viernes, noviembre 07, 2008

JUAN BOSCH: CUENTO "EL SACRIFICIO






Otro cuento de Juan Bosch no incluido en sus libros
ni antologado todavía

Por: Alejandro Paulino Ramos

(Publicado en la revista Vetas, Santo Domingo, número 86, agosto del 2008)

(La imagen reproducida a la derecha, apareció en el periódico El Caribe, del 20 de diciembre de 1962. Ese día, Juan Bosch fue electo presidente de la República Dominicana, dando inició al gobierno más democrático conocido por los dominicanos en el siglo xx. El 25 de septiembre de 1963, fue derrocado, para desgracia de la nación, por una coalición de fuerzas: los militares, la iglesia católica, la oligarquía y embajadas extranjeras. Sea la publicación del cuento "El Sacrificio" un sencillo aporte de este blog, a la memoria del maestro, a cien años de su nacimiento).

Juan Emilio Bosch nació en La Vega en 1909. Desde joven escribió y colaboró en periódicos y revistas, entre ellos El Mundo y el Listín Diario, donde apareció por primera vez «El prófugo», reproducido en nuestra edición anterior, el número 85 de Vetas. Viajó a Europa en 1929, y en su estadía en el extranjero, especialmente en Barcelona donde vivió, acrecentó su afición literaria y antes de regresar al país sus cuentos fueron publicados en revistas cubanas, puertorriqueñas y costarricenses. Regresó al país en 1931 y de inmediato reinició la publicación de sus escritos en el Listín Diario y la revista Bahoruco. A partir de ese año fue cuando los lectores dominicanos comenzaron a tomarlo en cuenta, llegando algunos a creer que el nombre de Juan E. Bosch era seudónimo de otro escritor dominicano. «El Sacrifico», que inserto en «Pasado por Agua», no aparece en las antologías que sobre el insigne escritor han circulado. Fue escrito por Bosch mientras se encontraba en Barcelona, España, y publicado en el Listín Diario del 21 de junio de 1931. Se trata, sin duda alguna, de un un texto de un valor literario muy elevado, fuera de lo común, y realmente nos extraña que Bosch no lo haya publicado en uno de sus libros de cuentos.

NOTA DEL EDITOR DE LA REVISTA VETAS

La revista Vetas tiene ya en su colección una numerosa producción de Juan Bosch que había sido desconocida o muy poco conocida en las tres últimas décadas del siglo XX y en la primera del XXI. El encanto que emanó siempre de la figura de Bosch, de su discurso político, de su presencia en fin en el escenario nacional, en el contenido de su labor literaria crece como una ola gigantesca que nos subyuga a todos, incluso a los que puedan haber sido sus adversarios. Esta reserva valiosa de la obra literaria de los tiempos de sus inicios, las décadas de los años veinte y treinta del siglo pasado, ha sido rescatada para Vetas por Alejandro Paulino Ramos, colaborador valiosísimo de esta revista; como también hemos recibido de otros amigos textos extraordinarios de Bosch que hemos insertado en ediciones anteriores. La riqueza enorme de la colección de Vetas, inconmensurable, tiene su certidumbre en estos contenidos. Indudablemente investigadores históricos y literarios del presente y del futuro están llamados a realizar esta labor. Lo que advertimos es que la revista Vetas, con sus colaboradores permanentes y ocasionales, facilita esa labor cuando no la realiza. Loado sea Juan Bosch.


"El Sacrificio"

Por Juan E. Bosch

Amaneció plomizo el día. Parecía que alguien hubiese pasado por los cielos una gran brocha embadurnada en gris. A ras de mar los encajes amarillentos de la niebla ponían su nota de demacración. Se perseguían las olas, furiosa cada una por alcanzar la otra, con una soberbia que aullaba. En la tierra, un poco adentradas, viejas barcas cansadas ofrecían a los cielos sus vientres hinchados que la carcoma hoyó. Y dormían de lado las embarcaciones jóvenes recibiendo caricias saladas.
Tendidas en la playa, como alas tronchadas de algún ave gigantesca, dos velas se arrugaban con la misma brisa que en días de calma las preñaba… No había luz de sol y era el vacío brumoso como el agua sucia. Hablaban varios hombres, sentados algunos en la borda de un viejo cascarón:
—¡Muy mal día¡ — Y van cuatro así. Allá en el horizonte un cuchillo de sol rasgó las nubes y plateó las aguas.

Y los hombres de mar, esperanzados, clavaron en el girón de cielo recién iluminado sus ojos que las tempestades habían serenado.

El sol volvió a esconderse. El grupo se fue deshaciendo, desparramándose los hombres, y el día seguía plomizo. Cuando quedaron solos, dirigiéndose al hijo, lleno de mansedumbre dijo:

—Apareja muchacho porque necesitamos trabajar— El rapaz le miro hondamente, casi con ternura, y él, comprendiendo, inquirió:

—¿Tienes miedo? —No papá, eso no -contesto- pero... es una imprudencia.

Tenía razón el hijo. Era una locura tirarse al mar un día como éste, pero los demás tenían hambre… El muchacho se alejó con paso tardo.

Le vio inclinarse a recoger la vela y poner luego en la barquita las redes, un remo, unas cuerdas, una vasija y el arpón.

Estaba haroneando, deseoso de que el padre se arrepintiese. Era fuerte, tanto como cualquier hombre hecho; estaba curtido en los trabajos del mar; no temía nunca y las tempestades lo entusiasmaban.

¿Por qué hoy estaba tan miedoso? Se le acerco y como lo viera distraído lo amonestó:
—Anda muchacho, anda. Es muy tarde ya.

Empujaron los dos la barca hasta el agua. El hijo entró primero y él le dio, los pies mojados en las últimas greñas de las olas, el impulso.

A pesar de ser esperado el huracán les asombró. Cayeron de improviso rachas de lluvia que parecían trapos grises tremolados al viento. Las olas comenzaron a agrandarse y rugían como truenos.

La barquita se doblaba y los golpes de agua la hacían crujir. El muchacho, hábil, tumbó la vela y comenzó a vaciar el barquichuelo que recibía pedazos de olas. El temporal arreció. Se alzaba la embarcación como si mil manos hercúleas la levantaran.

El padre estaba pegado del timón, paralizadas por el esfuerzo las manos férreas y acerados los ojos que ni la sal del mar lograba hacer pestañear:

—¡Ánimo, mi hijo, ánimo! La lluvia llenaba el bote. El hijo, pálido de terror y mareado, se dejaba caer en cada golpe de ola, revolcado entre la estrechez de la barquita.

—¡Recoge las redes, muchacho! Él mismo las haló, abandonando el timón. Por la proa asomó una ola gigantesca cuyas espumas daban la impresión de dientes trituradores de algún monstruo ignorado. Enfiló y la recibió de frente.

El barquito se zarandeó y gimió como animal herido.

—¡Achica, que éste pasa; ánimo¡ El rapaz no oía las exhortaciones. Pálido hasta parecer verde, enloquecido por el mareo y el miedo, nada importaba para él una volcadura.

Las voces del viejo marino se perdían entre el estrépito del mar enfurecido. El bote bailada cada vez que alguno se movía. Y el mismo viejo comenzaba a flaquear. Como producto del instinto, su garganta modulaba roncamente:

—¡Ánimo, mi hijo, ánimo! El barquito era muy pequeño. Los dos no podían maniobrar; sus bordas se pegaban al mar como la boca de un animal sediento que busca agua.

De súbito el viejo se paró tambaleando. Se le contrajeron las manos en un gesto de impotencia la boca en una muesca de locura. Quiso apartar, desesperado, con sus dedos fuertes de lobo de mar, la cortina de la lluvia. El hijo también se incorporo.

En medio del estruendo trágico de la tempestad el viejo creyó oír:

—Yo soy un estorbo, papá…. Y luego, como una sombra de fantasma, el hijo saltó.
Medio idiotizado y casi ciego, enloquecido de terror el padre quiso atajarle, en una suprema elasticidad, extendidas las manos implorantes, y apenas pudo ver en la cresta de una ola, azotada por el vendaval como una bandera de tragedia, la chaqueta del suicida.
Barcelona, 1930.

domingo, octubre 26, 2008

EL TRATADO DE BASILEA, 1795



IMPACTO DEMOGRÁFICO DEL TRATADO DE BASILEA DE 1795 EN LA PARTE ESPAÑOLA DE LA ISLA DE SANTO DOMINGO

Por: Alejandro Paulino Ramos

(En la foto: la ciudad de Santo Domingo amurallada y zonas agricolas cercanas, durante el siglo xix. En : Samuel Hazard, Santo Domingo pasado y presente, 1876)

El Tratado de Basilea de 1795, firmado entre España y Francia puso, definitivamente, fin al dominio de la primera sobre el territorio de la isla de Santo Domingo. Ese dominio se había comenzado a perder desde mediado del siglo XVII, con la presencia de nacionales franceses, ingleses, holandeses y de otras potencias enemigas de España.

Ese proceso, en el que fue constituyéndose el Santo Domingo Francés, dividió la Isla en dos colonias con sociedades y economías disímiles, pero poblacionalmente la parte bajo el control de España no se afectó por esta causa, al contrario, durante los siglos XVII y XVIII se efectuó una inmigración clandestina de esclavos fugitivos, que ingresaban al territorio español y permanecían viviendo en él.

Producto de ese movimiento poblacional, aparecieron en la cercanía de la antigua ciudad de Santo Domingo poblaciones constituidas por esos esclavos, como son los casos de pequeños caceríos en la zona de Villa Mella, y el famoso San Lorenzo de los Negros Mina, que hoy conocemos como Los Mina.

Ahora bien, al efectuarse el Tratado de Basilea y la Isla de Santo Domingo pasar totalmente bajo el control de Francia, el impacto demográfico va a ser negativo para el Santo Domingo Español, como quedará demostrado a continuación.

El Tratado de Basilea

La Existencia de una colonia francesa en la isla de Santo desde el sigo XVII, fue un factor demográfico importante, ya que a esa colonia ingresaron en espacio de dos siglos, cientos de miles de esclavos africanos, así como decenas de miles de ciudadanos franceses.

