afeminadas, hechas al cine y al cigarrillo de olor. Concho Primo fue cada hombre que dejó el quicio de su casa, al brazo el machete, a la cintura el revólver, bajo las piernas el espinazo del caballo, a quienes no empujaba el deseo de hacerse libres, ni ricos, ni de volver aureolados de glorias para ofrendarlas a una mujer. Los llevaba la carne, la sangre hirviente de un pueblo viril y joven. Ignoraban que estaban regando la tierra para germinar, largos años después, en rojas piedras que marcarían los nuevos rumbos. Los “conchoprimistas” estamos juntos a esas piedras, oteando y esperando. Las amamos porque son nuestras, porque nos las han ido dejando muchos abuelos, que ya habían olvidado su procedencia. Estamos juntos a ellas oteando y esperando. Y no con el propósito de embellecerlas para hacer vibrar “cuerdas sensibles”, sino con el de fijarle fronteras a la patria, en el mundo abstracto pero bello de esta magnifica recién nacida ideología americana”
(Juan Bosch, “Sobre el conchoprimismo literario". Bahoruco, 1934).

Juan Bosch fue un hombre de pensamiento y acción en todo lo que se propuso, marcando auténticamente con sus aportes políticos y literarios a la sociedad dominicana. De sus contribuciones a la política nacional queda poco de qué hablar, mientras que de su pasado literario todavía van surgiendo detalles que terminarán conformando definitivamente el perfil del que fue el más destacado literato dominicano del siglo XX.

En principio, en el campo de la poesía Bosch se declaró admirador del Movimiento Postumista, pero en el cuento y la novela quiso crear su propia escuela, a la que bautizó “El Conchoprimismo Literario”, no sin que aparecieran, en el mundo literario dominicano, los que se burlaron y trataron de ridiculizarlo.

La escuela “conchoprimista”que Bosch intentó establecer en 1934, partía del criterio de que en la República Dominicana y el arte “tenían que hacerse sobre tradiciones criollas”, tomando como materia prima lo que había significado en nuestra historia el personaje de Concho Primo, caracterizado por el coraje, el instinto, la generosidad y el fuego que incendiaba su sangre y la carne: “Concho Primo fue cada hombre que dejó el quicio de su casa, al brazo el machete, a la cintura el revólver, bajo las piernas el espinazo del caballo, a quienes no empujaba el deseo de hacerse libres, ni ricos, ni de volver aureolados de glorias para ofrendarlas a una mujer”. Su novela La Mañosa fue la conclusión de aquel esfuerzo.

Aunque Juan Bosch ya había publicado numerosos cuentos, cuando comenzó a promover su “escuela” era todavía un desconocido en el mundo literario dominicano y hasta lo creían inexistente pues había gente que creía que nombre era el seudónimo de algún intelectual interesado en que no se conociera su verdadera identidad. El Conchoprimismo estaba influenciado por el Criollismo, de moda entonces en Latinoamérica. Bosch define su escuela con las siguientes palalabras: “Aquí en Santo Domingo, quizás si a consecuencia de pobreza en la flora y fauna y también ausencia de una raza nuestra, nos hemos dedicado a los acontecimientos y con ellos a los hombres. Pero éstos, manejados como cosa: instintivos, impulsivos, bastos. Nada de pensamiento destilado. Y como no tenemos otra historia que la de la sangre, hemos tomado la bandera que yacía en el suelo, pudriéndose, desde la llegada de los yanquis. La hemos tremolado, así desgarrada, enfangada y hedionda. Ahí ha nacido el “Conchoprimismo literario”, que lo será artístico antes de poco tiempo en todo el frente de las artes”.

Juan Bosch fue desde el principio cuentista y se dio a conocer a partir de 1931 en la revista Bahoruco, dirigida por el venezolano Horacio Blanco Bombona: “Un buen cuentista dominicano”, titulaba Blanco Bombona, y decía “Hemos publicado en los últimos números de Bahoruco cuentos del escritor dominicano Juan E. Bosch. No nos gusta prodigar elogios a diestra y siniestra, porque creemos que ese sistema ha malogrado a más de un joven escritor que con esfuerzo y estudio pudo hacer algo que valiera la pena. Pero no queremos dejar pasar inadvertida la capacidad de nuestro colaborador Bosch para el cuento. En breves páginas capta un suceso, un ambiente y con una sobriedad, digna de encomio, escribe su relato. Nos parece que a la República Dominicana le ha aparecido un buen cuentista. Bosch es vegano de nacimiento y acaba de retornar al país de un viaje de dos años por la península y por algunos países de Hispanoamérica de los que rodean el mar Caribe”.

En los cuentos aparecidos en Bahoruco ya se iba definiendo el costumbrismo campesino dominicano en que desembocaría el “Conchoprimismo”. En Carteles, revista cubana que se leía en Santo Domingo, apareció en marzo de 1932 el siguiente comentario sobre uno de sus escritos: “La Mujer, un cuento de Juan Bosch, el primer cuentista dominicano del momento. Domina el género y tiene la rara virtud de narrar con una sencillez que da relieve al tema. La Mujer es una tragedia rural dominicana”.

