domingo, mayo 27, 2012

Pedro Conde Sturla y la Historia de la Literatura Dominicana: "EL POSTUMISMO"


   El postumismo es hijo de la fe, de la razón y el deslumbramiento. Hijo es de circunstancias excepcionales -circunstancias de luto- y es por excelencia excepcional… Excepcional y luctuoso.           

En circunstancias de luto, durante la primera intervención armada norteamericana, tuvo lugar su nacimiento, y en circunstancias de luto, durante la tiranía de Trujillo, ejerció su dramática influencia.        

El mérito y la paternidad del movimiento corresponden a Rafael Augusto Zorrilla, Domingo Moreno Jimenes y Andrés Avelino, un trío de concienzudos agitadores.

En medio del derrumbe de la patria, ellos volvieron los ojos hacia el paisaje y el ser nativos, asumieron, de hecho, una actitud que nada o poco tenía de inocente, fortuita o contemplativa.

En el trámite desempolvaron y reformularon ideales que eran comunes o extensivos al resto del continente. Bastó una simple mirada retrospectiva -mirada de reafirmación y desagravio- para incorporar a la poesía criolla el mosaico de razas y sinsabores del terruño.

El postumismo representa nuestro segundo descubrimiento, o más bien el primero: el descubrimiento de la realidad nacional. Ningún otro movimiento tiene raíces tan hondas en la historia, la sociedad y la cultura dominicanas. 

Domingo Moreno Jimenes aportó la mayor cuota de fe, no cabe duda, su irreductible fe mesiánica en la “religión universal del arte”, la “religión de la poesía”, como solía decir. Nadie como él perseveró en la gracia de la palabra humilde, en el culto y la gracia de la poesía desnuda. Nadie como él se aproximó a esa religión, a la santidad de la poesía, que era su gran ideal. Por eso fue Domingo, el Domingo dos veces de la isla. No lunes, no martes, ni siquiera sábado. Domingo Moreno Jimenes.  

Moreno Jimenes aportó elementos teóricos aislados, ocasionales, sin verdadero cuerpo doctrinario, pero contribuyó con Rafael Augusto Zorrilla a darle forma y cohesión al nuevo modo del decir poético.  

Andrés Avelino fue quien realmente sentó la zapata, la base ideológica del postumismo, Avelino introdujo, en efecto, una visión de conjunto del fenómeno -la única-, recogió los fragmentos dispersos de teoría, organizó las intuiciones críticas y aterrizó, finalmente, en la preceptiva redonda, contradictoria e irreverente del llamado manifiesto postumista. Él fue quien armó el muñeco. Él fue el sumo titular de la razón teórica, así como Domingo Moreno Jimenes fue el sumo titular de la razón poética.

En cambio el deslumbramiento, la locura del deslumbramiento, fue común a los tres y contagió, desde luego, a muchos otros.

En la práctica, la personalidad de Zorrilla, su generosidad y desprendimiento -así como su propia concepción del proyecto-, constituyeron el factor aglutinante. A la casa de Zorrilla en la proclamada Colina Sacra (alturas de Villa Francisca) fue a parar Avelino en calidad de huésped y allí se familiarizó con Moreno Jimenes, quien frecuentaba el lugar asiduamente (a veces como visitante y a veces como refugiado).      

Zorrilla conservó de esa época una memoria diáfana, de la cual dejó, por suerte, un registro pormenorizado en un conocido artículo: “Origen del Postumismo”:          

“Por el año 1918, la revista ‘Letras’ nos mostró una labor poética completamente extraña a nuestra tradición literaria: esta labor, obra de un poeta que bien podemos llamar de estética personal, produjo entre los literatos de más fuste, un ensordecedor escarceo; era natural que una lírica como esta, desprovista de toda traba métrica y desnuda de todo retórico amaneramiento, no encontrara acogida favorable en el primer momento, dado a nuestro especial escepticismo por todo lo que trastorna el pausado discurrir de las cosas. 

Sin embargo, en el ánimo del director de la aludida revista, escritor Horacio Blanco Fombona y en el del esteta Vigil-Díaz se despertó un entusiasmo a todas luces beneficioso para el autor. Estos no paraban mientes en todo momento y siempre que la ocasión lo permitía, en alabar públicamente el nuevo esquema espiritual.  

Moreno Jimenes, quien es el escritor del que he venido haciendo referencia, está dotado de un carácter refractario a las necesidades de la moderna sociedad. Siempre ha vivido dentro de un reducido número de amigos. En aquellos días, para restarse molestias, viose precisado a refugiarse en los más íntimos. En ese escaso número me encontraba yo.

Nuestras ansias de libertad artística y nuestros ideales estéticos, llegaron a hacerse tan idénticos, que nuestra amistad llegó a los más dilatados dominios de la excelsitud. En los primeros meses del año 1920 llegó a esta ciudad el escritor Andrés Avelino, quien a postrimerías de ese año dio comienzo a hacer pública su labor poética desde las columnas de ‘La Cuna de América’.         

Esta labor, algo orientada en el campo de la evangelización nueva, tenía alguna afinidad con la de Moreno Jimenes, lo cual como consecuencia natural hizo que en muy breve tiempo, el poeta Andrés Avelino fuese nuestro más cordial camarada y compartiese con nosotros nuestras íntimas veladas, a veces bajo la arboleda empapada de aliento lunar”.           

Al calor de las tertulias surgió, pues, en la clandestinidad, o por lo menos en la intimidad, la idea de un movimiento poético que se perfilaba disidente, alternativo, un movimiento que enfrentaría el pasado y daría la cara al presente con ambiciones de futuro.     