La razón del poblamiento estaba vinculada a la economía de plantación esclavista, implementada por Francia en ese territorio. Esa colonia suplía el 80% de la materia prima exportada desde América hacia Francia, por lo que el territorio de la Isla era de gran importancia para esa potencia.

Mientras esa era la situación demográfica en la parte francesa, en la parte española qué era colonia de España, la población se había reducido y fue necesario el incentivo de la inmigración de población canaria para repoblar muchas de las villas, que durante el siglo XVI fueron de importancia. Esa repoblación con canarios buscaba además detener la expansión de la colonia francesa hacia el territorio español.

Para Francia era importante el territorio español de la isla de Santo Domingo, ya que su interés descansaba en la posesión del territorio dominicano para expandir su producción de materia prima. Moreau de Saint-Mery, un ciudadano francés de Martinica, y que había visitado la parte francesa de Santo Domingo, realizó un estudio de los beneficios económicos, culturales y sociales que obtendría Francia si poseía todo el territorio, y planteaba las razones:

“Ninguna colonia puede tener un verdadero destino sino el de procurar a su metrópoli, en cambio de sus productos naturales o manufacturados, otros productos que esa metrópoli puede utilizar a su vez para cambiar con las otras naciones, es muy cierto que las colonias francesas de las Antillas, que ofrecen artículos absolutamente diferentes de los que Francia produce, deben ser tanto más útiles cuanto su cultivo es más extenso”. (Moreau de Saint Mary, Descripción de la parte española de la Isla de Santo Domingo: Montalvo, 1944. pág.450).

Esa fue la razón de que, al momento de que Francia y España llegaran a un acuerdo de paz para detener una guerra que se había iniciado en el viejo continente en 1793, entre esas dos potencias, los franceses pusieron sus ojos en el territorio dominicano que era propiedad de España. El Tratado de Basilea incluía el retiro de las tropas de Francia del territorio de España, a cambio de que España entregará a Francia el territorio español de la Isla de Santo Domingo.

El 22 de Julio de 1795 fue firmado el referido Tratado provocando una situación de caos en los pobladores del territorio cedido, los que habían luchado por siglos para evitar por las armas que los franceses se apoderaran de Santo Domingo; pero con el Tratado de Basilea esa población dominicana-española sintió temor y recelo de la presencia de los ciudadanos franceses que se esperaba que pronto tomarían el control de su territorio. Muchos fueron los que plantearon su interés de emigrar a otros territorios españoles de América.

El Tratado de Basilea comenzó a ejecutarse parcialmente, pues los franceses se encontraban en guerra contra los antiguos esclavos que habían iniciado en 1791 una revuelta en la parte francesa de la isla. En medio de esos conflictos, Toussaint Louverture invadió a la parte española en 1801 y ejecutó la unidad territorial contenida en el Tratado de Basilea, bajo Francia, lo que acrecentó el deseo de emigrar de los habitantes pudientes de la parte dominicana.

Población de la parte Española, 1795

En el Santo Domingo español existía una población de 152,460 personas en 1785, diez años antes del Tratado de Basilea, por lo que se entiende que en 1795 la población podía ser más o menos la misma cantidad. Además existía una población de unos 30,000 esclavos africanos. (Véase: Jaime de Jesús Domínguez, Historia de Santo Domingo: ABC, 2001, pág.89).

Moreau de Saint-Mery calcula la población de Santo Domingo, para 1785, en unos 125,000 habitantes, aunque el aclara que el número podía ser superior, por las siguientes razones:

“Los Censos se levantan, (... ), por personas a quienes los curas o vicarios confían ese cuidado, quienes van de casa en casa, a verificar quienes son las personas que no cumplen con el deber pascual. Este sistema tiene el primer inconveniente de no comprender los niños menores de siete años o de no señalar los jefes de familia ausentes de sus casas o de la ciudad. Pero la causa principal de las inexactitudes es que la mitad del territorio parroquial de la ciudad está fuera de las murallas” (Moreau de Saint-Mery, op. cit., pág. 154).

La misma suma de 125 mil personas es tomada por José Ramón Abad para el año de 1789 y coincide con el primero, pues según él “No parece que en esa modestísima cifra haya exageración alguna”.

Gustavo Adolfo Mejía Ricart, en su libro Historia de Santo Domingo, da un número menor a la población dominicana que habitaba el Santo Domingo español a finales del siglo XVIII. Para él la población era un poco menos de 117,000 personas, y aclara que tomó en cuenta para llegar a ese número, los patrones parroquiales. También aclara, que de 1775 a 1795 la población aumentó como producto del relativo bienestar que se sintió en esos años, lo que atraía la inmigración de nuevos habitantes:

“La población que tenía entonces la Parte Española de la Isla según patrones parroquiales de aquella época, no sobrepasaba de la cifra de 117,300 almas, incluyendo 14,000 esclavos, repartido sen 18 jurisdicciones”. (Gustavo Adolfo Mejía Ricart, Historia de Santo Domingo. Vol. 6. C.T: Pool Hermanos, 1953, pág. 440).

A partir de estas informaciones demográficas, ya que Moreau de Saint-Mery no tomó en cuenta la población esclava africana, se puede hacer una media de 150,000 personas, incluyendo a todos los habitantes, españoles, libres y esclavos.

El Tratado de Basilea y la perspectiva inmediata de la ocupación francesa del territorio dominicano, provocó un impacto psicológico en la población que se consideraba española, no así necesariamente en los esclavos o en los mulatos. Los españoles-dominicanos rechazaron el acuerdo, se sintieron engañados y se mostraron impotentes, e inclusive llegaron a provocar algunos incidentes callejeros en protesta por lo que ellos entendían era una medida abusiva de los reyes de España que los había “abandonados” a su suerte.

Cómo se sentían estos pobladores antes la firma del Tratado y su vinculación ahora con la colonia francesa y las expectativas que tenían sobre su nueva situación, aparece en una carta que envía el Arzobispado de Santo Domingo Fray Fernando Portillo y Torres a Don Eugenio Llaguno:

“La noticia y publicación de la muy acertada cesión de esta Isla que se publicó (...), se consternó este Pueblo y si el Común de estas gentes fuera de un animo tan vigoroso y resuelto como los de España, me habrían hecho temer una sedición; pero pareciome conveniente para contenerlo permitirle algunas horas de desahogo a su pasión patriótica que por ciega y entusiasmada podría arrolar con exorvitancias los medios que opusiera la más exquisita política, (...), cayó muerta en medio de la calle una Muger exclamando, Isla mía, Patria mía. Tanto más huve de conformarme con tan preciso disimulo, quanto no he notorio el engreimiento que podría temerse en parte de los franceses avecindados...” (Carta del Azbispo Fray Fernando Portillo a Eugenio Llaguno, del 24 de Octubre de 1795. En J. Marino Inchaustegui. Documento para estudio, pág.53 y ss.).


En la misma carta a que me estoy refiriendo aparece la actitud de la población rebelada contra la iglesia por entenderla cómplice del Tratado:

“El Arzobispado también es pellizcado por esto, porque dice, debía haber desde principio instruido a S.M. de la inutilidad de estos hombres para el mando de las armas. (... ). Yo no podiendo discuparme en este sentido, (...), huve de contentarme con lograrlo con suficiente de gente popular, justificando el amor, y zelo con que los había servido, (... ), y (creo) que dentro de pocos días se pondran esta gente en estado de que yo lo predique...” (Op. cit.).

Los españoles-dominicanos, sumidos en la incertidumbre ante la presencia francesa que se avecinaba, teniendo como única salida emigrar fuera del territorio de Santo Domingo, en la que, dice una comunicación del Ayuntamiento, esperaban calamidades de todo tipo:

“pero no pueden acallar los clamores de la naturaleza y de la sangre. Los indisolubles vinculos (...), sumergen presentándoles a su pertubada imaginación ya la pena de una cruel separación o ya los peligros, los trabajos, las necesidades, las mendiguez, las enfermedades y la infinita mortandad que han de padecer sus Padres, sus hijos y Esposas en la navegación y largas peregrinaciones, mutación de clima, perdida de bienes y abandono de los nativos y propios hogares...”

El Ayuntamiento pedía que se les permitiera a todo el que quisiera emigrar a Cuba u otro territorio español y se les ayudara con los gastos: “para aligerar el peso de tantos males les ofrece transporte a costa de erario la isla de Cuba y recompensales en ella los bienes que abandonen en esta para seguir su apetecible dominación” (op. cit.)

Y de inmediato recuerda lo que pasó a los que emigraron de la Florida a Cuba: “la desgraciada suerte que experimentaron allí los emigrados de la Florida, amaneciendo por las calles de la Havana familias enteras muertas de la necesidad, sin hallare en todo aquel inmenso Pueblo, abrigo..” (op. cit.).

La Emigración de los dominicanos-españoles

Los pedidos y la presión a las autoridades españoles, para que se permitiera emigrar a otros territorios, provocó que el regente de la Real Audiencia tomara medida en ese sentido; pero los dominicanos no querían ir a la Isla de Cuba y preferían a Caracas y Puerto Rico:

La “Real Audiencia (...), ha determinado que en la Isla de Cuba se les de un equivalente a las Posesiones de que eran dueños para que se retiren con sus efectos y familias.(...). Estas gentes que en lo general tienen muy poco inclinación a la Isla de Cuba (...) y siempre han sido y son apasionados de la Provincia de Caracas y Puerto Rico..” (Comisionado de Regente de la Real Audiencia al Ayuntamiento de Santo Domingo. J. Marino Inchaustegui, op. cit, pág.60 y ss.).

En comunicación de Fernando Portillo, Arzobispo de la Sede Apostólica, queda claro el plazo concedido para la salida de los “vasallos” españoles:

“Y en cuanto a la translación de los vasallos para la cual se dexa libertad en el citado tratado, (... ). Parte que posee en esa dexando libertad y el espacio de un año para que se retiren de ella las familias Españolas con sus efectos y pertenencias (...) en la Isla de Cuba se les de un equivalente a las posesiones de que eran dueños en Santo Domingo (..). Para este efecto ha destinado los Buques de que se compone la Esquadra mandada por el General Sr. Aristizabal. (J.M. Inchaustegui, op. cit., pág.66 y ss.)