Refiriéndose a ese comentario de la revista Carteles, se dijo en Bahoruco: “Hace un año comenzó Bosch a publicar sus cuentos en este semanario. Desde el primer cuento advertimos que se trataba de un vigoroso talento de narrador, que pinta las costumbres campesinas en una sobria y precisa prosa. En una palabra, que había alcanzado maestría en el difícil arte del cuento a una edad muy temprana, pues Bosch en la actualidad sólo cuenta veinte y tres años. Nosotros repetimos varias veces que no conocemos sino dos grandes cuentistas dominicanos, entendiendo por tales a los que tratan temas criollos. Uno era José Ramón López en sus buenos tiempos. El otro es Bosch”.

A principio de 1933 Bosch leyó cuentos junto a Fabio Fiallo y Tomás Hernández Franco en los salones del Club Nosotras. En la crónica noticiosa aparecida sobre esta actividad, se lee lo siguiente: “Fue anunciada la lectura de cuentos de tres de nuestros cuentistas, Juan Bosch, Hernández Franco y Fabio Fiallo. Bosch, el menor y el primero, es cuentista de procedimientos modernísimos. Nada de autobiografía, ni de propia psicología. Es la vena de agua pura y cristalina que lleva, sin saberlo, el alma de nuestra montaña.

En el año citado, publicó Juan Bosch su primer libro de cuetos, Camino Real, terminando de situarse como el mejor narrador dominicano y rompiendo con la creencia generalizada de que él “era un seudónimo y era, sin embargo, nuestro mejor cuentista. Aun después de haber publicado muchos cuentos en las columnas de este semanario, se nos decía como dudando de su existencia: ¿Y ese Bosch, a quien nunca hemos visto, donde vive? Y respondíamos invariablemente: Escribe, luego existe y mora en la Avenida Capotillo”

Desde antes de 1934 Bosch se batía en una descarnada polémica pública con Héctor Incháustegui Cabral y otros de sus compañeros, quienes criticaban sus poemas y narraciones costumbristas. Refiriéndose a Bosch y a su “escuela”, Incháustegui cuenta en el “Pozo muerto” (1960), detalles de ese debate: “Como creía en los nacional le hicimos la guerra a cuantos pretendieron injertar en la literatura dominicana el Romanticismo Gitano de García Lorca. Pero no era contra el poeta, fue contra el programa, vamos a llamarlo así, de los que consideraban que era necesario, para la tradición y para la historia, que se cantara en romance la vida, las hazañas, de los grandes de las guerras civiles. Una persona, que no era poeta, lanzó la idea, trazó el ideario diríamos mejor, desde las páginas de Bahoruco (…). Entonces escribía unos Marginales. Una sección un poco en broma (…). No recuerdo todo lo que dije, pero le debió parecer muy fuerte. Hablaba, eso sí lo recuerdo, de un “polizón sentimental”que nos acababa de llegar de España, de un contrabando literario que estaban tratando de introducir en el país. Se molestó muchísimo y me salió al encuentro la semana siguiente. (…). Aquello era la indignación patriótica en letras de molde. (…). Blanco Bombona me llamó. Debía tener cuidado porque ése era un muchacho violento. Lo mejor era dejar las cosas en donde estaban y no replicar para evitar desagrados más profundos. Yo sonreí. Él era amigo mío y la disputa se limitaba al puro campo literario.”

Bosch llegó en aquellos meses a anunciar, cuando publicó “El cobarde”, que se retiraría del cuento costumbrista dominicano, lo que llevó a Blanco Bombona a decir: “Ni debe, ni puede. No puede porque el alma de su pueblo le bulle en el sensorio de manera tal, que él no tendría fuerza para evadir el imperioso reclamo a la hora de la creación literaria. No debe: porque seria restarle a su patria un aporte que la significa y la cataloga dentro de un género literario. Esperamos, pues, que esta resolución de Bosch, sea transitoria”. Bosch, además de escribir cuentos escribía y publicaba en Alma Dominicana poemas costumbristas, un poco influenciado por el Romancero español. En Alma Dominicana Juan José Llovet y Juan Bosch eran los redactores, mientras que Emilio A. Morel era el director.

La admiración de Bosch por los escritores que se ubicaban en el “Conchoprimismo”lo llevó en agosto de 1935, a promoverlos, como hizo con José Rijo, por tener éste el “corazón machacado en el pilón del campo y rezumante de todas nuestras virtudes, me parece haber encontrado un verdadero cuentista. (…). Dos cosas admiro en José Rijo, su personalidad, ya que no se parece a ningún escritor dominicano, y el amor con que carga ‘su provincia al pecho’. Eso lo salvará. Por órgano suyo ruego a los jóvenes maestros del cuento nacional (maestros, no por lo que hayan hecho, sino por lo que critican y por la arrogancia y aparente erudición que manejan), no ver en este primer cuento los defectos”.

El aporte de Bosch fue universalizar lo dominicano en la literatura. Lo que dijo sobre Rijo, fue lo que al final lo inmortalizó a él en la política y la literatura universal: el amor con que siempre cargó la patria en su pecho; mientras que muchos de sus críticos son hoy pasto que devora la historia.

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