viernes, diciembre 22, 2006

PEDRO FCO. BONÓ



Pedro Fco. Bonó:
Primer Sociólogo Dominicano
Pedro Francisco Bonó es considerado como el primer sociólogo dominicano. Nació en Santiago de los Caballeros el 18 de octubre de 1818 y falleció en San Francisco de Macorís el 14 de septiembre de 1906. De pensamiento liberal, fue testigo de los cambios económicos, tecnológicos y culturales del siglo XIX. Gran parte de sus escritos aparecen en la recopilación publicada por Emilio Rodríguez Demorizi (Papeles de Pedro Francisco Bonó), 1980.

PEDRO F. BONÓ : CULTURA CAMPESINA

LA CULTURA CAMPESINA EN LOS ESCRITOS DE PEDRO FRANCISCO BONÓ


Alejandro Paulino Ramos

(Conferencia auspiciada por la Escuela de Filosofía, Facultad de Humanidades, Universidad Autónoma de Santo Domingo, en el marco de la conmemoración del primer centerario del fallecimiento de Pedro Francisco Bonó. Biblioteca Pedro Mir, Octubre 2006)

Pedro Francisco Bonó nació en Santiago de los Caballeros en 1828, tocándole vivir el período de la transición de la economía del hato ganadero a la economía comercial e industrial. Aunque nació en Santiago residió la mayor parte de su vida en la ciudad de San Francisco de Macorís, conociendo profundamente la forma en como los campesinos del Cibao se desenvolvían en la cotidianidad, cómo producían sus riquezas y cómo practicaban sus costumbres y naturalezas. Fue un estudioso de la economía ganadera y de la producción agrícola, además de mantener sólidos vínculos, en su condición de alambiquero, con el comercio de la región, además de poseer un amplio bagaje intelectual que le permitía profundizar en las problemáticas políticas y social de su época. Falleció el 14 de septiembre de 1906.

Gran parte de su producción intelectual se encuentra dispersa en revistas y periódicos de la última mitad del siglo XIX, y recopilada por Emilio Rodríguez Demorizi en la obra “Papeles de Pedro Francisco Bonó”, mientras que su novela El Montero (posiblemente la primera novela divulgada por un dominicano), apareció publicada en París, en el periódico español El Correo de Ultramar, en 1848. El Montero fue considerada por su autor en 1880, haciendo acopio de su humildad, como una “obrita relegada y olvidada con los papeles viejos en que está incorporada” y publicada cuando “tenia por compañera a la pobreza” y le faltaba más instrucción clásica.

Como político de mediado del siglo XIX, recogió en sus escritos la experiencia alcanzada en cada uno de los aspectos en que estuvo implicado y en su condición de sociólogo, de cuya disciplina es el primero en abordarla científicamente en la República Dominicana; sus Apuntes sobre las clases trabajadoras dominicanas, lo sitúan entre los grandes pensadores de la historia dominicana.

El pueblo dominicano es el resultado de una hibridación que se produjo como parte, primero de la integración del indígena con el español y muy pronto, mucho antes de que tocara el medio siglo XVI, un tercer componente étnico vino a determinar el conglomerado humano que se ha proyectado hasta hoy.

La forma en que se dio esa integración guarda estrecho vínculo con los modelos económicos impuestos desde la misma llegada del español y el consiguiente exterminio indígena que sentó las bases para la introducción masiva de los esclavos africanos. En poco tiempo, las autoridades coloniales impusieron el tributo en oro, las encomiendas de indios y la industria azucarera basada en el trabajo esclavo, al mismo tiempo que crecía y desarrollaba integrada al ingenio una economía ganadera que va a determinar a partir del siglo XVII, la existencia de una sociedad donde el hatero propietario, el mayoral, el ranchero, el liberto y el esclavo van a interactuar en un mismo espacio y en una actividad, que Pedro Francisco Bonó va a considerar como poco productiva y sin condiciones para producir las riquezas que el país necesitaba para avanzar.

Esa actividad que junto al hato ganadero se hizo común a los diferentes sectores de la población dominicana fue la montería y el campesino dominicano, lejos todavía de lo que podía constituir una economía agrícola, devino en un proceso que se prolongó por más de trescientos años, en lo que se conoció como el montero, personaje que se ocupaba dentro de la economía del hato, de—como dice Antonio Sánchez y Valverde en Idea del valor de la isla Española—de buscar en los espesos montes el ganado requerido por el patrón: los pastores de La Española que se ocupaban de la cría de animales, tenían que madrugar todos los días y “salir descalzos, pisando el rocío o el lodo, en busca del Caballo que han de montar para sus correrías. (…). Condúcela el pastor a la casa y después de aparejarla, se desayuna con un Plátano asado, si le tiene y una taza de Jengibre o de Café, que es todo su alimento hasta la hora que vuelve. Así desayunado, monta a caballo y va sufriendo los ardores del Sol o la molestia de las lluvias por bosques, monte o sabanas. (…). A él se añade el que llaman Montear, al cual deben darse con más o menos frecuencias, según pide la subsistencia de la familia que mantienen, no de lo que crían, sino de lo que cazan, en un País que sólo el día de la matanza puede comerse la carne fresca y donde casi todo el alimento es la vianda fresca o salada, especialmente en los Hatos.” (Antonio Sánchez y Valverde, Idea del Valor de la isla Española, pág.195).

El propietario o hatero es el individuo que se ejercita en el cuidado del hato y la crianza de los animales y se distingue del montero en que el primero anda a caballo y el segundo casi siempre a pie. El primero salva grandes distancias buscando el ganado mayor por las sabanas y el segundo camina por los bosques o montes valiéndose de estrechísimas veredas practicadas en la espesura para buscar los trozos de cerdos.

Esta descripción hecha por Antonio Sánchez Valverde en Idea del valor de la isla Española se ajusta a la narración que sesenta años después va a realizar Pedro Francisco Bonó en su novela El Montero, la cual me propongo brevemente comentar más adelante: “Sale el montero, descalzo y a pie por lo regular, con una lanza y sus perros. Si va a caballo, tiene que dejarle a la entrada del bosque o montaña. (…). Aun así ha de hacer mil contorsiones con su cuerpo para entrar y poder seguir la caza. Suelta uno, dos o más perros (…). Al ladrido de estos corre el pastor con su lanza, rompiendo ramas, pisando espinas y tropezando con ganchos, en que quedan los harapos de la camisa o calzones, y no poca veces la carne. Tiénese feliz si encuentra un buen toro o un berraco grande (especie de jabalí) que le embiste con furia y con el que lidia hasta matarle (…). Sus pies crían una soleta o costra del espesor de un dedo con la continuación de andar descalzo. Las espinas, que son muchas (…), suelen no penetrarle a lo vivo. (…). Todo el día que ha pasado en montear, se ha mantenido mitigando la sed con naranjas agrias o dulces, según las encuentra, y engañando el calor natural con alguna fruta silvestre que se presenta al país. “(obra citada, pag.196).

Por otro lado, es interesante adentrarnos un poco en la forma en que Moreau de Saint Mery en su obra Descripción de la parte española de la Isla de Santo Domingo (1783), describe la cultura del montero: Para este autor que nos visitó a finales del siglo XVIII, Santo Domingo vivía del hato, abandonado y sin motivaciones para la producción de riquezas, sin conocer de necesidades complicadas que satisfacer: “Una camisa, una chaqueta y un calzón de tela de cutí o terliz; tal es el vestido ordinario del colono, que anda muy a menudo descalzo”. (pág.83).

Las mujeres llevan una especie de basquilla a saya, comúnmente de color negro: unas espacies de corpiños y una camisa que no desciende siempre mucho más debajo de la cintura. Sus hermosos cabellos, sin polvos, van trenzados; a veces van anudados con una cinta en forma de venda; y un lujo verdadero es, pero que no se usa sino en las grandes ciudades, el llevar una cofia o redecilla o sujetar los cabellos con gruesos alfileres blancos, adornados con piedras falsas y de colores. A veces son flores campestres, pero es fácil comprender que esa moda no les place mucho. Las mujeres llevan también aretes en las orejas y los cambian con frecuencia; del Cabo Francés (Cabo Haitiano), es de donde vienen esas joyas que las mujeres tienen un placer especial en usar con cierta especie de coquetería” (pag. 83). En los campos son las mujeres las que preparan las comidas y las que sirven; muy a menudo ni siquiera se sientan a la mesa y comen sentadas en el suelo. La moda comienza a influir un poco y algunas españolas llevan casaquines o jubones. Las mujeres se ocupan de la costura y no viven recluidas como en España y no llevan el velo o la mantilla sino cuando van a la iglesia, en donde nadie se sienta y todas se colocan en un lado y los hombres de otros.

Los dominicanos acostumbran a tomar la siesta después de la comida y las enfermedades son muy frecuentes donde no hay médicos ni cirujanos, con excepción de la ciudad de Santo Domingo. Son aficionados a las armas y su canto es muy monótono, acompañados de una guitarra ronca, “que se queja dolorosamente de la torpeza de los dedos que la tañen, o simplemente con el sonido de una calabaza o maraca que agitan, o sobre la cual ejercitan sus manos poco armoniosas. Al oír semejante canto, al contemplar baile tan singular, seria muy difícil conocer en ellos los hijos del placer”. Y se divierten al compás de un bailecito llamado fandango, en el que una joven, casi siempre bonita, comienza a bailar en medio de un corro de espectadores”.

Muchas de estas observaciones recogidas y aparecidas en la obra de Moreau de Saint Mery, eran conocidas de Pedro Francisco Bonó, quien conocedor de la vida campesina, llegó a recibir consejos de su amigo Ulises Francisco Espaillat de que escribiera sobre la vida del campo, la crianza del ganado, la mejora de pastos, el pastoreo del ganado, la prohibición de vender las hembras y la riqueza rural. (Carta de Espaillata a Bono el 3 de julio de 1876). Bonó era crítico del juego de azar y su pluma tronaba contra las galleras (el deporte nacional de la época), así como contra la superabundancia de días festivos, por la perdida de tiempo y riquezas que significaban y favorecía la construcción de caminos, la protección de la agricultura y del campesino, así como el mejoramiento de las clases trabajadoras

Entendido en los asuntos de la vida del campesino cibaeño y de los cultivos que más beneficios le dejaban a su familia y al país, Bonó era un radical defensor de la producción de tabaco, al que consideraba la mayor y única riqueza de la República Dominicana y en la que estaba “cifradas las esperanzas de varios miles de personas y de familias, porque en cada cosecha circula más de un millón de pesos entre ellas repartido”.

En su condición de Ministro de Guerra de la Restauración conoció una parte importante del territorio dominicano, de sus habitantes y su cotidianidad y como intelectual que conocía el valor de lo escrito, iba encargándose de describir sus experiencias y de ir dejando a la posteridad detalles, muchos de los cuales se acercaban a relatos de los episodios en los que él se implicaba, y de paso iba describiendo la cultura campesina de entonces.

Ejemplo de lo antes dicho, aparece en su escrito Episodios de la Restauración, del cual cito los siguientes párrafos: En el Cantón una multitud de soldados tendidos en el camino acostado de una manera particular: una yagua les sirve de colchón y con otra se cubrían, de manera que aunque lloviera como acaba de suceder, la yagua de arriba les servia de techumbre y la de abajo como una especie de esquife, por debajo de la cual se deslizaba el agua y no lo dejaba mojar. A esta yagua en el lenguaje pintoresco de esa época se le llamaba la frisa de Moca. En muchos ranchos se oía el rosario de María con oraciones estupendas. Dos o tres ciriales alrededor de una enjalma tendida indicaban una talla. Al pasar cerca de ellos vi que uno decía que había ganado seis reales y otro que había ganado cuatro y otro que había ganado cuatro hojaldras de catibía” (En el Cantón de Bermejo, pág.120). y aclara que “cada soldado es un montero” y tenían habilidades para adquirir sus alimentos: unos cogían calabazos y bajaban por agua al arroyo, otros mondaban plátanos y los ponían a asar y en los ranchos no faltaba una tasajera con uno dos tocinos, que cocinaban en un improvisado fogón “clavando en tierra tres estacas gruesas a una altura de seis pulgadas, formando un triangulo rectángulo sobre los cuales” asentaban el caldero.