En 1796 ya se había permitido que la salida de los que se consideraban españoles se hiciera hacia Cuba, Puerto Rico y Trinidad.

Existía la queja de los que ya en abril de 1796 habían salido de Santo Domingo, de que los precios de los alimentos en Cuba eran muy altos, y recomendaban que solo fueran los que eran muy ricos, mientras que sugerían se fueran a Puerto Rico, por ser la tierra mejor para ser cultivada. En documento se informa del interés de España de “formar una población en el Puerto de Guantabano” con parte de los emigrados de Santo Domingo. (Carta del Arzobispo de Santo Domingo al Príncipe de la Paz. J.M. Inchaustegui, op. cit, pág.125 y ss.).

Los primeros que emigraron de Santo Domingo fueron los curas y las monjas, los que llevaron a la Habana los archivos y recursos económicos de la Iglesia. De los pobladores que querían emigrar, no todos podían hacerlo por un problema de recursos y los barcos que debían de transportarlos casi no llegaban al puerto de Santo Domingo. De todo modo, aunque lento, el proceso migratorio se iba cumpliendo:

“Se trata de un abandono. El vecino acomodado (y en esta clase se miran todos los que de cualquier modo tienen de que subsistir) ignora los auxilios con que pueda contar con otro Pays; el que tiene larga familia se ve con ella encima, la quietud todavía de la guarnición, (...) fomenta la natural Inacción por falta de una causa inmediata...” (Comunicación del Gobernador García al Príncipe de la Paz, del 19 de Noviembre 1795. En: Emilio Rodríguez Demorizi. Cesión de Santo Domingo a Francia. C.T: Impresora Dominicana, 1958. pág.14 y ss.).

El proceso migratorio era muy penoso, a contar por las continuas informaciones que aparecen en los documentos del período, como es la Comunicación que el Gobernador de Santo Domingo envía conteniendo un memorial hecho por una persona en relación a la emigración:

“Estas son las contingencias por estas partes. La traslación de las familias, no ha podido hacerse sin quebranto y pena de espíritu en una persona de edad, estado, y salud digna de consideración, (...), bastando decirse: ha emigrado: ha dexado su Patria: se ha reducido a la clase de forastero en otro pays,...” (En E. Rodríguez Demorizi, op. cit., p. 204 y ss.).

Un documento importante, por contener cifras sobre el proceso migratorio, es la comunicación del Gobernador García al Príncipe de la Paz de España, del 14 de Julio de 1797. En este documento aparece el dato que las autoridades dieron un nuevo año de plazo para abandonar la Isla, es decir, hasta 1797 y aclara que en principio la emigración fue reducida, además de las causas de esa disminución:

“Una isla de más de cien mil almas, aunque de ellas no salgan más que el tercio, no puede evaquarse en las pocas ocasiones primeras que hubo para la Havana. (...). Pero deben distinguir los transportes de individuos que pasan de unos puertos a otros con solas las arcas de su ropa y alhajas de uso, de los de familias enteras que se mudan con los mobiliarios, numeran las personas, pero no se encargan de que los buques se despacharon con los equipages (...). Demás de esto, aunque a los principios hubiesen sido escasas las emigraciones, es necesario considerar que ningún vecino establecido con comodidad, por desnudo y desprendido de raíces que fuera, en un suceso tan imprevisto como la entrega de la isla, y estar habilitado para marchar con su equipaje a la hora de la vela; (...), y lo que hay que elogiar es que muchísimos vendieron sus casas, raíces y animales de imposible transporte, por menos de la mitad de su valor, por seguir la dominación de España, (...), (pero) después la misma guerra ha puesto un obstáculo invencible a la emigración, (...), pues mientras hubo pace, emigraban las familias a su propia cuenta, para distintos parages del Continente y de la Isla de Puerto Rico, de suerte que raro es el puerto en que no hay familias dominicanas, haviendose extendido hasta el Río de el hacha y Cartagena..” (En Rodríguez Demorizi, Op. cit., pág.217 y ss.).

Sobre la emigración de los esclavos, pues las familias que se iban llevaban ese bien económico sin el cual no podían vivir en ningún lugar y más si iban a recibir propiedades para cultivarlas y vivir de ellas, el documento enviado por el Gobernador García a Mariano Luis de Urquijo, contiene un documento anexo de Toussaint Louverture, donde se dice, sobre ese particular, lo siguiente:

“Pero no habrían podido, sin querer la aniquilación de este País, permitir la saca de los hombres consagrados a los trabajos de la cultura, con todo desde la época en que esta cesión fue decretada entre las dos Potencias no solamente ha salido de este País una infinidad de las familias españolas, sino que lo que es contrario al verdadero espíritu del tratado, ellas han llevado consigo sus esclavos que por la mayor parte eran negros robados en la parte francesa y vendidos en esta o que se han hallado trasplantados por los efectos de la Guerra. (...). La República Francesa no verá sin pena que se le haya quitado bajo vuestra autoridad más de tres mil cultivadores que soy instruido que se han hecho pasar ya a otros países españoles..” (En: Rodríguez Demorizi, op. cit., pág. 624).

Acerca de la emigración de esclavos, como efecto del tratado de Basilea, Fray Cipriano de Utrera, en Noticias Históricas de Santo Domingo, trae informaciones de los lugares a donde iban a parar, luego de sacados del país:

“Los negros auxiliares que evacuaron en 17...con los españoles, de ellos después de recalar en la Habana, unos a Cádiz, (... ), y otros a Guatemala, donde se les dieron tierras de labor. Los enviados a Guatemala fueron 310.” (Fray Cipriano de Utrera, Históricas de Santo Domingo: Editora Taller, 1982, pág.201).

En la misma obra citada existe una relación de los españoles dominicanos emigrados que habían ingresados a Maracaibo eran en 1803:

Cuerpo político y militar 10
Personas particulares 1247
Regimiento de Cantabria 178
Hacienda y Resguardo 118
Sin pasaportes 250
(Fray Cipriano de Utrera, op. cit., p.302)

Impacto Estadístico de la Emigración

Gustavo Adolfo Mejía Ricart, en su libro Historia de Santo Domingo, dice que hubo un gran éxodo de “familias españolas residentes en la colonia de Santo Domingo, principalmente con destino a las islas de Cuba y Puerto Rico, y en el mismo continente a Caracas, Venezuela”. (Gustavo A. Mejía Ricart, op. cit, pág. 543-544).

En carta de Antonio de Vrizar, Regente de la Real Audiencia del El 8 de enero de 1796, se informa que l cantidad de emigrados llegaba en esa fecha a unos 4,000 personas. (En: Gustavo A. Mejía Ricart, op. cit.), por su parte José Ramón Abad, en su obra La Republica Dominicana: reseña general geográfico estadísticas, (1888), enfoca el éxodo provocado por el Tratado de Basilea y los acontecimientos provocados por su firma:

“Las sangrientas revoluciones de la vecina colonia francesa de Haití, la cesión que España hizo a Francia (... ), dieron por resultado la emigración más considerable que registran los anales del país. Fue el abandono del hogar, sin reservas ni previsiones de ninguna especie, lo que por gran número se hizo, en términos que cuando en 1819 se formó un censo de habitantes, estos sólo llegó a sumar 63,000 de todos sexos y edades mientras que por el orden regular de su desarrollo, a partir de 1789, (...), la población habría llegado a ser 300,000”. (José Ramón Abad, op. cit., pág.86).

Si calculamos que en 1795 había unos 150,000 habitantes, y en 1819 unos 63,000 se podría calcular, aunque no existen fuentes fidedignas que permitan este cálculo, que la emigración superó el 35 % que tiene que ver directamente con el Tratado de Basilea, la ocupación de Toussaint, y la ocupación francesa. También en el período se dio una disminución de la población por los muertos provocados por las invasiones haitianas de 1804 y 1805, así como por las luchas contra los franceses a partir de 1808, con la que sep uso fin al Tratado de Basilea y el territorio dominicano se reincorporó nueva vez a España.

BIBLIOGRAFÍA

1. Abad, José Ramón. La República Dominicana: reseña general geográfico-estadística. Santo Domingo: Imprenta García Hermanos, 1888.
2. Cassá, Roberto. Historia social y económica de la República Dominicana. Santo Domingo: Alfa y Omega, 1977. Vol. I.
3. Domínguez, Jaime de Jesús. Historia Dominicana. Santo Domingo: ABC, 2001.
4. Inchaustegui, J. M. Documentos para estudio marco de la época y problemas del Tratado de Basilea. Buenos Aires: Academia Dominicana de la Historia, 1957.
5. Mejía Ricart, Gustavo Adolfo. Historia de Santo Domingo. Santo Domingo: Pol Hermanos, 1953.
6. Rodríguez Demorizi, Emilio. Cesión de Santo Domingo a Francia. C.T: Impresora Dominicana, 1958.
7. Saint-Mery, Moreau de. Descripción de la parte española de la isla de Santo Domingo. C.T: Montalvo, 1944.
8. Utrera, Fray Cipriano de. Noticias históricas de Santo Domingo. Santo Domingo: Taller, 1982.


domingo, agosto 17, 2008

ERCILIA PEPÍN: SÍMBOLO DOMINICANIDAD








ERCILIA PEPÍN: EL SÍMBOLO DE UNA EDUCADORA

Por: Alejandro Paulino Ramos

(Tomado de: Alejandro Paulino Ramos, "Vida y obra de Ercilia Pepín", Santo Domingo, Archivo General de la Nación, 2007). Las fotos que aparecen más arriba: 1) Ercilia Pepín, 2) El sepelio de Ercilia Pepín mientra salían del pueblo de Santiago hacia el Cementerio Municipal, 3) Manifestación de duelo cuando el sepelio se dirigía al campo santo, 4) Libro de Alejandro Paulino Ramos sobre la vida y obra de la insigne educadora.