Postumismo, el nombre con que fue bautizado por Avelino, revela un acierto, denota la lucidez del entramado postumista. Por razones de intolerancia e incomprensión epocales, el movimiento tendría -como el término indica- una validez póstuma o por lo menos a posteriori. Avelino lo explica, por cierto, con lujo de detalles:     

“La convicción que yo tenía de que ese arte sería de intuición futura, obra de arte póstuma, me impulsó, en una brillante y fría mañana de marzo, a proponer a Moreno Jimenes la bandera de Postumismo para la revolución estética que en la placidez aldeana de Villa Francisca (colina sacra) planeábamos en silencio con Rafael Zorrilla. Nuestro inolvidable Zorrilla, el más racionalista de los tres -era la verbosidad hecha hombre- nos discutió el nombre por espacio de varias horas, pero al fin fue por nosotros convencido”.
(Versión revisada y corregida de la original publicada en 1996).  Pedro Conde Sturla es escritor  pericopepe@live.com, http://www.scribd.com/Pedro%20Conde%20Sturla

II.
 
Domino Moreno Jimenes reseñó y celebró el surgimiento del postumismo con palabras teñidas de  gratitud y emoción: “El 21 de marzo de 1921 es proclamado  el postumismo en ‘La Cuna de América’. La legendaria revista dominicana dedica al movimiento en formación una edición completa”.   

Ese mismo año, Andrés Avelino publica el poemario Fantaseos, con enjundioso “Prelimar” del propio Moreno Jimenes  (un artículo  de orfebrería). En las paginas finales (51-56) aparece sin título, y con la firma de Avelino al calce, el llamado manifiesto postumista, donde no figura, por cierto, la palabra "postumista" o "postumismo” Avelino volverá sobre el tema en otros textos de su interesante bibliografía, como “El postumismo y la música” (1922), (Panfleto postumista” (1922), “Pequeña antología postumista” (1922), “Raíz enésima del postumismo” (1924], “Metafísica categorial” (1940) y  “Hacia una estética metafísica”. (1940).

El Postumismo y la música, que según Baeza Flores “viene  a ser otro manifiesto postumista“, forma parte de un folleto titulado “Del movimiento postumista” (1922]: especie de edición conmemorativa del primer aniversario del movimiento: la primera
y la única. El folleto recoge, además, un importante trabajo de Rafael Augusto Zorrilla: “Apuntes postumistas”, así como poemas, comentarios y cartas de fundadores, simpatizantes e incluso disidentes del postumismo. Lo básico del pensamiento original de esta doctrina se encuentra en estas fuentes tantas veces citadas, incomprendidas a veces, y muchas veces tergiversadas, malversadas. No hay que olvidar, desde luego, las numerosas entregas de “El día estético”, órgano oficial del postumismo, y los innumerables ensayos, opiniones y entrevistas que en torno al movimiento andan aún dispersos por todo el ámbito de la prensa nacional. Difícil, por demás, pero necesario, es rastrear a fondo el hilo de este filón del pensamiento –y de la polémica del postumismo- para fines de su congregación en “cuerpo único”.      

Cuando publicó su manifiesto, Andrés Avelino tenía 21 años, la edad del siglo con el que había nacido. Era, sin duda, un idealista, uno de esos que intentaba tomar el infinito por asalto. Idealista desde siempre. Luego filósofo, matemático, y, aún peor, poeta. En un ensayo de antología, Pedro Delgado Malagón lo califica de “Quijote provinciano, como había de ser, porque no existe el Quijote de la metrópoli”. Habla de “su terco arrebato de poeta”, y se arrebata él mismo cuando dice: “…ese muchacho de ave y de lino que cinceló hasta la delgadez urgente de su nombre…” (“Apoteosis de Andrés Avelino”, Listín Diario, 24 de abril de 1994, sección cultural, pp. 1 y 3).    

El sabio Delgado Malagón hace notar la desmesura de la empresa postumista en relación a la época y en un país intervenido por tropas yanquis. A su juicio, el manifiesto representa una revolución que va más allá de la propuesta ética y estética, rebasa el ámbito artístico y termina siendo, “más que poesía, ideológía”. Dicho con sus propias palabras:         

“El ‘Manifiesto Postumista de Andrés Avelino, lanzado ‘hacia el horizonte de los siglos’, por un joven de 21 años, desde el claustro plomizo de una agraviada nación caribeña, aherrojada y mustia, constituye, ni más ni menos, una revolución. ¿Insurrección bisoña, aldeana, ingenua?: probablemente sí. Sublevación tan sólo contra el ritmo, el tema, el color o los estilos de hacer poesía?: decididamente no. Puesto que la arenga postumista de 1921 contiene acentos e intenciones que rebasan los confines equitativos de una poética, las fronteras razonables de una proposición artística, Avelino hace más que poesía, ideología” (art. cit.). 

En prosa impecable, apasionada, exenta de ripios y desperdicios, el ingeniero Delgado Malagón elabora un concepto fino, conciso, que arroja una luz inédita sobre la proclama de Avelino:     

“Ahora está claro, el discurso postumista va más allá de la poesía y los poetas. En ese Manifiesto –tiznado de libertad y de emoción, emblema de un romanticismo que el propio documento niega- en la declaración sediciosa e impúdica redactada por Avelino se formula, con toda claridad, el esbozo de un evangelio nacionalista, iconoclasta, terrenal, doméstico, mestizo, americanista. Como decir una templada adoración de lo espontáneo, de lo simple, del frustrado heroísmo de lo humilde; lejos, eso sí, con toda intención, del asunto o la materia que deslumbra y estremece” (art. Cit.). (Versión revisada y corregida de la original publicada en 1996). Pedro Conde Sturla es escritor
pericopepe@live.com,   http://www.scribd.com/Pedro%20Conde%20Sturla

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