Es notorio en sus escritos, la habilidad muy rara todavía entre los estudiosos de los problemas culturales, para descubrir la relación entre economía y práctica cultural. Por ejemplo, para él el tabaco era una actividad económica que provocaba actividades colectivas de las que surgían costumbres en la sociedad campesina. “Por dondequiera—decía él—cruzan tongos, serones, y pacas de tabaco; por doquier veo los almacenes atestados de esta hoja y a un enjambre de trabajadores de ambos sexos, apartando, enmanojando, pesando y enseronando. Yo veo las tiendas atestadas de compradores, llegan y desaparecen los surtidos, en una palabra hay una circulación de riquezas triple a la del resto del año, y esto por consiguiente es lo más importante” (Apuntes de las clases trabajadoras dominicanas, pág.193).

Favorecía la producción agrícola, especialmente del tabaco, pero aborrecía el hato ganadero, la ganadería libre, cuyos dueños llevaban “en las despoblada y yermas ciudades dominicanas una vida supersticiosa, holgazana y embrutecida”, mientras que los aparceros o mayorales son más embrutecidos y se conforman con “un poco de tasajo frito, o sancocho agrio por toda la vida, y por solo haber mobiliar, un trabuco, una lanza, una espada, un postro enjaezado con un fuste medio retobado, y una capa de paño basto. Este haber, salvo el caballo, era transmitido de generación en generación en la familia cuya vivienda, desnudez y apocamiento causaban lastima, tan ruinosa y exageradas eran.” (Las clases trabajadoras, pág.218)

Pedro Francisco Bonó era del criterio del que el delito era producido por la economía ganadera y en la forma como esta se practicaba, encontrándose la economía campesina, que era la economía del país pues más de un 75 por ciento vivía lejos de las ciudades, y que ésta se hallaba arrinconada en el hato ganadero desde los tiempos de la colonia: “El fondo de la riqueza en el país consiste en animales de crías, es decir, que los habitantes como pueblo casi primitivo, son aún pastores, pero los ganados no son guardados directamente. (..). Los animales vagan sin pastor (…), en sabanas inmensas, en bosques vírgenes”” motivando e inclinando la tentación del hurto, y lo que sólo cambiaría cuando los dominicanos se convirtieran en pueblo de agricultores. (Actuación publica en 1867. Tratado dominico-haitiano de 1867, pág. 142). En ese medio, las riñas y las heridas “son comunes, porque el dominicano es valiente y más que por eso, porque siempre anda armado” y (…) ninguno sale de sus casas sin su sable”.

Refiriéndose a la producción de arroz, que muchos estudiosos de la historia de ese producto creen más reciente, explica la existencia de ese cultivo en La Vega, “pero sólo el que lo come sabe las malas semillas que se cruzan y confunden con las buenas en los conucos; arroz canillita, el congo, el amarillo largo, el punzante, etc . que son de difícil digestión”. (El comisionado especial de agricultura de la provincia de La Vega, 1876, pag.155). En cuanto a la producción de riqueza agrícola, plantea que ésta casi no existe en la República Dominicana pues en el país no hay haciendas que puedan producir una renta regular. Lo que existe son las vegas de tabacos, algunos trapiches y una pequeña agricultura “viviendo al día”, un poco de café, cacao y otro frutos menores. La extracción de madera es otra industria que no debe llamarse productiva, sólo destructiva”.

El trabajo agrícola se hace en la proporción “de un quinto de las fuerzas disponibles, distraídas como permanentemente está en servicio de guerra inútil o servicio civil mal indicado”. La mitad del año los agricultores la pasan en campañas o acuartelados; la otra mitad la consagran al servicio civil ordinario y gratuito; ya en rondas de vigilancia política; en persecuciones de delincuentes, en guardias semanales sin objeto, en situaciones de interés privado, en correos, en prestaciones personales de caminos, fabricas públicas, etc. (…). Son las mujeres y los niños los que vienen a dar cumplimiento a todas las faenas del campo..” (Trabajo muscular de la nación, pp.159-160)

Y vinculando el trabajo que produce riquezas y las costumbres, plantea lo siguiente: “Los dominicanos guardan las tres cuartas partes del año, comprendiendo en ella: los domingos, los días de ambos preceptos, los preceptos de misa, los de los patronos generales y particulares, los tres días de las cuatro solemnidades pascuales, los de los santos abogados de los gremios de las enfermedades de los ojos, garganta, muelas, partos, terremotos, cosas perdidas, etc. Imprimiendo en su abstención, no la idea religiosa, santa y pura de la oración, buenas obras o recogimiento, pero atribuyendo al acto del trabajo útil y honesto, castigos próximos y eventuales por haberse hecho en el día que creen de guarda. (…), siendo socorrida la opinión entre los obreros y labradores de que quien trabaja en uno de esos días feriados por su idolatría, incurre en lesiones traumáticas o en resultados negativos en el mismo trabajo”. (Ley religiosa-tiempo empleado en trabajo, pág.161)

Sobre el juego de gallo, actividad que era común en todo el país, incluyendo las ciudades, expone como “los sábados, domingos y lunes de todas las semanas, se amontonan diez o doce mil agricultores, algunos con sus mujeres e hijos, gritando, gesticulando, apostando, desgañitándose; rodea a esta valla una, dos, tres o más mesa de juego de azar, aquí los dados, allá el monte, acullá la veintiuna. Hay un departamento de bebidas alcohólicas que siempre es pocas para apagar la sed de los desgañitados; hay el salón de baile en permanencia que se calma de día y recrudece de noche, y todo esto cercado de bateas y bandejas cargadas de dulces, licores, fiambres, cigarros, vendidos por mujeres la mayor parte cortesanas” (ob. cit., pág.162). En este tipo de vida el joven se hacen “viejos caduco que ya sin vigor sólo piensa en jugar lo que adquiere, beber aguardiente y cuidar de sus gallos y gallinas de calidad”, aclarando que el dominicano no rehúsa “la hospitalidad al que se la pide” y acostumbraba a comer sancocho.

Interesante resulta, como referencia a épocas pasadas, la forma en que se constituía la familia campesina: “Un joven labrador llegado a su mayor edad quiere emanciparse. Su padre pobre estanciero o ranchero, no le da ni puede darle más que algunos cordeles de tierras de monte. En el primer año por un esfuerzo, el mozo tala, tumba, cerca, habita y siembra unas tantas tareas de maíz, plátanos, yuca y en el segundo año, por otro esfuerzo, apropia materiales para un bohío que fabrica con su hacha y su machete. Ya tiene vivienda y comida para algún tiempo y entonces se casa. La mujer comparte sus cuidados; sus faenas, pero además de sus consumos personales aporta los de partos, enfermedades e hijos. La familia harta y a cubierto, está desnuda, enferma, sin médicos ni medicinas y la vista fija en el jefe que la ha creado, todo lo espera de él” (Apuntes de las clases trabajadoras, p.193)

Como hemos podido comprobar, Pedro Francisco Bonó se encontraba para su época por encima de la capacidad intelectual para describir la cultura campesina y lo hizo magistralmente a través de su novela El Montero.

Quisiera ahora, antes de terminar que ustedes me permitan reseñar la cultura campesina en la forma que la presentó Bonó en su ya citada novela, en la que el montero vive de la caza del puerco montaraz, al que persiguen desde temprano vestido con una chamarreta de burda tela de cáñamo con calzones de lo mismo sujetos a la cintura por una correa con su hebilla de acero, machetes cortos de cabos de palo y vaina de cuero, cuchillo de monte, eslabón de afilar pendiente de la correa y con una cadenita de hierro, he aquí el vestido. Agréguese para evitar los estorbos de sombrero entre zarzas y malezas, el montero cubría su cabeza con un gorro de paño que en su primitivo origen debía ser negro. (El Montero, pp. 48-49).

El montero olvida los peligros de su profesión cuando supone la caza de un jabalí. Cuando llega a su casa después de la cacería, pronuncia la frase “Ave María” la que impone el silencio y rezan el Ave María, llevado por la sonora voz del amo de la casa y después del “Sin pecado concebido” los hijos y niños que estaban arrodillados piden la bendición a las personas mayores .

La casa del montero y su familia, iluminada por un haz de pino encendido, se compone “de cuatro o cinco rollos de seiba que servían de sillas en competencia con una barbacoa, mueble formado por cuatro estacas clavadas en el suelo, soportando dos cortos palos atravesados, sobre los que descansaban cinco tablas de palmas barnizadas por el continuo frote de los cuerpos” (pag.51). Ellos “son los que fabrican sus viviendas, y que el único instrumento de que se valen es el corto machete de trabajo que también sirve para sus cacerías y hasta en el caso fortuito par su defensa, razón porque tampoco es de extrañar que el machete y el montero sean inesperables, que puede decirse es uno de sus miembros”. Duerme en una hamaca tejida de delgadas cuerdas de majagua y cena sancocho de tocino utilizando cucharas de jigüero. (pág. 55).

Para declararse el amor, entre criadores y monteros, los jóvenes lo hacen “primero con los ojos, como en toda partes, luego el hombre apoya fuertemente un pie sobre el de la mujer, y esto equivale a una declaración circunstanciada y formal; si no la mujer retira el pie y queda seria, rehúsa; si lo deja y sonríe, admite, en este último caso se agrega—Quieres casarte conmigo—y si una necia sonrisa acompañada de un bofetón le responde, trueca un anillo de oro o plata con ella y quedan asentadas las relaciones amorosas”. (pág. 59).

La diversión por excelencia en la sociedad que habita el montero es el fandango, “arena de las declaraciones”. El fandango es una “danza especial; el fandango son mil danzas diferentes, es un baile en cuya composición entra: un local entre claro y entre oscuro, dos cuatro, dos güiras, dos cantores, un tiple, mucha bulla, y cuando raya en lujo, una tambora”. (pág. 59). El fandango es una reunión social, donde a la luz de una jumiadora los que se divierten y embriagan de aguardiente casi siempre terminan en desenfrenada violencia, donde las heridas y las muertes, como bien narra nuestro referido autor que nació en 1828 y falleció en 1906, son el colofón de la fiesta.

Como no tenemos tiempo para contarle todo lo que de la cultura campesina trae la obra El Montero de Pedro Francisco Bonó, sólo me queda sugerirle la adquisición de la misma y tal vez leyéndola podamos comprobar, hasta donde ha evolucionado el pueblo dominicano. Muchas gracias.

viernes, noviembre 10, 2006

ALEJANDRO PAULINO RAMOS


Alejandro Paulino Ramos, Historiador y Bibliotecario Dominicano

domingo, agosto 20, 2006

GUERRA RESTAURACION Y CULTURA DOMINICANA

RAZONES ECONÓMICAS, POLÍTICAS Y CULTURALES DE LA GUERRA RESTAURADORA

Por: Alejandro Paulino Ramos

(Conferencia leída el 18 de agosto del 2006 en la Universidad Tecnológica del Sur (ITESUR), auspiciada por El Comité Permanente de Efemerides Patrias y la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).




Al momento de producirse la anexión de la República Dominicana a la imperial España, nuestro país estaba arropado por el atraso económico, las amenazas permanentes de las invasiones haitianas, el interés de sectores estadounidenses en apropiarse de áreas territoriales dominicanas y la propia necesidad de España en preservar y si era posible aumentar la posesión y control de los territorios de habla hispana en la región del Caribe; territorios amenazados por la expansión de otras potencias.

Con una población que rondaba los doscientos cincuenta mil habitantes y una economía precapitalista que no superaba la ganadería maltratada por un exiguo mercado, la exportación de madera preciosa a Inglaterra y la venta de tabaco a los alemanes, así como un limitado intercambio comercial con Francia y con los Estados Unidos, el país parecía que nunca alcanzaría la senda del progreso.