Ercilia Pepín falleció el 14 de junio de 1939, a la corta edad de 53 años. Su vida, sintetizada en más de medio siglo de dedicación y consagración al culto de la patria, la superación de la mujer y el desarrollo de la escuela, se puede conjurar en una sola palabra ¡Dominicanidad!

Heredera indiscutible del pensamiento nacionalista del Patricio Juan Pablo Duarte; sus principios morales y patrióticos se definieron en la fuente inagotable de la enseñanza de Eugenio María de Hostos y Salvador Cucurullo. Ellos fueron la luz que le iluminó el camino de la construcción de la Patria, su única y gran obra. Porques u vida, desarrollada en los más diversos sectores de la sociedad, estuvo exclusivamente encaminada a la formación, desarrollo y preservación de la República Dominicana. Por esta razón, al hacer las conclusiones de esta obra, se hace tan difícil hablar por separado de la Ercilia educadora, civilista, feminista y patriota.

LA EDUCADORA

En el desempeño de sus funciones como profesora de varias escuelas a principio de siglo xx, le tocó ser directora de la Escuela de Nibaje en 1901, directora de la Escuela María López, en 1904; directora de la Escuela Santa Ercilia en 1906 y luego, en el mismo año, nombrada directora nuevamente de la María López.

En 1920 alcanzó la dirección del Colegio Superior de Señoritas, al que ingresó en 1908 como profesora.

Introdujo el trato de “usted” y “señorita” entre las alumnas y sus profesoras, y entre ellas mismas; introdujo el uniforme escolar y reformó los programas y métodos pedagógicos de entonces. Fue la primera y más importante educadora de Santiago de los Caballeros.

LA CIVILISTA

Desde 1900 hasta el día de su muerte fue una defensora de la libertad, el derecho y de las causas más nobles de su Santiago y la República; inspirada en su herencia nacionalista fue la única mujer de este siglo que enseñó a venerar el Himno Nacional, la Bandera, las fechas patrias, los héroes y los mártires, siempre con el objetivo de que el ejemplo de cada homenaje o exaltación, sirviera para ir construyendo en los dominicanos su conciencia de la Patria.

LA ESTUDIANTE

Aunque ella fue la que primero aplicó en Santiago los métodos educativos hostosianos, sus principales estudios los realizó con don Salvador Cucurullo y Ricardo Ramírez, los cuales introdujeron las ideas de Hostos en Santiago de los Caballeros.

LA FEMINISTA

Ercilia Pepín fue a primera mujer en la región del Cibao y posiblemente en la República, en defender desde su juventud los derechos de la mujer. Sus principios feministas fueron más frutos de su propia reflexión que de la influencia de otras experiencias extranjeras como sucedió con algunas otras. Esos principios estuvieron cimentados en la enseñanzas de Hostos y en comparación con los que presentaba el movimiento, los de ella eran de los más radicales. Sus principales conferencias versaron siempre sobre la igualdad de la mujer y el hombre.

LA PATRIOTA

Hasta su muerte, Ercilia Pepín mantuvo una posición de radical nacionalismo que la llevó no solamente a defender la República Dominicana contra la penetración extranjera, sino que fue capaz de defender la soberanía de América Latina. Su labor nacionalista más intensa la desarrolló durante todo el período de la intervención militar norteamericana (1916-1924).

LA MUJER

Como mujer, como hermana y amiga, nunca ofendió ni insultó a sus semejantes. Amiga leal, sabía perdonar hasta las más rabiosas ofensas. Por eso, y porque su nombre sintetiza el más puro ideal de la dominicanidad y patriotismo, Ercilia es y será la Primera Mujer Dominicana.

LA MUERTE DE UNA GRAN DOMINICANA

La insigne educadora de Santiago se mantuvo por más de 30 años al servicio de la educación y la sociedad de Santiago. Al iniciarse la dictadura de Rafael L. Trujillo, en 1930, comenzó su calvario: cancelada de la dirección del Colegio de Señorita, fue señalada como enemiga del régimen. La Soledad y el hambre impuesta por la tiranía no aminoró su vocación patriótica, pero una grave enfermedad la amenazaba y la llevaba a la muerte.

La enfermedad renal que la aquejaba se agravó a principios de 1939. Contra la dolencia fueron inútiles los recursos facilitados a partir de 1938, cuando el dictador, sabiendo que ya se acercaba el fin, quiso mostrarse ante la población como humanitario. Su cuerpo se fue consumiendo en una impotencia física que, sin embargo, no impidió que su alma y su mente continuaran trabajando por el bien de su comunidad. Meses antes había escrito, tal vez, su último trabajo: “La función patriótica de la Escuela”.

Pero además, y esto permite valorar la firmeza de carácter de Ercilia Pepín, cuando estuvo segura de lo inevitable de su muerte, diseñó ella misma el mausoleo donde reposarían sus restos. La construcción del mismo fue dirigida por Rafael Aguayo, y el presupuesto solicitado por ella, a la Fabrica de Mosaicos de J. A. Tavares, ascendió a los setenta y dos pesos. Cuando sólo faltaban algunos días para su muerte, hizo que sus familiares la condujeran hasta el Cementerio Municipal, para supervisar si el panteón había quedado como ella dispuso. El panteón de Ercilia, construido muy próximo a la entrada del cementerio, no era ni rico, ni pobre, “al pasar por los espesos cristales del mausoleo diseñado por ella misma, la luz del sol se convierte en una cruz resplandeciente e intangible y todo se envuelve en la cristiana claridad de su espíritu”.

A partir del mes de mayo de 1939, la insigne educadora agonizaba entre la vida y la muerte. Días de angustias terribles estremecían los corazones de la familia Pepín y sus más cercanas amistades. Su muerte era inminente, provocando que sus amigos escritores testimoniaran en periódicos y revistas lo que estaban sintiendo.

Un mes después, cuando su voluntad y amor por la vida se derrumbaron bajo el peso inmenso de doce años de sufrimientos y luchas por preservar su salud, dejó de existir en Santiago de los Caballeros, el miércoles 14 de junio a las tres de la tarde, la madre espiritual de Santiago, la Señorita Ercilia Pepín.

La noticia se expandió por las calles, barrios y pueblos de la República, consternando a sus amigos y admiradores. Su traslado al camposanto (véase las fotografías del sepelio), fue testimonio inequívoco del amor que sentía el pueblo por la educadora.

domingo, junio 29, 2008

JUAN BOSCH: CUENTOS DOMINICANOS


JUAN BOSCH EN LA REVISTA REPERTORIO AMERICANO

Por: Alejandro Paulino Ramos
Repertorio Americano se proclamaba desde su fundación en 1919, como “semanario de cultura hispánica”. Publicada desde San José, Costa Rica, fue dirigida por casi cuarenta años (hasta 1958), por Joaquín García Monge, un intelectual de sólida concepción democrática, latinoamericanista y revolucionaria.

En 1929 García Monje estableció el papel de Repertorio como medio de difusión continental: “a mi juicio, las revistas sirven para que en ellas la generación pensante o ilustrada de un país o de un continente diga lo que piensa y sienta acerca de las múltiples incitaciones de la vida. Para ello ha de haber libertad, tolerancia y la inevitable acción y reacción de los pareceres que en las revistas se dan cita". (Joaquín García Monge. Repertorio Americano, 19: 119, 1929).

Esa apertura hicieron de la revista el medio por excelencia para que muchos intelectuales latinoamericanos fueran dándose a conocer sin importar sus ideologías, y los dominicanos mantuvieron temprano contacto con la misma: Andrés Avelino publicó en ella, en julio de 1929, su ensayo “Einstein y García de la Concha”, firmado desde “La Colina Sacra” del Postumismo. En el mismo número apareció una carta firmada por Viriato A. Fiallo, Carlos Larrazabal Blanco, Joaquín E. Obregón, J. Colombino Henríquez y Andrés Avelino, todos profesores de la Escuela Normal Superior, protestando porque García de la Concha había sido sustituido como director de esa institución.

El tema en debate, y lo que provocó la destitución de García de la Concha y la renuncia como profesores de la Escuela, de los firmantes, fue la firma del director y de todos los maestros del plantel de un manifiesto reclamando la Autonomía Escolar y Universitaria, tema que estaba en debate en América Latina en esos años.

Otros trabajos de intelectuales dominicanos aparecidos en Repertorio Americano, fueron los poemas de Fabio Fiallo entre ellos “Gólgota Rosa”, y de Martha Maria Lamarche, “La canción de una vida”, en agosto de 1929, mientras que en septiembre de 1930 Pedro Henríquez Ureña publicó “Salomón de la selva”.

En enero de 1932, de Américo Lugo apareció en la revista un escrito titulado “Quince años” y Manuel del Cabral, el poema “El gallero”, mientras que en mayo de 1932, el Profesor Juan Bosch publicó su cuento “Los Vengadores”.

Sobre los escritos de Juan Bosch en Repertorio, se ha dicho que fue Pedro Henríquez Ureña que se lo publicó. A finales del año 2002, Boanerges Núñez dijo en el Lístín Diario, lo siguiente: “Hubo un acontecimiento que fue determinante en su vida de escritor incipiente. Todo sucedió a principios de los años treinta, al encontrarse con Pedro Henríquez Ureña en el Café Paliza de la calle El Conde. Bosch tenía entonces veintitrés años y fue a llevarle dos cuentos para que se los publicara en la revista Repertorio Americano de Costa Rica. Esos cuentos iban firmados sin la E que el joven cuentista utilizaba entre la palabra Juan y la palabra Bosch cuando escribía para la revista Bahoruco”.

No ponemos en dudas la afirmación de Núñez, pero da la impresión de que Bosch tuvo que esperar la llegada de Pedro Henríquez Ureña al país en 1931, para que sirviera de medio de contacto con Repertorio Americano, cuando desde antes ya varios dominicanos estaban relacionados con esa publicación.