De hecho, la República de 1861 se parecía mucho a una coalición donde coexistían tres países, con intereses y liderazgos desarticulados y enfrentados uno a otros: por un lado la región Este con el hato ganadero y Pedro Santana; por el otro lado la región Sur con el corte de Madera y Buenaventura Báez, y por último el Cibao con la producción de tabaco y un liderazgo liberal que podríamos considerar como colectivo. “Esta pobre economía de exportación de productos agrícolas cultivados con técnicas arcaicas y en muy reducidos terrenos, hacía el país presentase un aspecto misérrimo” (Jaime de Jesús Domínguez, la Anexión de la República Dominicana a España, p.10).

La República de la que le hablo estaba gobernada por el General Pedro Santana, temeroso de la invasión haitiana y a la vez enfrentado con los lideres baecistas y cibaeños, a quienes había encarcelados y expatriados. La conservación del poder en manos del grupo que gobernaba pasaba por las negociaciones de un protectorado que muy pronto y en secreto, terminó en la anexión y la perdida de la soberanía conquistada en 1844.

Para esa anexión, el grupo que la negociaba propuso a España las siguientes condiciones: El no establecimiento de la esclavitud, la consideración de la República como Provincia de Ultramar de España, la amortización del papel moneda para que el dinero que circulaba antes de la anexión conservara su validez, el reconocimiento de los actos jurídicos de la República y la utilización de los servicios de los santanitas en los puestos públicos.

El historiador Jaime de Jesús Domínguez, un especialista en el tema de la Anexión a España, plantea en su obra La Anexión de la República Dominicana a España, que más por interés que por sentimiento, Pedro Santana hizo la anexión movido por su hispanismo, y que la justificaba porque el pueblo dominicano era de “raza hispánica”, blanca, descendiente de españoles, por oposición a los vecinos haitianos que eran negros y descendientes de africanos. Además propaló la idea de que la presencia española traería paz y se pondría fin a las invasiones haitianas y las guerras civiles.

Por su parte, los españoles esperaban obtener como parte de la aplicación del tratado de anexión, la adquisición del que fue su antiguo territorio hasta 1821, la utilización de la bahía de Samaná como punto estratégico en la región del Caribe, el control de los yacimientos minerales del país, en especial los de plata y oro, la posibilidad de incentivar la producción de algodón y la colonización y aumento de la riqueza en general, así como extender y consolidar su influencia en la región del Caribe.

Inmediatamente se proclamó la anexión de la República Dominicana, el 18 de marzo de 1861, comenzaron a llegar los batallones de soldados traídos desde las islas de Puerto Rico y Cuba y de inmediato comenzaron a tomar el control de los puntos estratégicos del territorio dominicano. La respuesta inicial a la anexión fue la fracasada rebelión de los campesinos de Moca el 2 de mayo de 1861 y la expedición de Francisco del Rosario Sánchez encabezando el movimiento de la Regeneración el cual abortó en junio de 1861 con la lamentable muerte del patricio en El Cercado, San Juan de la Maguana, el 4 de julio del mismo año.

La anexión se ejecutó sin que España cumpliera con los acuerdos que le dieron origen a aquel bochornoso acontecimiento contra la nación dominicana; por ejemplo, los cargos públicos y los rangos militares beneficiaron fundamentalmente a los españoles y no a los dominicanos como se había prometido. El General Pedro Santana fue relegado a un segundo plano llevándolo a presentar renuncia como Capitán General en 1862, se estableció la censura de prensa y de imprenta, los militares dominicanos fueron excluidos de los ascensos y rangos militares, integrados a las reservas y se les negaba ostentar el uniforme de los militares españoles. El gobierno anexionista incumplió además con la promesa de la amortización de la moneda dominicana, se aumentaron los impuestos de exportación a los productos dominicanos y se afectó considerablemente el comercio exterior, especialmente la exportación de tabaco dominicano en beneficio del que se producía en Cuba.

Este era, en forma general, el cuadro económico y político que vivía Santo Domingo en los primeros años de la anexión, causas de lo que el 16 de agosto de 1863 provocó el levantamiento popular más importante de los dominicanos durante el siglo XIX. Pero ese levantamiento restaurador que se inició por Capotillo, se consolidó en la región del Cibao y terminó con arropar, durante dos largos años de lucha armada, todo el territorio dominicano no hubiera sido posible sin la respuesta unificada del pueblo a las agresiones contra las costumbres y la identidad de los dominicanos.

La anexión de la República Dominicana a España, fue un hecho negativo, una agresión que no sólo limitó la soberanía política, jurídica y económica de los dominicanos, sino que también se constituyó en una etapa de violencia contra la población y una embestida contra nuestra cultura e identidad como pueblo. Con la pérdida de la soberanía, el país fue obligado a cruzar por un corto pero oscuro túnel donde la prensa, imprenta, sociedades culturales y literarias, logias masónicas y las costumbres que nos perfilaban como pueblo, se encontraron seriamente amenazadas.

El General Pedro Santana y el sector de nuestra sociedad que le seguía, responsables directos de aquel ignominioso hecho, pensó y creyó que la República proclamada en febrero de 1844, seguía siendo por extensión histórica un pedazo de España; que seguíamos siendo en esencia españoles por sentimiento, por idioma y por la religión, o como erradamente planteó el general Pedro Santana en la justificación de la anexión “un pueblo leal como colonia, que leal ha sido, es y siempre sería como aliado a su antigua metrópoli; siempre fiel, siempre agradecido”.

Pedro Santana entendió muy pronto que esa identidad con los valores españoles era muy relativa y que estaba en un error, pues las diferencias culturales, morales y políticas eran más profundas que las que él y su grupo había percibido cuando se entusiasmó con el proyecto anexionista, y se dio cuenta de esa realidad al ser él relegado a posiciones inferiores y sus seguidores discriminados por su condición de mestizos. El reconocimiento de esa condición lo aporta el propio General Santana, cuando en octubre de 1863 le señaló al Ministro de Ultramar de España, que si bien el pueblo dominicano “hacía abnegación de su independencia, era porque tenia la seguridad de que se echaba en brazos de una nación generosa, que compadecía sus miserias, que conservaría incólumes sus derechos y toleraría sus sanas costumbres.”

En ese señalamiento el General Santana dejó claramente establecido su conocimiento de la agresión cultural, jurídica y política que estaba sufriendo el pueblo dominicano, aunque ese reconocimiento no lo situó a él y su grupo al lado de la soberanía del pueblo dominicano, mas bien, en medio de su desilusión permaneció colaborando con aquella potencia colonialista que todavía él aceptaba como “la Madre Patria”.

Esa Madre Patria, que él entendía enraizada en la identidad de los dominicanos, provocó concientemente modificaciones en las instituciones y las tradiciones del pueblo dominicano; esas alteraciones fueron tan agresivas, que obligó a la unidad del pueblo para poder resistir e impedir los planes del gobierno anexionista, desarrollados entre 1861 y 1865.

Examinemos brevemente algunas de las agresiones del gobierno español anexionista contra los dominicanos:

La Libertad de Prensa y de Imprenta

La libertad de prensa contemplada desde 1844 en la Constitución de la República, fue censurada al igual que la libertad de imprenta un mes después de producirse la anexión a España. En un decreto del 12 de septiembre de 1861, el Gobernador General de Santo Domingo anunció los niveles alcanzados por la abusiva prohibición, con las siguientes palabras: “Por oficio de fecha 23 de agosto último, el Excmo. Sr. Capitán General y Gobernador Supremo Civil de la isla de Cuba se sirvió indicar al que es de ésta, la necesidad y conveniencia de que se estableciese en Santo Domingo la censura de imprenta en la misma conformidad que lo previenen las leyes, reglamentos y demás reales disposiciones para todas las provincias ultramarinas españolas (…) nombrando al mismo tiempo (…) al Fiscal de Guerra Don Miguel Tavira censor de imprenta en esta capital, interinamente y a reserva de superior resolución”.

Esa censura afectaba las publicaciones de libros y periódicos, a la vez que establecía impuestos, a través de la ley de patentes, que abarcaban las referidas publicaciones. En aquella ocasión los hermanos José Gabriel y Manuel de Jesús García fueron obligados a pedir permiso para publicar un libro sobre los puertos dominicanos.

Fue necesario entonces, que los que estaban en contra de la anexión imprimieran sus proclamas políticas fuera del país, o en forma clandestina, ya que desde mayo de 1861 el General Pedro Santana había decretado, como medida previa a la venta de la Patria a España, que todo el que propalara noticias falsas que tendieran a alarmar el espíritu publico, sería juzgado conforme a la ley de conspiración, como reo de propaganda a favor del enemigo
.

Persecución a Sacerdotes Católicos

La persecución a la Iglesia Católica dominicana se inició con la deportación del Padre Fernando Arturo de Meriño, quien aún siendo el Jefe Provisional de la Iglesia, fue acusado por Pedro Santana de no permitir que en las misas se rezase por la conservación y vida de los Reyes Católicos. Este hecho, que se produjo el 12 de abril de 1862, posibilitó la llegada al país del Arzobispo Monzón (junto a un nutrido grupo de sacerdotes españoles), quien desató de inmediato la persecución contra todo lo que a él le pareciera disidencia en la Iglesia Católica de Santo Domingo.

El Arzobispo Monzón fue además uno de los funcionarios del gobierno anexionista que más se destacó en la persecución de las costumbres y tradiciones del pueblo dominicano. Desde la posición que le permitía su alta investidura, el Arzobispo se dedicó a perseguir a las religiones, que sin ser católicas, habían celebrado sus cultos en un ambiente de libertad religiosa. El 24 de septiembre de 1862, el Arzobispo denunció ante el Gobernador Ribero, el culto extraño “que hoy se está practicando en capillas públicas y con la mayor publicidad por un crecido número de sectarios extranjeros en dos puntos de esta isla a saber en Samaná y en Puerto Plata. Y esto se hace (…) con dolor y escándalo de los buenos españoles que aquí mismo nos rigen y gobiernan, contradiciendo abiertamente nuestras glorias históricas, nuestras venerables tradiciones, nuestros hábitos, nuestras costumbres y nuestros sentimientos”.

La denuncia del Arzobispo debió en aquella oportunidad ser motivo de preocupación, ya que quienes estaban contradiciendo y violentando las tradiciones, hábitos y costumbres de los dominicanos eran las autoridades españolas y no los habitantes de los pueblos señalados. El ataque del Arzobispo al libre culto, llevó a la prohibición oficial de las religiones no católicas: todo aquel que celebrara actos públicos de un culto que no fuera de la religión católica, apostólica y romana, sería desde entonces castigado con la pena de extrañamiento corporal y el que inculcara públicamente la inobservancia de los preceptos religiosos sería castigado con la prisión correccional.


El Matrimonio Civil y el Arzobispo Monzón

El Código francés vigente al momento de la anexión de Santo Domingo, estipulaba que el matrimonio civil debía preceder al religioso y que el segundo no tenía ninguna validez jurídica, pero el gobierno anexionista español reconoció sólo como válido el matrimonio religiosos católico, por esta razón el 4 de mayo de 1862 se suprimió el matrimonio civil y el Arzobispo Monzón visitó los pueblos del Este predicando y obligando a las parejas amancebadas o casadas por lo civil, a contraer el matrimonio católico.

Persecución Contra Logias Masónicas

La persecución contra el movimiento masónico de la República se inició desde el mismo día que las tropas españolas desembarcaron en Santo Domingo en 1861: el 13 de septiembre ya las tropas que llegaban desde Cuba y Puerto Rico, ocuparon el Templo de la Cuna de América numero 2, para establecer en su local un cuartel militar.

El 28 de enero de 1862 la Logia numero 7 fue obligada a suspender sus trabajos, debido a las presiones permanentes que recibían de las autoridades y el 6 de agosto del mismo año, la Gran Logia Nacional, fundada en 1858, comunicó a todas las logias dominicanas que debían entrar en receso de todos su trabajos; para las logias volver a laborar sin problemas, fue necesario esperar el triunfo de la Guerra Restauradora. Los masones abrieron nueva vez sus puertas el 20 de mayo de 1865.


Agresión contra Costumbres Dominicanas

Como parte de la cadena de agresiones contra la identidad del pueblo dominicano, las autoridades españolas emitieron, el 13 de octubre de 1862, un bando de policía que entró en vigencia el 1º. de enero de 1863, prohibiendo costumbres practicadas desde la época colonial, como eran las de colocar las ropas a secar en los balcones, ventanas y rejas, las peleas de gallos (el deporte nacional de la época), y los juegos de azar.

A partir del 12 de febrero de 1863 se obligó a los habitantes de la ciudad de Santo Domingo a cambiar la forma de colocar en los edificios las puertas y ventanas, de modo que en vez de abrir hacia fuera lo hicieran hacia adentro.

En el período anterior a la anexión a España, en los barrios de la ciudad de Santo Domingo se bailaban danzas exóticas que fueron consideradas por las autoridades anexionistas como indeseables, ya que las consideraban desordenadas y escandalosas. Por esta razón se prohibieron el 15 de octubre de 1862, las danzas conocidas como danesa, el tango y el vodú las que sólo podrían bailarse con el permiso de las autoridades. Las sanciones más fuertes fueron aplicadas a los bailes tocados con tambores de cualquier tipo, debido a sus orígenes africanos. En el mismo año se prohibió bailar el llamado baile bambulá sin una licencia obtenida de las autoridades y se prohibió además, el baile llamado “jodú”.

En cuanto a la discriminación por el color de la piel de los dominicanos, siendo este un pueblo eminentemente mestizo, era frecuente que los soldados y funcionarios españoles recordaran a los dominicanos que por esa sola circunstancia ellos serían esclavos en Puerto Rico y en Cuba, colonias de España donde existía la esclavitud.

Si a los problemas económicos, políticos, sociales y jurídicos agregamos el constante conflicto entre españoles y dominicanos por motivos culturales, entonces entenderíamos las razones de la integración masiva a la guerra restauradora, de un pueblo que estaba decidido a tomar el control de su propia existencia.

Esa guerra que se prolongó por dos largos años, estaba matizada de una violencia inusual que negaba la presumida hispanidad de los dominicanos.

La República Dominicana llegó a tener estacionado en todo su territorio más de 25 mil soldados españoles, de los cuales murieron en combates y por enfermedades, unos ocho mil y otros dos mil resultaron heridos o inutilizados en combates. Entre los dominicanos el número de muertos debió haber sido mayor, aunque se tiene calculado en unos 12 mil las bajas en el ejército restaurador, ya que como ejército irregular no había forma de llevar los cálculos de los muerto y heridos; pero el número de bajas en ambos bandos dan una idea perfecta del nivel de violencia desarrollada en el conflicto.

La unificación y la determinación del pueblo dominicano por ser libre y soberano ante una potencia que por siglo se consideró la “Madre Patria”, prueban sin lugar a dudas, la existencia de un conglomerado que se había constituido en más de 350 años de historia, y que con orgullo resurgió de la restauración consciente de su condición de dominicano.

Reafirmación de la Identidad Dominicana

Debo terminar esta relación de agresiones al pueblo dominicano, señalando como conclusión lo siguiente: el movimiento restaurador iniciado en Capotillo, el 16 de agosto de 1863 y que terminó con la salida de las derrotadas tropas españolas el 26 de julio de 1865, estaba encaminado no sólo al rescate de la soberanía perdida en 1861, sino que la Guerra de la Restauración fue un acontecimiento de reafirmación de la identidad del pueblo dominicano; un pueblo que se sintió agredido por la dominación militar, jurídica, política y cultural por una nación a la que nos unían sólidos lazos históricos. Dos años de enfrentamientos nos enseñaron que sí bien reconocimos los vínculos históricos con España y otras naciones, de ninguna manera éramos españoles pues en un proceso de tres siglos nos habíamos constituidos en una comunidad con identidad propia.

La Restauración dirigida por Pedro Antonio Pimentel, José María Cabral, Gaspar Polanco, Pepillo Salcedo y Gregorio Luperón, ratificó esa identidad en los campos de batallas: ya no éramos indios, ni españoles, ni africanos, franceses, haitianos o americanos. La anexión fue el detonante de la restauración de la República perdida y de paso nos obligó a comprender aquella bella realidad: éramos dominicanos.

sábado, agosto 05, 2006

POESIA Y CULTURA EN LA REVOLUCION DE ABRIL

GRUPOS LITERARIOS EN LA REVOLUCION DE ABRIL DE 1965

Por: Alejandro Paulino Ramos

La guerra civil de Abril de 1965 y la participación de los escritores de la Generación del Sesenta en ella, abrió la puerta a las definiciones teórico-prácticas con las que se llevó la poesía a nivel de compromisos con la cotidianidad y los intereses políticos-ideológicos de una parte de los escritores dominicanos. El medio organizacional para cumplir con esos fines fueron los grupos literarios, y la competencia entre ellos el reflejo vulgar de las líneas partidarias de la época.

La poesía de sus integrantes fue el compromiso social «la conocieron después de los escombros. /Por el hijo que estuvo. /Y no aparece, / por la sangre que tiñe las aceras. / Por el intenso olor a pólvora quemada» (Pedro Caro. Conocimiento de la Ciudad).

Aquella consigna de “Unidad”, surgida en la guerra, y el interés en la prevención de los niveles de “esclarecimiento” alcanzados en 1965, fueron parte del motivo del surgimiento de los grupos y su objeto “la formación de la conciencia de la literatura como un oficio; y la imprescindible formación teórica para ejercerla,..(Enrique Eusebio, Bloque No.2). El primer agrupamiento en aparecer fue La Máscara (1965), integrando a poetas de la clase media conservadoras (véase Tony Raful, «Lo Social en la poesía dominicana), y dirigida por Héctor Díaz Polanco, Aquiles Azar y Lourdes Billini. Otros grupos aparecieron en las provincias como reflejo natural de los que surgían en la capital de la República: Admiversa (dirigida por Mora Serrano), y Escritores del Cibao, por ejemplo.

A fines de 1965, encabezados por Miguel Alfonseca y Ramón Francisco e integrados por Iván García, Enriquillo Sánchez, René del Risco y Marcio Veloz Maggiolo, surgió El Puño, y su formación anunciada en la revista Testimonio Número 17, de enero de 1967. Rafael Julián en Bloque No.2, lo señala como el más digno de estudio y del cual se esperaba mayor permanencia, producto de un fenómeno social jamás visto en nuestro país: la Revolución de Abril, como un desprendimiento de El Puño y reagrupamiento de escritores que no estaban vinculados a grupos, surgió La Isla (1966); con ese nombre se intentaba romper con el aislamiento de los dos los pueblos que ocupaban “La Española” (Haití y República Dominicana). Dirigido por Antonio Lockward Artiles e integrado por Fernando Sánchez Martínez, Pedro caro, Wilfredo Lozano, Jimmy Sierra, Andrés L. Mateo, y Rutinel Domínguez. En a1967, influenciado por los poetas de El Puño y La Isla, apareció La Antorcha, dirigida por Mateo Morrison, Enrique Eusebio, Rafael Abreu mejía, Soledad Álvarez y poetas que habían pertenecido a los grupos anteriores. Este último grupo se constituyó en el núcleo principal de lo que luego se llamaría La Joven Poesía Dominicana. Muchos de estos poetas también formaron parte Del Movimiento Cultural Universitario.

En cuanto Al Bloque de Jóvenes Escritores, el último de importancia en aparecer (1973), este trató de romper el aislamiento, y la desintegración de los agrupamientos anteriores, así como impulsar una actividad literaria Fecunda. El Bloque, fue dirigido por Rafael Julián, Mateo Morrison, Antonio Lockward Artiles, Héctor Amarante, Rafael Abreu Mejía y Diógenes céspedes.

Todos los grupos, con excepción de La Máscara, fueron influenciados por las ideas socialistas, la solidaridad con las luchas antiimperialistas y el partidismo de izquierda de los años sesenta y principio de los setenta. Para 1974, ya habían desaparecido dando paso a una a nueva generación en la poesía dominicana: La Joven Poesía Dominicana.

NARRATIVA DOMINICANA: LA MÁSCARA

En los últimos meses de 1965 se organizaron en la ciudad de Santo Domingo, los grupos literarios La Máscara y El Puño. El primero, integrado por intelectuales de “la clase conservadora”, y el segundo por “revolucionarios”. Se da por cierto que La Máscara fue la primera agrupación cultural y literaria después de finalizada la guerra. Sus integrantes fueron principalmente, Héctor Díaz Polanco (teórico de la agrupación), Lourdes Billini y Aquiles Azar, y su principal aporte el impulso de la cuentística dominicana.

La Máscara nace en la época en que la “poesía salio de la trinchera y se refugio en el piano bar, los cinematógrafos y las piernas de las oficinistas” (Alexis Gómez, Antología de Franklin Gutiérrez), y en la que el tema urbano “va a constituir la fuente primaria de inspiración”. Sus integrantes y los que luego van a formar otros grupos, son “muchachos nacidos y educandos en la ciudad, estudiantes universitarios, activistas políticos, militantes de partidos revolucionarios, o simplemente profesores, actores, publicistas”. (Antología de José Alcántara Almanzar)

Aquiles Azar, principal de La Máscara (Bloque No. 2), dice de su nacimiento lo siguiente. “La Máscara, agrupación que nació debido a una necesidad en el año 1965; un grupo de jóvenes se reúnen tentativamente una primera, segunda y hasta tercera vez para dejar constituida dicha agrupación”. El nacimiento de El puño y luego La Isla “despierta un gran interés en que la trayectoria la dirige el grupo “La Máscara”. Este es el grupo que inicia y patrocina toda una serie de movimientos de índole cultural”. (Véase entrevista en Cada Uno Dios, de Clodomiro Moquete)

El objetivo de La Máscara, era la “búsqueda y descubrimiento de valores en todos los campos y las artes”, realizaban exposiciones de pintura, presentaban obras de teatro, conferencias sobre aspectos culturales, cursillos de música (los de “apreciación musical” de Don Julio Ravelo iniciados en el 1966, celebrados en su casa, fueron iniciativa de la agrupación), de literatura y los concursos de cuentos, auspiciados por E. León Jiménez (1966-1971), que abrieron las puertas a los narradores de los Sesentas.

Su primer concurso de cuentos fue convocado en agosto de 1966 y ganado por Miguel Alfonseca, René del Risco, Enriquillo Sánchez, y Abel Fernández Mejía, Armando Almanzar, y Rubén Echavarría. Todos, menos Fernández Mejía, eran miembros del grupo cultural El Puño, el cual mantuvo debates y “competencia” con La Máscara. El jurado fue integrado por el profesor Juan Bosch, Máximo Aviles Blonda y Héctor Incháustegui Cabral.

Las razones de la desaparición de La Máscara, guarda relación, para Rafael Julián, con la falta de intereses comunes, y por estar la agrupación formada por “pequeños burgueses”. Para Aquiles Azar fue “la falta de elementos y de personas que quisieran continuar la labor que dicha agrupación empezó” la que puso fin en 1972 a la agrupación.

La Máscara, al igual que las demás organizaciones de la época, fue afectada por el “subdesarrollo económico” que implicaba, a decir de Rafael Julián, una ausencia de tradición institucional, lo que impedía que en el país se desarrollara el espíritu de corporación. La Máscara, y sus famosos concursos de cuentos, fue la academia donde muchos de los narradores de hoy aceptaron ser evaluados y publicados. El desarrollo de la cuentística es el aporte fundamental de la agrupación cultural y literaria La Máscara.


REVOLUCIONARIOS Y POESÍA: EL PUÑO

La agrupación El Puño surgió a finales de 1965 imitando a los novelistas del Boom (véase a Carlos E. Deive), y sus integrantes mas importantes los fueron Ramón Francisco, (guía del grupo), Miguel Alfonseca, Armando Almánzar, Rafael Vásquez, Iván García, Antonio Lockward Artiles, Rene Del Risco Bermúdez, Enriquillo Sánchez, Y Marcio Veloz Maggiolo.

El Puño fue en sus posiciones sumamente contestatario y desde su fundación, vinculado con el movimiento revolucionario, de los primeros en denunciar la dictadura que se había iniciado en 1966: “ahora quieren imponer el bozal/ los que pidieron la muerte/ los que pidieron el degüello de retoños.../Los que furiosos crispaban como anciana hojarasca/ porque al amanecer después de las matanzas/ se oía el canto ronco de los hombres,/.../ esos ahora quieren imponer el silencio”. (Miguel Alfonseca. A los que tratan de imponer el bozal).