Realmente, Bosch inició la publicación de sus cuentos en 1931, después de regresar del extranjero (de acuerdo a su biógrafo Piña Contreras, el Ciclón de San Zenón lo sorprendió en alta mar), pero fue en el año de 1932 cuando comenzó a darse a conocer fuera del país: En abril publicó en Bahoruco “Los vengadores”, en Mayo publicó en La Habana, en la revista Social “Los forzados”, y el 1ro. de mayo en “Carteles” dio a conocer “La Mujer”. El 21 de mayo, en el No. 18, apareció en Repertorio Americano “Los Vengadores”. La revista llegaba y tenía corresponsales en las más importantes capitales de Latinoamérica.
LOS VENGADORES
Cuento Dominicano
“Envío del autor”.

Juan Bosch
Santo Domingo, mayo de 1932.

--Ese viejo es un gran sinvergüenza, y tó el que saque la cara por él, un lambón! ¡Como lo oye!
Los ojos de Casimiro se pegaron a su interlocutor. Tan claros estaban con la luz de mediodía, que parecían cristales y no ojos.
¡Últimamente! ¡Aquí no me mienten más ese degraciao!
Dijo, extendiendo el brazo derecho, como quien señala el camino.
Después, rumiando algo, entró al bohío y se acomodó en una silla cuyo fondo era piel de cabra.
El cachimbo de Casimiro tenía curiosos adornos. Regularmente, un cachimbo de barro no dura arriba de tres meses, pero éste contaba dos años ya. Más de cinco veces habíale puesto nueva raíz. Cuidadosamente, por lo mismo de sentirse tan fuera de sí, lo llenó de legítimo andullo; y para encenderlo púsolo boca abajo, de modo tal, que la llama del fósforo, sin necesidad de esforzarse chupando, cubriera toda la picadura. Luego escupió, pasó un pie sobre el salivazo y cruzó las piernas.
--¡Anda al carááá! –dijo en alta voz, a poco.-- ¡Dique ese viejo ladrón metiéndose con un hombre de mi sangre! ¡Concho!
Y se puso en pie.
Casimiro trabajaba con el viejo Mendo. Desyerbaba, talaba, ordeñaba, llevaba las vacas al abrevadero. El mismo, después de cortar la leña en el fondo de los potreros, casi dos kilómetros distanciados, venia por los burros y tornaba con ellos cargados de trozos. Cuando el viejo Mendo consideraba tener demasiada leña para su consumo, mandaba a Casimiro venderla en el pueblo.
--Hay que aprovecharlo todo, --decía el patrón.
Y Casimiro partía a pie, precedido por una fila de doce burros viejos, flacos, empeñados en mordisquear cada yerbajo que hubiera en las orillas de la carretera. Al sonar una bocina, Casimiro increpaba su recua:
--¡Tu, Prieto! ¡Ajilate, condenao! Y siempre, a la ida o a la vuelta, tenia el alma como de pie en una tembladera. ¡Ay, si por desgracia un auto maltrataba alguno de esos mañosos!
Algunas veces partía de mañana. Era una fiesta, entonces. Gustábale ver las hembras, con sus flores entre el pelo, montando airosamente en cualquier viejo y gastado animal tan orondas como si fueran en el rucio de don Mendo. ¡Pero la vuelta! ¡La vuelta! ¡Toda una maldición de sol, metido en la carretera como el agua en una zanja! ¡Y los burros, por cansados empeñados en no caminar sino a pulgadas!
La vida de Casimiro era eso: un eterno trabajar y un eterno temer. Tenia muy malas pulgas el diache del viejo Mendo! Por cualquier caballaita armaba unos pleitos padres. Insultaba, gritaba, manoteaba. Una buena condición, en cambio, adornaba a don Mendo: cada quince días, llegada la noche, llamaba a Casimiro, le entregaba los tres pesos de la quincena y lo retiraba diciendo: ¡A las tres de la mañana aquí. Hay que ordeñar!.
Jamás pudo Casimiro explicarse tal constancia en recordarle el ordeñe en cuatro años de trabajo, sin faltar un solo día, casi siempre antes de la hora estaba él al pie de la vaca exprimiendo la ubre, de modo que a las cinco saliera el muchacho con la leche hacia el pueblo. Y en todo el día no cesaba un minuto. En arrimándose la prima, a eso de las ocho, pasaba frente a la puerta y se despedía del viejo, lector incansable:
--Jata mañana, Don Mendo. Ponía las trancas del portón, atravesaba la carretera, y sin oír los cuentos de su mujer se echaba en el catre incorporándose al rato para lavarse los pies y desnudarse.
Esta mañana cuando descargaba la leña en la enramada, sin explicarse cómo, rompió una angarilla. Cayó ella la otra y ambas tenían preñez de trozos de pomos. Casimiro se apresuró a terminar para arreglarla: mas el diablo en la persona de Don Mendo se metió en la enramada sin hacer ruido, con aquellas sus malditas pantuflas marrones, con aquel grasiento sombrero negro y con aquellos terribles insultos escondidos ahí mismo detrás de los labios. --¡Oigame! ¡óigame! ¿Se cree usté que estoy trabajando día y noche para que venga usté, por puro gusto, a mermar mi hacienda? –Pero si ha sido sin querer, Don Mendo.
..!A mi no se me contesta, grosero! ¡A mi no se me contesta, negro indecente!
Casimiro sintió que una mano gigantesca lo agarró por la cintura y lo zarandeó rápidamente. Fue como si le hubiese dado vueltas, pero tan violentas, que Casimiro no pudo ver sino un vacío. No estaba allí la enramada, los becerros, Don Mendo: nada estaba. Y entonces le pareció que la misma mano arrancó su cabeza y la lanzó en un pozo cuyo fondo jamás tocaría.
¡Indecente es su madre, degraciao!
Y tendió todos los músculos, maravillado de no haber ahorcado al viejo.
Pero luego vio el sombrero negro, las pantuflas marrones y una camisa blanca, subiendo los escalones de la casa. Por la ventana, a poco, alguien tiró cinco monedas de a medio peso, y la mano de don Mendo, ella sola, como si la hubieran arrancado del cuerpo y clavado en el marco de la ventana, señalaba el portón. Luego sonó una voz:
--Esa es su cuenta. ¡No me pise más aquí!
Casimiro estuvo largo rato de pie, lo mismo que los postes marcadores de kilómetros en la carretera. Al marcharse recogió las monedas, en las que se redondeaba la luz. Ardían…
Ya caminaba, ya se sentaba. Tenía en el pecho un fuego quemándole poco a poco. Debían estar calcinadas las costillas. Ponía el cachimbo sobre la mesita y se apretaba las manos hasta que parecían una sola de diez dedos. Ahora también iba su cabeza cayendo en un pozo. Y se empeño en mirar una por una cada figurita de su cachimbo. Pero, nervioso, mete entre los dientes la raíz, casi doce pulgadas larga, comienza a lanzar bocanadas de negruzco humo, aprieta las quijadas, y, al quebrarse la raíz, cayó el cachimbo. Cien pedacitos de barro calcinado se regaron en el piso. Casimiro, de un salto, empuño el cuchillo de cocina que dormía en la mesa, corrió hasta la puerta, sintió una llamada como del alma y vio por ultima vez los pedazos de su cachimbo, entre los que reía la cara del viejo Mendo, con risa de loco.
No fue hombre, no. Una sombra si; una sombra que cruzó, a medio metro de altura, la carretera. Aquello que corrió no puso pies en tierra. Saltó la talanquera del portón, precisamente cuando el sol hacía caer la proyección de cada uno de los troncos sobre el inmediato inferior. Una mano le brillaba lo mismo que si llevara en ella algún dedo de acero. Y luego, aquella sombra saltando con extraña agilidad los escalones.
Don Mendo leía y sintió agarrotársele la vista.
-¿Pero me vas a matar tu, Casimiro? –¡Sí, yo! ¡Yo! ¿Y quien ha de sei sino yo?
Don Mendo vio un hilo levantarse. Era fino como los de las telarañas. Luego Casimiro escupió:
--¡Toma, maldito! ¡Toma!
Un chorro de sangre, al saltar, le manchó la camisa. Los ojos del patrón comenzaron una huida. Fue como cuando se hiela el agua: perdieron brillo y transparencia. Pero no hubo en el tiempo una medida capas de marcar la saciedad del otro. La mano siguió hasta siempre, inexorable.

domingo, junio 08, 2008

CENSOS MUNICIPALES DE LA REPÚBLICA DOMINICANA, S. XIX



"CENSOS MUNICIPALES DEL SIGLO XIX Y OTRAS ESTADÍSTICAS DE POBLACIÓN": Un Libro de Alejandro Paulino Ramos.


Una Investigación demográfica realizada por Alejandro Paulino Ramos y publicada por el Archivo General de la Nación de la República Dominicana, mayo del 2008.

domingo, mayo 18, 2008

HISTORIA DE LAS IDEAS SOCIALISTAS EN REPÚBLICA DOMINICANA




"LA LIGA DE OBREROS Y ARTESANOS: LA PRIMERA AGRUPACIÓN SOCIALISTA DE LA REPÚLICA DOMINICANA"

Por: Alejandro Paulino Ramos

Las ideas socialistas y su incidencia en la clase obrera europea irrumpieron en el debate político-ideológico a mediado del siglo XIX, especialmente a partir de la publicación del Manifiesto del Partido Comunista (1848), preparado por Carlos Marx y Federico Engels. En América su presencia fue palpable en los países más industrializados, mientras que en la República Dominicana fue necesario esperar el inicio de la transformación de las relaciones precapitalista en relaciones que apuntaban al capitalismo industrial, fundamentadas en una incipiente economía que descansaba principalmente en la producción de azúcar de caña y en talleres de manufacturas.

Estos cambios en la economía y por tanto en la tecnología, abrieron un importante espacio a la llegada de capitales, culturas productivas y en especial a la inmigración de braceros y técnicos provenientes de las islas del Caribe, tanto de Cuba y Puerto Rico como de las Antillas que estaban bajo el control de Inglaterra. Los dominicanos somos deudores de los inmigrantes, tanto de prácticas como de ideas políticas y administrativas que se pusieron en boga desde finales del siglo XIX.