En aquellos tiempos sus integrantes no eran muy conocidos; eran personas “que, aunque con mucho talento, carecían de formación en las ciencias sociales. La mayor parte... ni siquiera eran profesionales. No conocían las leyes que rigen el proceso social e histórico. Su trayectoria política, pura y limpia, la habían agotado por intuición y por pasión juvenil” (Rafael Julián. Bloque No. 2). Eran revolucionarios y algunos vinculados a organizaciones socialistas, y como tales influenciados por las luchas políticas de posguerra.

Publicaban la Colección El Puño dirigida por Iván García y Miguel Alfonseca, en la que aparecieron Hotel Cosmos, cuentos de Antonio Lockward, La Guerra y los Cantos, poemas de Miguel Alfonseca, y se llego a anunciar El jubilo de la sangre, de René del Risco, así como la novela Demasiado lejos, de Iván García. El objetivo de la colección era la de “publicar las creaciones de los jóvenes escritores dominicanos desconocidos aun por una gran parte de nuestro pueblo”. Esos escritos representaban “una visión, un panorama de nuestra época desde una generación comprometida con su tiempo y con su pueblo” (la Guerra y los cantos de Miguel Alfonseca).

Su desintegración fue producto de las disidencias internas, provocadas por las “concepciones disímiles” de sus miembros “sobre el papel que debe cumplir la literatura y el arte en general” (Rafael Julián. Bloque No. 2), y por las divisiones iniciadas en el Movimiento 14 de Junio, Movimiento Popular Dominicano, y otras organizaciones revolucionarias. El Puño desaparece, dice Rafael Julián, porque de “sus miembros, unos se convierten en peones del imperialismo norteamericano y de la alta burguesía criolla mediante la publicidad; otros, los menos, se dedican a la docencia universitaria, al ejercicio de sus profesiones y al periodismo”

Del fraccionamiento surgió como desprendimiento del El Puño, el grupo La Isla dirigido por Antonio Lockward quien encabezaba el ala radical de la organización. El puño fue el grupo “mas digno de estudio, y el único del cual se esperaba mayor permanencia. En primer lugar, porque se nutrió de personas con iguales antecedentes políticos; y en segundo lugar, porque fue el producto de un fenómeno social jamás visto en nuestro país: la revolución de abril. Sin embargo, con este grupo cultural vamos a ver que después de expirado el momento patriótico, la individualidad de cada ciudadano (en este caso cada artista), con sus flaquezas, necesidades, debilidades y resabios ideológicos” lo llevo a su desaparición.

LITERATURA Y SOCIEDAD: LA ISLA

La Isla surgió a finales de 1966, fruto de la divergencia política y cultural que estremeció el campo revolucionario. Al calor del debate ideológico, cuando el 14 de Junio se dividía entre “transformistas” y “no transformistas”, y en el MPD debatían la “primera” y “segunda posición”, que provocó su división, se produjo la salida de Antonio Lockward y otros de la agrupación El Puño, creando de inmediato La Isla. La división de El Puño, dice Rafael Julián, estuvo relacionada con la discusión sobre el papel de la literatura y el arte en la sociedad dominicana.

El nombre de La Isla surgió, como una idea de Antonio Lockward Artiles, buscando romper el aislamiento dominico-haitiano, pues se entendía que entre los dos pueblos existían identidades en las luchas políticas y en el campo cultural. Andrés L. Mateo dice que el grupo surgió con un manifiesto “cuyo contenido expresa nítidamente una cosmovisión que revisa en términos revolucionarios las instancias de la existencia y el arte”.

Sus integrantes se definieron en el manifiesto, cuatro años después, como “jóvenes intelectuales de extracción popular” que participaban en el desarrollo de eventos culturales en diversas barriadas de la capital y del interior creando algunas obras artísticas de relativo valor cultural y revolucionario y dándole al pueblo el poder creador de los valores culturales, además de oponerse “a la tesis reaccionaria de crear un arte que tenga su razón de ser en sí mismo”.

Entre sus integrantes, “jóvenes entre los 16 y 35 años, con distinguibles dones de actores, escritores, poetas, dramaturgos, ensayistas y otros géneros literarios (véase ¡Ahora No.202, 1967), se encontraban Antonio Lockward Artiles (el líder del grupo), José Ulises Rutinel Domínguez (deportado durante los 12 años de Balaguer), Fernando Sánchez Martínez, Norberto James, Rómulo Medrano Marte, Fausto Pérez (del Rosal), Freddy Castillo, Pedro Caro (no llegó a ser formalmente miembro), Juan González (Macobi), Wilfredo Lozano y Andrés L. Mateo; este ultimo considerado por Rutinel Domínguez, por su propia producción, como el de mayor calidad y sensibilidad poética del grupo.

Sus encuentros se realizaban los sábados en la tarde en el hogar de Lockward, en El Conde casi esquina Santomé, otras veces en el de Rutinel, en la calle Salcedo numero 11, y en el Club Enriquillo, en la calle del mismo nombre.

Lockward define el grupo como el de mayor conciencia sobre los problemas del intelectual en los países atrasados, y planteaba una literatura que obedeciera al “realismo critico”. El grupo publicó, como Colección La Isla: Los poemas de la sangre, de Jorge Lara (seudónimo de Rutinel Domínguez) y Sobre la marcha, de Norberto James, así como Portal del mundo, de Andrés L. Mateo, y Ferrocarril central, de Antonio Lockward.

La agrupación publicaba además Ediciones Futuro, folletos que vendían a los interesados en los temas literarios, cuando visitaban los clubes culturales del país, y era notorio ver sus escritos en la revista ¡Ahora! Y en suplemento dominical de El Nacional. Además formaron en la Universidad el Movimiento Poético Universitario.

El final del grupo llegó cuando una parte de sus integrantes se hicieron profesionales, cambiaron su vocación por un salario, salieron del país o les llegó “el viento frío”; después de 24 años, casi todos se han mantenido del lado de la dignidad y apegados a valores revolucionarios y democráticos.

POETAS CONTRA LOS DOCE AÑOS

La firma del Acta Institucional, puso fin al enfrentamiento armado y a la ocupación militar americana de 1965. Los hombres y mujeres que combatieron para instaurar un régimen democrático que aniquilara los residuos del trujillísmo, marcharon a sus pueblos y barrios, llevando la esperanza de que todo fuera una pausa en el combate.

En medio de la guerra fría, la vuelta del neotrujillísmo que encabezaba Joaquín Balaguer en 1966, significó una derrota momentánea de las fuerzas liberales y una reinstalación de la dictadura sin Trujillo, pero con los mismos actores, sólo que ahora el pueblo, que había saboreado el poder de las armas, no estaba en condiciones de aceptar pasivamente.

Los Doce Años (1966-1978), fueron de una alta represión y de resistencia en todos los frentes; con el interés puesto en la vuelta a la revolución. Los sectores se reorganizaron y definieron sus estrategias, y los poetas no quedaron al margen: se organizaron y influenciados por las ideologías que matizaron la guerra. Así surgieron muy pronto, los grupos literarios y culturales: La Isla, EL Puño, La Antorcha, La Máscara, y El Bloque de Jóvenes Escritores; algunos reclamando un espacio en las luchas, otros de claras tendencias conservadoras. Surgieron los talleres literarios Jacques Viau, Cesar Vallejo, Domingo Moreno Jiménes, Sánchez Lamouth, el Movimiento Cultural Universitario, y en medio de la represión los Clubes Culturales de donde salieron poetas y narradores.

Surgieron y fortalecieron los suplementos culturales del Listín Diario, La Noticia y la revista Ahora; surgió el movimiento Pluralista, la Generación de posguerra evolucionó en busca de nueva definición; bajo su amparo surgió La Joven Poesía Dominicana. Fueron doce años de intensas actividades político-culturales, y de enfrentamientos con la dictadura: los recitales poéticos y las presentaciones artísticas muchas veces terminaban bajo los efectos de los gases lacrimógenos y de los disparos indiscriminados.

Poetas y escritores iban a la cárcel por el simple hecho de haber aparecido al momento de un allanamiento un libro de Marx, Lenin o de Platón en sus libreros. Ana Celia Lantigua, miembro del Movimiento Cultural Universitario pasó largos meses prisionera en La Victoria, y un joven panadero de la barriada de Los Minas, Daniel Cabrera (El Lego), que había escrito un poema en el homenaje a Jacques Viau, hecho prisionero y fusilado en una de las paredes del Cementerio de ese popular sector.

René del Risco, uno de los más importantes poetas de nuestro país, no resistió el sabor de la parcial derrota y terminó con su vida en un “accidente” de transito en el Malecón de la capital. Otros se fueron acomodando a la nueva situación, se dedicaron a la publicidad, aunque siguieron escribiendo poemas y la revolución y “la lucha de clases” fue quedando en el olvido; se cambió el sentido ideológico en la poesía, algunos se hicieron metafísicos, otros evangélicos, y los más, marcados por el viento frío del que nos habló René, se convirtieron en alcohólicos y contertulios de cafeterías y discotecas; pero todos, o casi todos mantuvieron como norte, públicamente o en secreto, un rechazo permanente contra la dictadura y su principal ejecutor: Joaquín Balaguer. No es raro, entonces, que al lado de este prolifero escritor, rara vez aparezca un poeta de la generación del sesenta, pues tuvieron que enfrentarse con el neotrujillísmo que por largos años representó el anciano caudillo.

LA ANTORCHA: LA JOVEN POESIA DOMINICANA

La antorcha surgió como grupo poético-cultural bajo la influencia de El Puño y la Isla, en el ultimó cuatrimestre de 1967 y se convirtió a partir de 1970 en el núcleo principal de lo que temprano se llamó La Joven Poesía Dominicana, cuyos integrantes formaron parte de la Generación del Setenta.

En la revista Ahora (25 de septiembre de 1967), apareció un trabajo titulado los Grupos Juveniles Culturales, reclamando a su favor la ayuda de la sociedad dominicana “Esta ayuda se puede y debe prestar en cualquier momento y de cualquier manera, aunque solo sea asistiendo a los actos culturales que presentan esos grupos, o haciendo oír nuestras voces para que se les reconozcan como entidades progresistas y necesarias, y se les ubique en el sitial merecido. Hace poco hizo su aparición en esta capital el grupo cultural La Antorcha, cuando algunos de sus miembros participaron en un concurso literario y cuando presentaron un drama teatral en un colegio católico…”

La agrupación se formó, de acuerdo a Enrique Eusebio, para preservarse del aislamiento cultural, aunque su unión nunca pasó de ser una “Juntura”, pues no hubo una organización coherente, ni una base programática que asegurara su permanencia. Eran, todos los grupos de entonces, acantonamientos ideológicos cerrados.

El líder de la agrupación La Antorcha y que luego formó La Joven Poesía, lo fue el poeta y trabajador cultural Mateo Morrison (véase Tony Raful, Lo Social en la Poesía Dominicana). Entre los integrantes de la agrupación se encontraban además Soledad Álvarez, Rafael Abreu Mejía, Alexis Gómez Rosa, Enrique Eusebio y José Molinasa. En ellos se dejó sentir el espíritu revolucionario y “La Solidaridad antiimperialista” de aquellos tiempos: del 14 al 21 de Junio de 1969, junto a El Puño y la Isla, organizaron una semana de solidaridad con el pueblo haitiano.

Además, a finales de 1971 los integrantes de los referidos grupos celebraron, en el paraninfo de Ciencias Médicas de la UASD, un foro poético en el que participaron Andrés L. Mateo, Domingo de Los Santos, Enrique Eusebio, Alexis Gómez, Luis Manuel Ledesma, Norberto James. René del Risco y Rafael Abreu Mejía.

El grupo La Antorcha se reunía para estudiar, leer poemas y discutir sus escritos en las casas de sus integrantes, especialmente en el hogar de Morrison en la barriada conocida como Cruz de Mendoza, aunque recuerdo las reuniones que celebraban en el sector La Milagrosa, en Los Minas, en la residencia de Única, una esbelta mulata revolucionaria que apoyaba las actividades culturales de aquellos días.

Enrique Eusebio, tratando de definir lo que fue el grupo (en encuesta hecha por Diógenes Céspedes para la revista Bloque), dijo que en La Antorcha “nos limitamos a ser un grupo de amigos que hacíamos actividades en común: como lecturas de poemas, recitales, conferencias, etc... y apenas, dimos a la luz un solo número de la revista Destellos.

La Antorcha, al igual que sus predecesores La Mascara, el Puño y la Isla desapareció a finales de 1972, dando paso a la formación de la agrupación Bloque de Jóvenes Escritores Dominicanos (véase a Enrique Eusebio, Auditórium no. 37, de 1973) y al movimiento de transición que marcó la literatura de entonces: La Joven Poesía Dominicana.





sábado, junio 24, 2006

VETAS Y LA DOMINICANIDAD: DEBATE




LA REVISTA VETAS Y LA DOMINICANIDAD

Por: Alejandro Paulino Ramos

(Publicado originalmente en la revista Vetas número 49, septiembre de 1999, con el título “Alejandro Paulino Ramos se declara Cimarrón").

Después de leer Vetas número 48, y en especial la carta de Elsa Expósito que aparece en las páginas 22 y 23, y el grito de guerra de Clodomiro Moquete “! Blancos de la tierra”!, en la página 24, uno siente que no está solo y que realmente forma parte de un conglomerado social, que bueno o malo, es único en el planeta Tierra o, como decimos los dominicanos, en “la bolita del mundo”.

Pero la lectura de los dos escritos aparecidos en Vetas tocan muy adentro y hacen que dediquemos tiempo a pensar, razonar, mirarnos en el espejo los ojos, la nariz y la piel; mirándonos hacia adentro, buscando en el alma lo que somos, de dónde venimos, por qué somos racialmente (étnicamente) “así”; por qué nos encanta el sancocho (no el salcocho) y en Puerto Rico o en Nueva York gozan llamándonos “plátanos”.

¿Qué es lo que tenemos tan adentro, que en un conglomerado tan diverso como lo es Nueva York, donde existen cientos de miles de inmigrantes de todas las nacionalidades del mundo, de todos los pueblos latinoamericanos, de todas las islas caribeñas, a los que son de nuestro país, para mi sagrado, desde que nos ven saben que somos dominicanos? ¿Qué es, Clodomiro Moquete, lo que nos hace único (no mejor ni peor), en la bolita del mundo?

Para mí, un “cimarrón” igual que tú, lo que nos hace diferente, un pueblo único y distinto a todos los demás es, aunque a muchos les duela o moleste, la dominicanidad. No el sentimiento antihaitiano. Lo que nos identifica ante los demás pueblos del orbe y ante nosotros mismos es eso, lo que llevamos adentro enraizado, no en la sangre sino en el alma. Lo que nos identifica no es el idioma, ni el color de la piel, ni la forma de bailar, ni la forma de expresar nuestros sentimientos, ni el arroz con habichuela y carne que los naturales de este pedazo de Isla ingieren al medio día; tampoco es la forma de vestir, gritar o hacer el amor. No. Lo que nos identifica es la síntesis de todo lo que hemos heredado en este largo proceso histórico de más de quinientos años y hemos integrado en un todo armónico y funcional, con sus virtudes y sus defectos, que nos hace sentir orgullosos, hasta en demasía, de ser lo que somos: la dominicanidad.

Los reflejos individuales, los que puedan representar importantes hombres de la política, de la pelota, de la música, y que nos llenan de alegría cuando se destacan con acciones positivas, son el reflejo de esa dominicanidad, no del color de su piel. Yo me siento orgulloso de Samuel Sosa, de Juan Luis Guerra, de Fernando Villalona, de Felipe Alou, de Leonel Fernández, porque son dominicanos (fijaste que todos tienen diferentes matices en la piel); ellos son parte, como dice Elsa Expósito, del “enjambre insular que constituye la dominicanidad, de este pueblo que todavía, a más de 500 años del descubrimiento y en el umbral de una nueva era en una fase crucial de la evolución de la humanidad, busca y construye su identidad.

Sobre el escrito de Elsa Expósito quiero decirte que fuiste injusto con ella. Lo que ella dice es un grito muy parecido al tuyo, y aunque dice que “no hay razones para sentir orgullo nacional”, lo que está expresando es todo lo contrario, y que ella me perdone si no es así. Porque nadie, absolutamente nadie que no se sienta realmente dominicano se va a preocupar por las cosas negativas que suceden en nuestro país: desorden estatal, delincuencia, venta del patrimonio económico y cultural, narcotráfico y violencia. Ella lo que está es gritando a todo pulmón que si queremos seguir asiendo dominicanos, tenemos que modificar y cambiar, pues si no (y yo también lo creo) nos llevó, como pueblo, el mismísimo Enemigo Malo.

Elsa Expósito lo dice: Aquí existe un pueblo, una isla, un (pedazo de tierra donde) vive gente con habilidades que nada tienen que ver con los traseros, nalgas, bustos, cojones, narcotráfico, bateos, lanzamientos beisboleros y otras remesas, bien o mal habidas”. Y reconoce “que hemos avanzado mucho, muchísimo, gracias, sin duda para mi, insisto, a los aportes de quienes, desde Duarte hasta hoy, se han empeñado en promover valores superiores de la condición humana”.

En cuanto a tu escrito, quiero felicitarte pues aunque dijiste tres o cuatro “pendejadas”muy fuertes, lo que hiciste fue ratificar tu condición de dominicano: “Soy un maldito negro dominicano y quiero gritar mi dominicana, el enorme orgullo de mi dominicanidad. Soy un cimarrón. ¡Eso es lo que soy, coño, un cimarrón!” Pero eso es el pueblo dominicano, un pueblo valiente, rebelde, solidario, humilde, bondadoso, inteligente, pobre, honrado, trabajador y estudioso, aunque eso no quita que en el país existan corruptos, narcotraficantes, ladrones, vagos, brutos, individualistas y pendejos. Yo también me siento orgulloso de lo primero, no de lo segundo, pues los malos no representan el cinco por ciento de los que viven en nuestra República Dominicana. Los que nos sentimos dominicanos creemos en los valores sanos y vivimos de acuerdo a códigos de ética, sin importar donde estemos; somos más, aunque la minoría de malos también son dominicanos.

En cuanto a la expresión de que te sientes “Blanco de la tierra” creo que comete un error. Cuando leemos tu escrito nos damos cuenta que lo que quisiste decir fue que eres “un negro dominicano”, un criollo, un mulato, un blanco que lleva el negro detrás de las orejas, y por eso gritas: ¡África, Madre mía!

El “blanco de la tierra”es principalmente el criollo, el español que aun siendo hijo de padre y madre nacidos en España, nació en Santo Domingo y nunca conoció ni se imaginó donde quedaba la península Ibérica. Aparte de que su piel se “quemó” con el caribe sol, se adaptó al medio, vivió en su condición de hatero-esclavista, aprendió a beber y a comer lo que nunca comieron ni bebieron sus antepasados, se enraizó en su conuco, el hato o en su villa y cuando llegaban blancos de España él los vio como lo que eran, extranjeros, y se entendió él como un criollo, con intereses, necesidades y cultura diferentes a los de esos españoles que venían a tratar de imponer las leyes y las reglas en nombre de España. Esos criollos, que sí eran “blancos de la tierra”, fueron los que se enfrentaron a España y desde temprano del siglo XVII ya se hacían llamar “dominicanos”.

En una sociedad esclavista como la colonial, no quita tampoco que los mulatos libres, para diferenciarse de los negros esclavos reclamaran en su momento que ellos eran también “blancos de la tierra”, y los negros nacidos aquí, aunque con África en el corazón, aprendieron a vivir y a ser como lo permitió el proceso de hibridación cultural y una parte de ellos también llegaron a reclamar esa condición para diferenciarse del negro esclavo de la parte francesa de la Isla de Santo Domingo. Los tres, es decir, el negro, el blanco y el mulato nacidos en Santo Domingo se fueron acriollizando y en ello, en su interacción es que se encuentran las raíces de nuestra cultura y de nuestra identidad; ellos aunque no recibieron la herencia de la piel, son deudores del indígena, de mecanismos y modos culturales sin los cuales hoy no existiría el pueblo dominicano.

Quiero, antes de finalizar, referirme brevemente a la apreciación de Migue D. Mena (Vetas numero 41), según la cual la dominicanidad existe como oposición a lo haitiano. Según él, “en el fondo lo dominicano se constituye como algo en contra de lo haitiano. Por eso, quien forma para mí lo dominicano es Trujillo en los años treinta…” Creo que ese joven intelectual (lo fue desde que era adolescente, cuando lo conocí), que de seguro ha leído cien veces más que yo, se olvidó de que la cultura de un pueblo y por consiguiente la identidad que ese pueblo va a tener, no descansa en el Estado y menos en el gobierno. No es el Estado el que hace al pueblo. Independientemente de que la República Dominicana surgiera como Nación en 1844, ya el pueblo dominicano existía y reclamaba para sí un espacio y un derecho que otros pueblos querían limitar. Quinientos años de historia han enseñado esta verdad: el pueblo dominicano, se ha formado como fruto de un sincretismo multicultural, en el que entran los indígenas, españoles, africanos, portugueses, canarios, franceses, haitianos, puertorriqueños, cubanos, cocolos, árabes y norteamericanos; no es igual a ninguno de ellos: es un pueblo especial y orgulloso (no se ofenda nadie por lo que dice el diccionario sobre el orgullo), único y diferente a todos.

El Estado-Nación tampoco nació con Trujillo, lo que no quita que él dictador y los intelectuales que lo seguían lo modificaran y lo llevaran, engañando al pueblo a través de la educación y las campañas racistas, a convertirse en un Estado racista en el que sus lideres justificaban su permanencia en base al miedo haitiano. Esa fue también una de las excusas para que el General Pedro Santana anexionara el país a España en 1861.

En lo que sí estoy de acuerdo es en que el Estado es un instrumento que puede ayudar a la consolidación o a la destrucción de la identidad de los dominicanos. Ahora mismo, desde el Estado se están produciendo acciones que ponen en peligro eso que somos, y que queremos seguir siendo con orgullo, con vanidad y con estimación propia.

Clodomiro, nosotros no estamos solos. Elsa Expósito, Juan José Ayuso, Miguel D. Mena (quien desde Alemania no se olvida de sus plátanos), Juan Luis Guerra y ocho millones de negros-blancos-casi blancos-mulatos y criollos que viven en este pedazo de Isla y un millón que vive en Nueva York, Boston, Madrid, Puerto Rico y en el mundo, reclaman su condición no de franceses, alemanes, ingleses o norteamericanos, sino de dominicanos.
Yo también soy como tú, un cimarrón apalencado y enraizado en mi dominicanidad.

domingo, junio 04, 2006

JUAN BOSCH CREO ESCUELA LITERARIA

JUAN BOSCH FUNDA EL CONCHOPRIMISMO LITERARIO

Por: Alejandro Paulino Ramos


(Publicado originalmente en la revista Vetas, Santo Domingo, Año X, No.65, mayo del 2003).