Los vocablos "socialista", "comunista" y "anarquista" guardan relación, en ciertas formas, con la presencia de esos inmigrantes. Pero además, estos, y en especial las ideas socialistas, comenzaron a popularizarse en la medida que regresaban algunas de las personas que habían visitado Europa y los Estados Unidos de Norteamérica, como fueron los casos de Manuel Rodríguez Objio y Gregorio Luperón.

Si bien los cambios en las relaciones de producción nos se producían a la velocidad ni con la lógica de los países capitalistas industrializados, tenemos que aceptar como válido la aparición de un sector obrero y artesanal urbano vinculado a los nuevos renglones productivos. Posiblemente algunas prácticas de esas economías, como por ejemplo las huelgas, se hicieron comunes a partir del ingreso a la producción de cientos de campesinos convertidos en trabajadores y los inmigrantes de la industria azucarera que recién comenzaba en los años setenta. En el libro que Rodríguez Objío escribió sobre Gregorio Luperón y la Guerra de la Restauración aparece antes de 1871 el vocablo socialista, mientras que el héroe de la Restauración, a mediado de los años ochenta del siglo XIX, acusó al periodista y político Eugenio Deschamps y a sus relacionados, de ser socialistas y enemigos de la propiedad privada.
[1]

El 11de enero de 1885 Gregorio Luperón hizo publicar una carta en el periódico El Eco del Pueblo, en la que refiriéndose a Eugenio Deschamps y sus seguidores, dice: "hoy los socialistas y los visionarios pululan en toda la República, predicando en sus hojas doctrinas desmoralizadoras y la guerra social, que es la mayor calamidad de los pueblos...". A esta acusación Deschamps contestó con un largo artículo en el periódico que dirigía, preguntándose entre otras cosas, "¿Qué es el socialismo?": "Para darnos contestación a esa pregunta, hemos tenido que recorrer a los diccionarios; nosotros ignorábamos su significación.."
[2]

También en su libro Notas Autobiográficas, el General Luperón inserta su opinión expresada anteriormente, de que Santo Domingo era "un país sin trabajo industrial, activo y relativo, que corresponda a todas las necesidades de los pueblos más avanzados, no tiene civilización ni libertad, ni seguridad de vida, ni de propiedad, sino comunismo, anarquía y tiranía en todas sus cosas políticas, sociales y comerciales"

Como hemos visto, los cambios en las estructuras económicas también traían nuevas ideas y actores en la política dominicana. Uno de los primeros en estudiar el surgimiento del proletariado dominicano lo fue Juan Isidro Jimenes Grullón, quien en su obra Sociología política aportó interesantes informaciones relativas a la aparición de la clase obrera y las primeras organizaciones de tendencia socialista, aclarando que fue a raíz del fin de la dictadura de Lilís en 1899, que los obreros urbanos comenzaran a desarrollar su interés de clases, y cita como ejemplo la aparición de la Liga de Obreros y Artesanos en 1900 y su llamado a establecer el socialismo en la República Dominicana. Recordemos que ya Luperón apuntó sobre la proliferación de hojas de esa tendencia, y que posiblemente los lideres de ese movimiento habían leído el Manifiesto del Partido Comunista; pero el que con más profundidad a estudiado el surgimiento de las ideas socialistas y la clase obrera dominicana lo ha sido el historiador Roberto Cassá, quien al referirse a estos aspectos, en su libro Movimiento Obrero y lucha socialista en la República Dominicana, explica el proceso histórico que llevó al surgimiento de la clase trabajadora urbana en los años 80 y a finales del siglo XIX, así como la aparición de las primeras organizaciones socialistas vinculados a ella, aportando las causas y los procesos económicos que facilitaron el avance del movimiento obrero en el país, desde el último cuarto del siglo XIX y hasta la muerte del dictador Rafael Leonidas Trujillo.

Ambos, tanto Juan Isidro Jimenes Grullón y Roberto Cassá, hacen referencia al comienzo del capitalismo industrial, el desarrollo de la clase obrera dominicana, la presencia de un importante contingente de trabajadores inmigrantes, principalmente de las Antillas, y la aparición de la Liga de Obrero y Artesanos, organización fundada en noviembre de 1899 en un "mitin celebrado en el patio del colegio San Luis Gonzaga" y un mes después, en una manifestación del 31 de diciembre de 1899, se proclamó el "objetivo de la redención del obrero" y se puso a circular, al día siguiente (1 de enero de 1900), una proclama en la que los integrantes de la primera organización de carácter socialista de la República Dominicana reclamaba la unidad y lucha contra el capitalismo y a favor del socialismo
[3].

En ese documento
[4] aparecen los objetivos que sustenta la organización, así como el listado de los que, perteneciendo a gremios (como son los casos de José Dolores Alfonseca, Matilde Miñoso la única mujer que firma la proclama, Tulio Cestero y José Ferrer), apoyaban las ideas contenidas en el mismo: 1) La unidad y llamado a participar en las luchas de clases, 2) Los efectos negativos del sistema capitalista sobre la clase obrera, 3) El proletariado es todavía un instrumento de la burguesía, 4) El obrero está fatigado y limitado, impedido de adquirir la educación necesaria, 5) La explotación del hombre por el hombre a través del salario, 6) Las sociedades de hoy sólo tienen clases de explotados y explotadores, 7). El obrero para su emancipación no puede esperar apoyo ni del Estado ni de la sociedad, 8) Apoya la protesta contra la infame burguesía, 9) Deja establecido en su llamado, la existencia de los trabajadores dominicanos y los trabajadores inmigrantes, y 10) Plantea como alternativa, un plan de actividades para garantizar el mejoramiento gradual y relativo de la clase obrera, democratizando los medios de producción hasta llegar en el mañana a una base socialista.

Si bien es cierto que tanto los dos historiadores citados anteriormente hacen referencia a ese documento del 1ro. de enero de 1900, creemos pertinente publicarlo de manera completa como un aporte para las nuevas generaciones de estudiosos de las ideas políticas de la República Dominicana.

A continuación presentamos el manifiesto de la Liga de Obreros y Artesanos, puesto a circular en Santo Domingo, capital de la República Dominicana el 1 de enero de 1900:


"Llamamiento que hace el "Centro Propagador" de la Liga de Obreros y Artesanos a la clase obrera de la República".

Obreros y Artesanos:

Es tiempo ya de renunciar a los nefandos perjuicios de la tradición y a la criminal indiferencia cívica en que vivimos; ha llegado ya el momento de unirnos en legión de convencidos y tomar con abnegación de mártires y resolución de salvadores la indispensable parte defensiva que nos toca en la formidable aunque sorda lucha de clases que tanto nos abate y tanto obstaculiza la emancipación humana!

El sistema de producción económico actual, el acaparamiento individual y fortuito de las fuentes de producción y la industria mayor que originan millares de jornaleros, degradan y aniquilan al obrero en vez de emanciparlo; y en vez de moralizar las instituciones falaxinente llamadas democráticas, vician perniciosamente con repugnantes convencionalismos la educación de nuestras generaciones desgraciadas.

El proletariado ha sido y es todavía un instrumento que manejan los protegidos de la suerte para acumular riquezas y conseguir capital; el jornalero es una maquina viviente comprada al más bajo precio para producir fabulosas riquezas: el obrero un desheredado de la tierra, un infortunado de la instrucción, un degradado social, un sustituto miserable del siervo y del esclavo de ayer….

Es un desgraciado a quien obliga la infame coordinación social imperante a cambiar el capital precioso de su actividad y de su vida, por las migajas de pan que le racione el potentado burgués.

El preeminente influjo que en el desarrollo de la perfectibilidad humana tenemos los obreros y artesanos resulta inexplicable ante los espíritus mediocres que son los más, y muy por el contrario se nos conceptúa por mero capricho de los demócratas demofobos, como a seres de inferioridad social y moral, incapaces de asimilar doctrinas refractarias a la educación y a la instrucción y rehacios hasta para la libertad misma.

Todo, en el actual mecanismo de las sociedades contemporáneas, se urde sentenciosamente contra los obreros, contra nosotros.

Para nosotros, las fatigas, los perennes martirios, la obscuridad intelectual, el desprecio de la Sociedad, el látigo de los políticos y los infortunios del Estado.

Por un cúmulo de deberes que se nos exige, como impuestos morales, sólo nos garantiza la Sociedad, como al antiguo esclavo un día de libertad, un solo y único derecho de vida, el Salario, ese estupendo sarcasmo que la explotación del hombre por el hombre lanza a la faz de la civilización como anatema fulminante contra la democracia criminal.

Toda esa democracia, todo ese régimen político y toda esa libertad mentira, que ostenta la humanidad ciega, es únicamente el bello ropaje de un feudalismo nuevo y de una barbarie moderna estremecida sobriamente cuando de la regeneración de los obreros se trate.

Y puesto que el corazón y la inteligencia está aún al servicio del capital; puesto que hablar de la redención del obrero es locura cuando no crimen; puesto que los liberales de hoy sostienen clases explotadas y explotantes; clases oprimidas y dominantes, capitalistas y jornaleros; puesto que nuestra organización moral exige a un hombre que le regale su salud, su vida y el porvenir de su familia a otro hombre que debe gozar mucho y trabajar poco; puesto que unos deben vegetar y gemir en la miseria, y otros ostentar lujo y malgastar alimentos, justo es que la iniciativa individual arme al obrero y clave la bandera roja del radicalismo honrado imponiendo con la energía de una discreción infalible el ideal económico por encima de todos los ideales políticos.

El obrero y sólo el obrero es el llamado a este combate, pues nada, absolutamente nada harán por su redención ni el Estado, ni la sociedad, ni nadie!

Y es por eso que hoy alzamos nuestra voz de redención, nuestro juramento de concordia obrera y nuestra protesta contra la infame burguesía que nos oprime; y es por esto por qué paseamos por toda la República nuestro redentor saludo, y nuestra desinteresada demanda de apoyo y de ayuda.