En nuestro país no hay una sola persona que reaccione por impulsos mentales. Todo lo hacemos súbitamente, de modo instintivo, guiados por la pura reacción biológica. El coraje, el interés, la generosidad; todo es en nosotros función carnal. Podemos ser héroes o guiñapos, pero no por razones de educación ni de amor propio, sino porque lo ordena la carne, lo manda la carne y la carne se deja caer en fangos de bajeza o se eleva a inaccesibles alturas. Concho Primo fue así y sigue siendo así, con todo y tener la huesa blanca bajo buena tierra, aunque ésta no sea tierra sino sangre de nuevas generaciones afeminadas, hechas al cine y al cigarrillo de olor. Concho Primo fue cada hombre que dejó el quicio de su casa, al brazo el machete, a la cintura el revólver, bajo las piernas el espinazo del caballo, a quienes no empujaba el deseo de hacerse libres, ni ricos, ni de volver aureolados de glorias para ofrendarlas a una mujer. Los llevaba la carne, la sangre hirviente de un pueblo viril y joven. Ignoraban que estaban regando la tierra para germinar, largos años después, en rojas piedras que marcarían los nuevos rumbos. Los “conchoprimistas” estamos juntos a esas piedras, oteando y esperando. Las amamos porque son nuestras, porque nos las han ido dejando muchos abuelos, que ya habían olvidado su procedencia. Estamos juntos a ellas oteando y esperando. Y no con el propósito de embellecerlas para hacer vibrar “cuerdas sensibles”, sino con el de fijarle fronteras a la patria, en el mundo abstracto pero bello de esta magnifica recién nacida ideología americana”
(Juan Bosch, “Sobre el conchoprimismo literario". Bahoruco, 1934).

Juan Bosch fue un hombre de pensamiento y acción en todo lo que se propuso, marcando auténticamente con sus aportes políticos y literarios a la sociedad dominicana. De sus contribuciones a la política nacional queda poco de qué hablar, mientras que de su pasado literario todavía van surgiendo detalles que terminarán conformando definitivamente el perfil del que fue el más destacado literato dominicano del siglo XX.

En principio, en el campo de la poesía Bosch se declaró admirador del Movimiento Postumista, pero en el cuento y la novela quiso crear su propia escuela, a la que bautizó “El Conchoprimismo Literario”, no sin que aparecieran, en el mundo literario dominicano, los que se burlaron y trataron de ridiculizarlo.

La escuela “conchoprimista”que Bosch intentó establecer en 1934, partía del criterio de que en la República Dominicana y el arte “tenían que hacerse sobre tradiciones criollas”, tomando como materia prima lo que había significado en nuestra historia el personaje de Concho Primo, caracterizado por el coraje, el instinto, la generosidad y el fuego que incendiaba su sangre y la carne: “Concho Primo fue cada hombre que dejó el quicio de su casa, al brazo el machete, a la cintura el revólver, bajo las piernas el espinazo del caballo, a quienes no empujaba el deseo de hacerse libres, ni ricos, ni de volver aureolados de glorias para ofrendarlas a una mujer”. Su novela La Mañosa fue la conclusión de aquel esfuerzo.

Aunque Juan Bosch ya había publicado numerosos cuentos, cuando comenzó a promover su “escuela” era todavía un desconocido en el mundo literario dominicano y hasta lo creían inexistente pues había gente que creía que nombre era el seudónimo de algún intelectual interesado en que no se conociera su verdadera identidad. El Conchoprimismo estaba influenciado por el Criollismo, de moda entonces en Latinoamérica. Bosch define su escuela con las siguientes palalabras: “Aquí en Santo Domingo, quizás si a consecuencia de pobreza en la flora y fauna y también ausencia de una raza nuestra, nos hemos dedicado a los acontecimientos y con ellos a los hombres. Pero éstos, manejados como cosa: instintivos, impulsivos, bastos. Nada de pensamiento destilado. Y como no tenemos otra historia que la de la sangre, hemos tomado la bandera que yacía en el suelo, pudriéndose, desde la llegada de los yanquis. La hemos tremolado, así desgarrada, enfangada y hedionda. Ahí ha nacido el “Conchoprimismo literario”, que lo será artístico antes de poco tiempo en todo el frente de las artes”.

Juan Bosch fue desde el principio cuentista y se dio a conocer a partir de 1931 en la revista Bahoruco, dirigida por el venezolano Horacio Blanco Bombona: “Un buen cuentista dominicano”, titulaba Blanco Bombona, y decía “Hemos publicado en los últimos números de Bahoruco cuentos del escritor dominicano Juan E. Bosch. No nos gusta prodigar elogios a diestra y siniestra, porque creemos que ese sistema ha malogrado a más de un joven escritor que con esfuerzo y estudio pudo hacer algo que valiera la pena. Pero no queremos dejar pasar inadvertida la capacidad de nuestro colaborador Bosch para el cuento. En breves páginas capta un suceso, un ambiente y con una sobriedad, digna de encomio, escribe su relato. Nos parece que a la República Dominicana le ha aparecido un buen cuentista. Bosch es vegano de nacimiento y acaba de retornar al país de un viaje de dos años por la península y por algunos países de Hispanoamérica de los que rodean el mar Caribe”.

En los cuentos aparecidos en Bahoruco ya se iba definiendo el costumbrismo campesino dominicano en que desembocaría el “Conchoprimismo”. En Carteles, revista cubana que se leía en Santo Domingo, apareció en marzo de 1932 el siguiente comentario sobre uno de sus escritos: “La Mujer, un cuento de Juan Bosch, el primer cuentista dominicano del momento. Domina el género y tiene la rara virtud de narrar con una sencillez que da relieve al tema. La Mujer es una tragedia rural dominicana”.

Refiriéndose a ese comentario de la revista Carteles, se dijo en Bahoruco: “Hace un año comenzó Bosch a publicar sus cuentos en este semanario. Desde el primer cuento advertimos que se trataba de un vigoroso talento de narrador, que pinta las costumbres campesinas en una sobria y precisa prosa. En una palabra, que había alcanzado maestría en el difícil arte del cuento a una edad muy temprana, pues Bosch en la actualidad sólo cuenta veinte y tres años. Nosotros repetimos varias veces que no conocemos sino dos grandes cuentistas dominicanos, entendiendo por tales a los que tratan temas criollos. Uno era José Ramón López en sus buenos tiempos. El otro es Bosch”.

A principio de 1933 Bosch leyó cuentos junto a Fabio Fiallo y Tomás Hernández Franco en los salones del Club Nosotras. En la crónica noticiosa aparecida sobre esta actividad, se lee lo siguiente: “Fue anunciada la lectura de cuentos de tres de nuestros cuentistas, Juan Bosch, Hernández Franco y Fabio Fiallo. Bosch, el menor y el primero, es cuentista de procedimientos modernísimos. Nada de autobiografía, ni de propia psicología. Es la vena de agua pura y cristalina que lleva, sin saberlo, el alma de nuestra montaña.

En el año citado, publicó Juan Bosch su primer libro de cuetos, Camino Real, terminando de situarse como el mejor narrador dominicano y rompiendo con la creencia generalizada de que él “era un seudónimo y era, sin embargo, nuestro mejor cuentista. Aun después de haber publicado muchos cuentos en las columnas de este semanario, se nos decía como dudando de su existencia: ¿Y ese Bosch, a quien nunca hemos visto, donde vive? Y respondíamos invariablemente: Escribe, luego existe y mora en la Avenida Capotillo”

Desde antes de 1934 Bosch se batía en una descarnada polémica pública con Héctor Incháustegui Cabral y otros de sus compañeros, quienes criticaban sus poemas y narraciones costumbristas. Refiriéndose a Bosch y a su “escuela”, Incháustegui cuenta en el “Pozo muerto” (1960), detalles de ese debate: “Como creía en los nacional le hicimos la guerra a cuantos pretendieron injertar en la literatura dominicana el Romanticismo Gitano de García Lorca. Pero no era contra el poeta, fue contra el programa, vamos a llamarlo así, de los que consideraban que era necesario, para la tradición y para la historia, que se cantara en romance la vida, las hazañas, de los grandes de las guerras civiles. Una persona, que no era poeta, lanzó la idea, trazó el ideario diríamos mejor, desde las páginas de Bahoruco (…). Entonces escribía unos Marginales. Una sección un poco en broma (…). No recuerdo todo lo que dije, pero le debió parecer muy fuerte. Hablaba, eso sí lo recuerdo, de un “polizón sentimental”que nos acababa de llegar de España, de un contrabando literario que estaban tratando de introducir en el país. Se molestó muchísimo y me salió al encuentro la semana siguiente. (…). Aquello era la indignación patriótica en letras de molde. (…). Blanco Bombona me llamó. Debía tener cuidado porque ése era un muchacho violento. Lo mejor era dejar las cosas en donde estaban y no replicar para evitar desagrados más profundos. Yo sonreí. Él era amigo mío y la disputa se limitaba al puro campo literario.”

Bosch llegó en aquellos meses a anunciar, cuando publicó “El cobarde”, que se retiraría del cuento costumbrista dominicano, lo que llevó a Blanco Bombona a decir: “Ni debe, ni puede. No puede porque el alma de su pueblo le bulle en el sensorio de manera tal, que él no tendría fuerza para evadir el imperioso reclamo a la hora de la creación literaria. No debe: porque seria restarle a su patria un aporte que la significa y la cataloga dentro de un género literario. Esperamos, pues, que esta resolución de Bosch, sea transitoria”. Bosch, además de escribir cuentos escribía y publicaba en Alma Dominicana poemas costumbristas, un poco influenciado por el Romancero español. En Alma Dominicana Juan José Llovet y Juan Bosch eran los redactores, mientras que Emilio A. Morel era el director.

La admiración de Bosch por los escritores que se ubicaban en el “Conchoprimismo”lo llevó en agosto de 1935, a promoverlos, como hizo con José Rijo, por tener éste el “corazón machacado en el pilón del campo y rezumante de todas nuestras virtudes, me parece haber encontrado un verdadero cuentista. (…). Dos cosas admiro en José Rijo, su personalidad, ya que no se parece a ningún escritor dominicano, y el amor con que carga ‘su provincia al pecho’. Eso lo salvará. Por órgano suyo ruego a los jóvenes maestros del cuento nacional (maestros, no por lo que hayan hecho, sino por lo que critican y por la arrogancia y aparente erudición que manejan), no ver en este primer cuento los defectos”.

El aporte de Bosch fue universalizar lo dominicano en la literatura. Lo que dijo sobre Rijo, fue lo que al final lo inmortalizó a él en la política y la literatura universal: el amor con que siempre cargó la patria en su pecho; mientras que muchos de sus críticos son hoy pasto que devora la historia.

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jueves, abril 13, 2006

VIRIATO FIALLO CONTRA DICTADURA TRUJILLO

VIRIATO FIALLO CONTRA LA DICTADURA DE TRUJILLO

Por Alejandro Paulino Ramos
(Publicado en Vetas núm. 76, Santo Domingo, Abril 2006)
(En la presente colaboración para la revista Vetas encontrará el lector una brevísima reseña sobre la participación de los intelectuales dominicanos en la vida política nacional durante los primeros años de la tiranía de Rafael Trujillo; una cronología biográfica de Viriato Fiallo, y una valiente carta que un grupo de damas dirigió públicamente al entonces joven dirigente antitrujillista).
Con el inicio del gobierno despótico de Rafael Leonidas Trujillo Molina los grupos culturales del país creados y dirigidos por intelectuales, entraron en un período de crisis que llevó a su desaparición y sus líderes a las cárceles, a la inactividad o a la integración al proyecto trujillista.Desde que se inició la dictadura surgieron nuevas organizaciones culturales disidentes, como fue el caso de la "Juventud Minorista", creada el 14 de marzo de 1930 con fines científicos, literarios y políticos, integrada por José Antinoe Fiallo, Max Lovatón, Mario Rafael Lluberes y otros jóvenes de la ciudad de Santo Domingo, mientras que las mujeres se agruparon, a partir del 16 de mayo de 1931 en la Acción Femenina Dominicana.Antes había aparecido en Santiago de los Caballeros la Asociación de Instrucción y Socorro para Obreros y Campesinos, AISOC, fundada el 8 de junio de 1931, que llegó a contar con más de 600 miembros y en ella, según su presidente, empezó a fundirse con la inquietud ideológica, el espíritu de resistencia contra la incipiente tiranía. En ese año también se constituyó Acción Cultural, en Santo Domingo, presidida por Manuel A. Peña Batlle. Esta apuntaba a ser la respuesta organizada de los intelectuales renovadores y revolucionarios a la naciente dictadura.La primera crisis significativa de Acción Cultural se manifestó el 2 de septiembre de 1931, cuando un grupo de intelectuales presentó su renuncia a la postulación de la Junta Superior Directiva de la sociedad. El sector trujillista se preparaba para asaltar y tomar la directiva, lo que llevó a Gilberto Sánchez Lutrino, Viriato A. Fiallo, L. A. Machado González y Carlos Larrazábal Blanco a tomar la decisión de renunciar de la sociedad: "Esta determinación nuestra la ha provocado la circunstancia de que se le haya dado al proceso eleccionario un carácter que nunca estuvo en nuestra intención mantener".Días después de la constitución de Acción Cultural comenzó a operar, a principio de agosto de 1931, El Ateneo Dominicano. La reunión en que fue fundada se celebró en el Salón de Actos de la Universidad de Santo Domingo y contó con la presencia del presidente Rafael Trujillo.A finales de 1933 ya Acción Cultural se encontraba paralizada por la crisis que la afectaba y por las presiones que sobre el movimiento cultural realizaban las autoridades del gobierno. En una información titulada "El Paradójico Hernández Franco", está plasmada la situación anotada: "No sabemos qué le pasa a ‘Acción Cultural’. Aquellos éxitos iniciales han ido desapareciendo implacablemente. Muy de cuando en cuando da señales de vida con un acto de cultura; pero el público se muestra remiso y no acude a sus salones".El estado de miedo que abarcó las actividades culturales de la época quedó reseñado en una carta pública enviada al diario La Opinión, el 8 de septiembre de 1931, por Rafael A. Peña, quien protestó porque el periódico había inforamdo días antes que él había leído, en el acto constitutivo de Acción Cultural, un "escrito revolucionario". Aunque el señor Peña aceptó que seguía siendo un revolucionario, aclaró al periódico que su nota podía crearle "inconvenientes" con las autoridades.En cuanto a la ciudad de Santiago, esta fue un hervidero de actividades cívicas, culturales y revolucionarias en los primeros años de la dictadura. Se constituyeron organizaciones y las ya existentes fueron tomadas para fines que sutilmente apuntaban contra el gobierno. En 1932, como parte de esas actividades, se creó la primera Universidad Popular y Libre del Cibao, como iniciativa de Juan Isidro Jimenes-Grullón y utilizando para esos fines los salones de la Sociedad Amantes de la Luz, de la cual él era presidenteEn febrero de 1933, la sociedad Amantes de la Luz de Santiago cerró sus puertas por falta de recursos, debido a que el Estado dejó de entregarle la subvención que se le tenía asignada. La dictadura de Trujillo se fue imponiendo a través del chantaje, la manipulación, la represión y el miedo, y las sociedades fueron desapareciendo mientras algunos de sus líderes iban a la cárcel, morían en los centros de torturas, o se iban asimilando al gobierno.El venezolano Horacio Blanco Fombona, quien tuvo la gallardía de tocar temas que ya muchos informadores temían abordar, y por lo que en varias ocasiones fue presionado por las autoridades, informó en 1934 el cierre del ciclo. La dictadura había vencido: "Hace dos o tres años que se notaba en el país una gran actividad cultural. Frecuentemente en centros sociales como el Club ‘Nosotras’, ‘Acción Cultural’, ‘El Ateneo’, se dictaban conferencias, muchas veces interesantes, a las cuales concurría un numeroso público ávido de conocimientos. Llegamos a alentar grandes esperanzas ante tal panorama. Pero no sabemos lo que nos ha sucedido"La intelectualidad, que soñó por mucho tiempo con un Estado moderno y una sociedad alejada del caudillismo, se encontró de pronto atrapada en las garras de la más cruel e inhumana dictadura conocida en la República Dominicana, y Viriato A. Fiallo no fue la excepción.En 1929 este profesor firmó, junto a varios maestros de la Escuela Normal Superior, una carta oponiéndose a la destitución del director de esa institución Osvaldo García de la Concha. La cancelación del director, así como la pública protesta y renuncia de los profesores (véase Vetas No.73, de 2005), estaba relacionada con la circulación de un manifiesto a favor de la Autonomía Universitaria y Escolar.Iniciada la dictadura de Trujillo el profesor Fiallo mantuvo su actitud a favor de la reforma y autonomía en la educación, así como del mejoramiento ético y moral de la escuela dominicana. Con ese fin dictaba conferencias y dirigía la sección de Filosofía y Ciencias Pedagógicas en Acción Cultural.Sus planteamientos tenían resonancia en su medio: Acción Cultural acogió en 1932, su planteamiento para establecer en el país una Universidad Popular, donde se enseñara economía política, hacienda publica, estudios de la constitución dominicana, nociones de enseñanza cívica, agricultura y ganadería, psicología, legislación escolar, periodismo e historia de la literatura dominicana.En relación a la Reforma Universitaria, Trujillo envió al congreso, cuatro días después de su toma de posesión como presidente, una carta planteando la modificación de la Ley de Enseñanza Universitaria (el 20 de agosto de 1930), lo que desencadenó protestas estudiantiles de los integrantes de la Asociación de Estudiantes Universitarios (ANEU), y de algunos profesores. La ley fue declarada de urgencia y aprobada como fue enviada por el Poder Ejecutivo.A partir de la promulgación de la ley todos los profesores, rectores, y servidores del sistema educativo dominicano serían nombrados por el presidente de la República, provocando la valiente y solitaria oposición del diputado Rafael F. Bonnelly, quien dijo, al momento de discutirse el proyecto: "Yo he salido graduado de la Universidad de Santo Domingo: tengo la espiración de que se consagre la autonomía universitaria que destruye este proyecto sometido por el ejecutivo. Antes, -dijo él–, el Consejo Nacional de Educación nombraba al rector y los profesores, pero la ley aprobada de urgencia en vez de aumentar la autonomía universitaria la restringe." En la discusión sólo Bonnelly votó en contra y más tarde tendría que renunciar.Mientras esto sucedía, los adeptos al régimen comenzaban a apoderarse de las estructuras de las organizaciones culturales y educativas, persiguiendo y destituyendo a los que criticaban las medidas y que resistían plegarse a los intereses del nuevo gobierno. La presión llevó a la renuncia de varios miembros de la Acción cultural, entre ellos Viriato A. Fiallo y Antinoe Fiallo. Antes de su renuncia, al primero ya se le había destituido de la Escuela Normal.La cancelación llevó a un grupo de discípulas, estudiantes de la Escuela Normal, a firmar y hacer publicar una carta de solidaridad con el maestro destituido. Esta carta tiene singular valor para el movimiento feminista dominicano porque revela cómo esas damas enfrentaban con valentía el régimen tiránico que se iniciaba, al expresar solidaridad a un auténtito dirigente cultural y político que iniciaba una ejemplar vida antitrujillista.Biografía de un gran héroe dominicanoLa imagen que han tenido los dominicanos de Viriato A. Fiallo es la del gran dirigente en oposición al régimen tiránico de Rafael Trujillo, en los primeros años de la década de los sesenta del siglo pasado, cuando no sólo fue el líder indiscutido del enorme alud antitrujillista que significó la Unión Cívica Nacional, sino además el derrumbamiento de ese movimiento patriótico tras la derrota ante el Partido Revolucionario Dominicano, PRD, y el nuevo ícono de la vida política nacional, Juan Bosch.Mucho se dijo entonces que el gran error de Viriato Fiallo fue convertir el movimiento patriótico Unión Cívica Nacional, que derivó en un monstruo de popularidad y prestigio antitrujillista, en un partido político para terciar en las elecciones de diciembre de 1962, las que perdió de manera humillante ante Juan Bosch. Viriato no volvió a levantarse políticamente.Pero la historia previa de Viriato Fiallo es la de un verdadero héroe nacional, arrojado, valiente, víctima del régimen sanguinario de Trujillo.
Como un aporte a su memoria a continuación consigno una brevísima cronología de su vida:Viriato Alberto Fiallo nació el 28 de octubre de 1895.Graduado de Institutor Normal, 1914. Graduado de Bachiller en Ciencias y Letras,1915. Graduado de Maestro Normal, 1915. Designado Profesor de la Escuela Normal Superior de Santo Domingo, 1915.Desde la Asociación de Maestros Normales y Asociación de Estudiantes Universitarios tomó parte en las luchas contra la Intervención Norteamericana, 1916-1924.Elegido Presidente de la Asociación de Estudiantes Universitarios, 1920.Obtuvo el titulo de Médico Cirujano en la Universidad de Santo Domingo, 1922.Presidente de la Asociación de Maestros de Santo Domingo, 1927.Dirigente del Comité directivo del Movimiento Pro-Autonomía Escolar y Universitaria, 1929. Fundador y profesor de filosofía de la Facultuad Libre de Filosofía de la Universidad de Santo Domingo, 1932.Elegido presidente de la sección de filosofía de Acción Cultural, 1932.Dirige el Plan de Acción Cultural para la creación de la Primera Universidad Popular de las Antillas, 1932. Miembro fundador de Acción Cívica Dominicana, 1932. Destituido como profesor de la Escuela Normal Superior de Santo Domingo, 1932. Elegido como presidente de la Academia Dominicana de Filosofía, 1934.Ejerce la Medicina y dicta conferencias médicas y filosóficas, 1934-1946. Visita la isla de Cuba y entra en contacto con el exilio antitrujillista, 1946.Encarcelado en la Fortaleza Ozama, 1946. Junto a toda su familia se asila en la Misión diplomática de Colombia, 1947.Encarcelado en la Cárcel Publica de San Cristóbal acusado del delito de oposición al régimen de Trujillo, 1951. Recluido en la cárcel de San Cristóbal por el mismo delito de oposición al régimen, 1952. Al finalizar la tiranía, fundó la sociedad patriotita Unión Cívica Nacional, UCN, 1961.Participa como candidato a la Presidencia de la República en las elecciones de 1962, en una campaña electoral sin precedentes en el país, en que se vuelcan al activismo político las grandes masas populares del país.
Una carta para la historia:
Santo Domingo, R.D.Abril 30 de 1932. Señor Profesor Viriato A. Fiallo:
Muy querido maestro:Fue con júbilo sincero y cordial que en días pasados celebramos la decisión del Consejo Nacional de Educación que desestimaba la petición que hiciera el Director de la Escuela Normal, de la separación de Ud. de su cargo de profesor de dicho establecimiento. Y es con la más profunda pena, con la más grande desilusión, que hemos sabido que Ud. siempre ha sido separado, y que, por tanto, Ud. nos deja.Existe, pues, una realidad material, esto es, la de un alejamiento personal, y su silla de profesor, que siempre ha sabido ennoblecer, será ocupada por otro, pero hay la realidad moral de que Ud. no se va, de que no nos deja porque Ud. queda muy dentro de nuestros espíritus dándonos el tónico de sus enseñanzas.Y otra cosa no es posible. Su manera de ser maestro, tan serena, tan cordial y tan llena de sabiduría, hace profunda impresión. Usted nos ha enseñado, no sólo la ciencia que está en los libros, sino ha hecho algo más, nos ha enseñado la ciencia del amor a la CIENCIA y no sólo eso nos ha enseñado sino otras muchas cosas que se aprenden cuando Ud. deja caer de sus labios una palabra de perdón para los que tratan de hacerle daño; cuando ensalza las virtudes de la Patria y tiene fe en ella; o cuando nos explica algo de su saber tan sano y juvenil como carente de pedantería y orgullo. Es que Ud. no es simplemente un profesor, Ud. es MAESTRO y orgullosos estamos que lo haya sido de nosotros, como sentimos cierta agradable fruición en pensar que mañana lo será de nuestros hijos. Esta, Señor Fiallo, más que un voto de adhesión es una prueba espontánea de admiración y cariño, pues su conducta como profesor y educador, y como hombre público y privado es completamente diáfana. Esta carta se la dirigimos, querido y respetado maestro, en momento que nos parece oportuno, expresándole un sentimiento sincero, que estamos seguros, es el mismo sentimiento libre de nuestros compañeros. Con la más cordial simpatía y el más sincero respeto, lo saludan sus discípulas: Florida Villaverde, Margarita Najri, Radha Isis Fiallo, Celia Acevedo, Oliva Pina, Carmen Delia Segura, Lila Moreno, Zoraida León, Amada Soto, Olga Gautier.
.(La Cuna de América, 8 de mayo de 1932).