¡Obreros y artesanos de toda la República, nacionales y extranjeros! Arriba! Hacia el triunfo de la igualdad; hacia la fraternidad social! Hacia el triunfo del obrero! Unámonos y hagamos de nuestros dolores y de nuestra desesperación un solo dolor y una sola protesta.

Unámonos todos y en todo el territorio bajo una sola promesa, bajo el solemne JURAMENTO DE REDIMIR EL OBRERO.

¡Que nuestra única política sea la sustentación de nuestro ideal económico, y nuestra única ambición, el mejoramiento colectivo del obrero!...

Dediquemos nuestra poderosa actividad al MEJORAMIENTO GRADUAL Y RELATIVO DE LA CLASE OBRERA, DEMOCRATIZANDO LOS MEDIOS DE PRODUCCION, HASTA LLEGAR EN EL MAÑANA A UNA BASE SOCIALISTA.

¡Nuestra misión como entidad social, en las luchas de la sociedad, será el enérgico combate de las tradiciones y de las convenciones de la BURGUESÍA dominante.

A combatir ese enemigo común nos entregaremos, y SOLO NOS DISTRAERÁN LAS CATASTROFES POLÍTICAS DE LA SOCIEDAD PARA PROVECHO Y SUSTENTACION DE NUESTRO IDEAL ECONÓMICO.

Obreros y Artesanos:
Unión y solo unión necesitamos para el triunfo: en la unión nos moralizaremos, nos instruiremos y nos educaremos mal que le pese a ese elemento diligente cuellierguido que nos desprecia en el triunfo y nos implora en las crisis…

Moralizados y realmente unidos los obreros y artesanos, los de aquí, los de allá y los de más allá, levantaremos el mundo, suprimiremos fronteras y emanciparemos la humanidad!

A la obra pues obreros y artesanos! A fraternizar nuestros deseos en una aspiración común! Que el mañana nos sonríe y que a la solidaridad interfederal de las Ligas obreras provinciales o comunales, suceda, una advenimiento de altruismo social de salvación económica y de redención obrera!...

Por ella y para ella Obreros y Artesanos arriba! Siempre arriba!

Santo Domingo, Enero 1 de 1900.

El Centro Propagador:
Manuel M. Velez, J. D. Alfonseca hijo, G. G. Concha, J. R. Vicioso Reyes,Teodoro Martínez, Miguel Veloz Eugenio M. Llaverías, Clemente Jones, Adolfo C. Obregón, Alejandro Lendesbol, Rafael Amiama, José A. Saldaña, Marcelino Guerrero, Adan Reyes, Martín Tejeda, Ernesto Burgo, Florencio Santiago, Eliseo Mirabel, Manuel M. Mirabent, Polidor Bos Henríquez, Pedro Costo, Ángel Perdomo.

Adeptos:

Carpinteros:
Luis Hernández, Emiliano Domínguez, Gabriel Salazar, Bobo Salazar, Félix A. Vidal, J. B. Núñez, José Velásquez, Pepe Salazar, José Paulino, Enrique Yanse, Adolfo Victoria, Juan de la C. Suazo, J. A. Morín, José del R. Morales, Pedro L. Bernal, José Binete, Enrique Pérez, Enrique Segura, Miguel A. Ballista, J. Elías Salazar, José Gros, Gabino Bay, Ramón Suncal, Eligio Letter, José Valverde, Santiago Hermon, José Brito, Manuel J. Báez, Tomás Antonio Hernández, Félix Lora, Rafael Ramírez, Miguel A. Castro, Miguel Celado, Miguel Espinal, Alfonso Curiel, Anastasio Cruzado, Jesús Ma. González, Juan Taverte, J. E. Marcano, Geo E. Hizgino, Antonio González, Carlos Ma. Troncoso, Francisco Cerón, Bernardo Vidal, Felipe Obando, Guillermo Bit, Francisco Nicolás Jaques, Félix Ma. Frías, Pedro B. Frank, Ceferino Guerrero, José G. Miert, Andrés Martínez Villegas, Eugenio A. Ladrillé, José Majica, José F. Pichardo, Agustín Reyes, Juan González, Matilde Miñoso, Máximo Simonó, Pablo Quezada, Clemente Yones, Rafael Sepúlveda, Juan Victorino, G. Varona, Félix Medrano, Eliseo Mirabel, Edmon D. Precopp, Carlos Pina, R. Sepúlveda, Justiniano Heredia, Eugenio Bernal, José Victoriano Biña, Siriaco Mariño, Alfonso Rion, Juan de Dios, Gastón Juan Pedro, Eugenio M. Llaverías.

Albañiles:
Armando Mena, Marcos de Castro, Alejandro Mañón, Santiago González, Eduardo Mena, Manuel Franco, R. Iñigue, José Ramírez, Joaquín Silva, Manuel Miniel, Julián Berlis, Sebastián Llepes, Juan Veloz, Iginio Ariza, Julián Berlis hijo, Andrés T. Domínguez, Jaime Yepe hijo, Teodoro Henríquez, Francisco Henríquez, José Maria Henríquez, José Rodríguez, Idelfonso Iñiguez, Francisco Jirón, Carlos M. Cavelón, Pedro de Castro, Olegario Veloz, Manuel la Puente, Pedro Laucer, Higinio Veloz, Salvador Otero padre, Sebrenio Brito, Manuel Fajardo, Nicolás Martínez, Pedro Oluencia.

Zapateros:
Luís Penson, Benigno Núñez, Cristóbal Pulido, enrique Apolito, Abelardo Lamutt, Angel Gatón, Teodoro Gorge, Ramón Penson, Felipe Contrera, Manuel Valentin, Pancho Apolito, Marcelino Henríquez, José Gatón Hernández, Pedro Bastardo, Juan Fco. Pereyra hijo, Oscar Ortiz, Alejandro Lustrino, Lorenzo González, Rafael Velásquez, Pedro Acosta, José Pérez, Bienvenido Rojas, Ramón Puezan, Eleuterio Meléndez, Gregorio Brito, José Ma. Castillo, Rogelio Bacó, Pablo Acevedo, Jesús Sánchez, Henry A. Neuman, Narciso Bueno, José Magdaleno, Pedro Julio Padilla, Juan de la C. Cro, Manuel Elpidio Pérez, Carlos M. Landerborg, Virgilio Urives, Eduardo Hilario, Gregorio García, Manuel de los Santos, Rafael A. Concha, Tomas Bruni, Enrique Villalón, José Deduto, L. M. Caminero, Luís Cepeda, Manuel Antonio Burgo, Federico Ramos, Emeterio Torre, Santiago P. Barina, Leon, N. Vaugieken, Alejandro Fanduiz, Gustavo G. Cocha, Julio de Peña, R. López, Teodor Sani, Francisco Janecson, José Rodríguez hijo, Antonio Torres, Jesús M. Guerrero, Marcelino Barrera, Liborio Rivera, Gerardo Piter, Pedro Yepes, R. A. Sepúlveda, Juan de los Reyes, Igenio Robarcao, Felipe Aguiar, Manuel Salazar, Alberto Güilamo, Tomás Mercedes, Francisco R. López, Pancho Senclo, Telesforo González, Manuel Sención, Juan M. Ballester, Marcos Gatón, Juan González (Sob.), M. de J. Ramírez, José Martínez, M. Heredio, Salvador Hernández.

Talabarteros:
Manuel Mirobent, Jose A. Saldaña, Antonio Cruz, Rafael Ramírez, Carlos Beniel, Joaquín Martínez, Felipe Irugo (criador), Feliciano Remón, Narciso Alonzo.

Tabaqueros y Cigarreros:
Gregorio Martínez, Andrés Pérez Bigo, Pedro Llenti, Arturo Urraca, José Maria Henríquez, José Clodomiro Alisa, Francisco Sánchez Sosa, Eduardo Moreno, José Otilio Salado, Eduardo Garcau, Gerardo Hernández, José Sánchez, Casimiro Félix, Félix Sánchez, Francisco Saviñón Gotos, Rafael Sánchez, Juan B. Moreno, José A. Patin, Emo Pagán, Manuel Carvajal, José D. Per, Leoncio Henríquez, Eustaquio Gos, José Martín Bobea, Manuel Borgeruan B. Nina, Juan González.

Panaderos:
Virgilio Acevedo, Gregorio Oller, Juan Oller, Alberto Acevedo, Severo Méndez, Tomás Lebrón, Wenceslao Sedeño, Juan Whatts, Ramón Carménate, Federico Vicioso, Francisco de la Cruz, Ramón Vargas, Juan Tejeda, Fermín Marty, Francisco Morales, Mauricio Brea, Augusto González, José Luna, Juan Pelaez, Nepomuseno Garay, José Monserrat, Ricardo Cruz, Alfonso Torres, Juan Hernández, Esteban Santana, Luís M. Ponserrate, Feliz M. Girón.

Sastres:
J. M. Hernández, Ant. M. Rondon, Aristir J. Homes, Mario Peguero, Mario Mendoza, Marquito Neiman, Juan José Hipolites, Felipe Pérez, Pablo Escalante, José Báez, Arturo Medina, Menandro Jones, Teodoro Berg, Maximiliano Cheroder, Julio R. Rodríguez, Ernesto Burgo, Pelegrín Andujar, Marcelo Pérez, Rogelio E, Burgo, Leopoldo de Peña, Martin Tejada, Pablo Escalante, Miguel A. Begazo, Virgilio Escalante, Jacinto Matos hijo, Eugenio Martínez hijo, Gregorio Martínez, Manuel Hernández Castro, Francisco Sosa, Lorenzo Veloz, Isaac Brum, Alvaro F. Felipe, Luís Veloz, Mariano González, Vicente Báez, Alejandro Martínez, Manuel J. Acevedo, Angel M. Valentín, Álvaro Hidalgo, M. de J. Espinal, M. de J. Guerrero, Ignacio Moreno, Rodolfo Laracuent, Ramón Larancuent, Estanislao, Salla, Luís Parahoy, Arquímedes Robert, Rafael Moscoso, Julio Suncart, Eliseo Guio, Herminio Rivera, Auro Michel, Bienvenido Falé, Manuel Hidalgo, Manuel Veloz, Pedro Guerrero, Joaquín Puesan.

Tipógrafos:
J. R. Viciosos Reyes, Tulio Cestero, Arnold Specht, Víctor Henríquez, Carlos Gruning, Buenaventura Ureña, José Ferrer y Ferrer, Saturnino Dones, Julio Gneco, Francisco Ureña, J. B. Gómez, Joaquín Reyes Castillo, Miguel Malespin, Clodomiro Espinal, Ramón Roldan, Esteban R. Suazo, Manuel Pérez, Florencio santiago, Narciso Feliz, Johan de Windt.

Carreteros:
Gerbasio Álvarez, José Jerbasio Martínez, Carlos M. Eneria, José J. Adamia, José López, Ramón Díaz, Ambrosio Abriles, Ramón Rosa, Manuel Curiel, José Litren, Manuel M. Veloz.

Barberos:
Antonio Palma, Laureano Herrera, Bernardo Bitini, Arístides Rojas, Etanislao Prestol Mella, Antonio Mueses.

Pintores:
Pedro de Castro Vigía, Feliz Figuereo, Ramón Arage, A. G. Obregón, J. M: Anzon, Rafael Amiama.

Cocheros:
Pedro S. Atiles, Rosendo Díaz, Luciano Nolasco, Juanico Peña, Antonio Escarré.

Camiseros, Planchadores y Sombrereros:
Carlos Santoní, E. Arredondo, Carlos Vasallo, José Muñoz, M. Llanes Sandoval, Guillermo Garcia Martín, M. E. Padrón, M. Arias, Francisco Santiago, Pedro Costa.

Armeros, Herreros y Ojalateros
Juan G. Larancuent, D. Vásquez, Damián de la Vega, Antonio Baró Pacheco, Miguel Faxas, Abelardo Rosa, Juan Creus, Joaquín Toro, R. Newton.

Chocolateros:
Bernardo Bello, Pablo López, G. Contreras, Herminio Pelaez, Felipe Laucer, Enrique Alonso.

Toneleros:
Carlos Bellnanch, Damian Morey, J. José Cerra.

Plateros:

M. A. Soler, Pedro Robert, Antonio Frias, José de la M. Acevedo.

Oficios Varios:
Juan E. Lebrón, Alejandro Caraquel, Manuel M. Velez, Manuel Caballero, Adán Reyes, J. de J. Brenes, José F. del Billar, R. A. Gotos, Francisco Ozuna, Delfin Torres de la Cruz, M. Camarena.

NOTAS:
[1] Véase Alejandro Paulino Ramos, Las ideas marxistas en la República Dominicana , Santo Domingo, UASD, 1985, PP. 17-19
[2] Eugenio Deschamps, "Una Carta del Señor G. Luperón", , Periódico La República, 17 de enero 1885.
[3] Véase a Juan Isidro Jimenes Grullón, Sociología política Dominicana, 1844-1966, Vol. II, Santo Domingo, Editora Taller, 1975, pp. 53-56, y a Roberto Cassá, Movimiento obrero y lucha socialista en la República Dominicana, Santo Domingo, Fundación cultural dominicana, 1990, pp.80-88.
[4] El documento forma parte de la colección de documentos impresos que posee el Archivo General de la Nación, tanto en su biblioteca como en la hemeroteca.

sábado, mayo 17, 2008

EUGENIO MARÍA DE HOSTOS





EUGENIO MARÍA DE HOSTOS ACUSADO DE IMPERIALISTA, DE PROMOVER EL SOCIALISMO Y SER PARTIDARIO DE UNA EDUCACIÓN SIN DIOS

Por : Alejandro Paulino Ramos

(Publicado en la revista VETAS, Columna "Pasado por Agua", Santo Domingo, Rep. Dominicana, Año 15, No. 84, abril 2008. En las fotos: Eugenio María de Hostos y Alejandro Paulino Ramos).

Eugenio María de Hostos (1839) fue, en el ambiente educativo dominicano de finales del siglo XIX y hasta su fallecimiento en 1903, incomprendido, perseguido, criticado y hasta rechazado por sectores y personalidades que intentaban, muchas veces motivados por celos irracionales, impedir la germinación de sus aportes a la educación y al bien social del país.

Innumerables documentos y escritos, muchos de ellos aparecidos en la prensa nacional así lo demuestran. Basta con leer las cartas pastorales de Monseñor Meriño, y los escritos del sacerdote Alejandro Adolfo Nouel rechazando las ideas educativas de Hostos y los artículos aparecidos en la prensa firmados por Pelegrín Castillos y Rafael Justino Castillo, en 1901, defendiendo los aportes de quien se consideraban discípulos, para entender lo desgarrante que fueron aquellos años para aquel que justicieramente los dominicanos consideramos como apóstol de la educación.

Vinculado a los propósitos independentistas de Puerto Rico y Cuba, visitó Santo Domingo en 1875 y desde entonces reclamó su condición de dominicano, como lo explicó en carta enviada al periódico La Paz, diciendo que él era dominicano de sentimiento, cubano por obligación, puertorriqueño de nacimiento y latinoamericano de origen, evolución y aspiración
[1]. Y aún así, ya en aquellos días hubo quienes lo señalaron como enemigo del país. A las calumnias, casi siempre motivadas por asuntos políticos, contestaba : “Si dicen que intenté crear animosidades internacionales, dígase que intenté defender la nacionalidad contra atentados de la nacion que ha emponzoñado la vida de nuestras sociedades latino-americanas” [2]

Se marchó en 1876 y regresó en 1879 cuando el general Gregorio Luperón y su Partido Nacional ascendieron a la dirección del Estado dominicano, tocándole como responsable de la Instrucción Pública, diseñar y organizar el sistema educativo, promover la apertura del Instituto Profesional (hoy Universidad Autónoma de Santo Domingo), y fundar la Escuela Normal (1880), al mismo tiempo que ejercía el magisterio. Sus ideas a favor de la República estaban centrada en su convicción de era “absolutamente indispensable establecer un orden racional en los estudios, un método razonado en la enseñanza, la influencia de un principio armonizador en el profesorado, y el ideal de un sistema superior a todo otro, en el propósito mismo de la educación común”.

Sus planes y conceptos normados por ideas positivistas, encontraron opositores de mucho poder social, religioso y político. Se la acusó de promover una “educación sin Dios”, cuando en verdad perseguía establecer una metodología que desechara el aprendizaje memorístico y privilegiara el uso de la razón y aunque su proyecto educativo pronto comenzó a dar sus frutos, impulsado por las presiones políticas abandonó el país en 1888. En su ausencia sus opositores protegidos en el interés de la dictadura iniciaron la eliminación de los logros alcanzados en años de luchas: cambiaron la Escuela Normal por Colegio Central, introdujeron asignaturas para promover los dogmas de la religión católica y eliminaron “La moral social” “Elementos de sociología” y “Economía política”.

Con el magnicidio del 26 de julio de 1899 terminó la dictadura y un gobierno más tolerable de las ideas, reclamó la presencia de Hostos, quien llegó al país en 1900 y para 1901 era Inspector General de Instrucción Pública. Rodeado de antiguos discípulos trató de rescatar los valores educativos perdidos y a la vez que prepararaba a los jóvenes para su futuro profesional y como sujetos sociales y la escuela como instrumento de bien político-administrativo. El 10 de julio de 1901 escribió a la Sociedad Amigos del Estudio: “Tengo la necesidad de recordarles los principios fundamentales en que se basa nuestra doctrina y el deber de preservarlos contra asechanzas que pueden malograr la noble confianza han tenido ustedes”
[3], recordándoles los principios del normalismo: el desarrollo graduado de la población por medio de las colonias agrícolas y febriles, aumento y mejoramiento de la producción agrícola para el mercado, establecimiento de ferias urbanas, mercados fronterizos, certámenes regionales y exposición agrícolas.

Entre los principios políticos Hostos destacaba la libertad individual, libertad y autonomía municipal, libertad y descentralización departamental, provincial y regional, libertad nacional asegurada en el régimen civil, simplificación de la administración publica y establecimiento de relaciones diplomáticas y comerciales que consolidaran la independencia.

En cuanto a los pedagógicos, insistía en la enseñanza organizada lejos de la influencia del Estado, escuelas laicas, aprendizaje compulsivo, y la obligatoriedad del Estado y los Ayuntamientos con la enseñanza pública, destacando que en los religiosos y morales se tenía que ser tolerante.

En su afán por reformar la educación y a través de ella la sociedad, Hostos convocó en 1901 a sus discípulos para “secundar el victorioso esfuerzo de la nueva normal, contribuyendo con la enseñanza nocturna, las conferencias y el favorecimiento de actos de cultura, al arraigamiento de la doctrina del trabajo, educación, libertad, tolerancia y orden”, desechando la calumnia que, acechando en dondequiera al normalismo, lo denuncia, ahora como partido político, para así debilitarlo”.

La batalla fue terrible. Los sectores que antes lo criticaron y negaron su condición de dominicano rechazaron sus planes para encauzar la educación dominicana. Se le acusó de introducir cambios inmorales en la sociedad dominicana. Los ataques fueron implacables a partir del momento en que dos de sus discípulos introdujeran en el Congreso un proyecto de ley para reformular el sistema educativo. Nuevamente acusado de promover proyectos educativos materialistas y ateos, dijeron que ideas tenían efectos que mortificaban a los pueblos, los llevaban al socialismo, al anarquismo y al nihilismo, y los prepara el animo de a la población para “si llegara el momento de las grandes injusticias y de los atropellos de la fuerza, imitemos a nuestros vecinos recibiendo a los invasores al grito de “vivan los conquistadores”
[4]

El Arzobispo Fernando A. de Meriño, a través de carta pastoral del 15 de junio de 1901, “relativa a las doctrinas racionalistas”, criticó abiertamente la Escuela Normal motivando a que el sacerdote Adolfo Alejandro Nouel, el 25 de julio, escribiera una “composición literaria”, en la que decía: “La doctrina materialista atea, la divinización de la humana inteligencia, y las teorías del dios-conciencia y del dios-humanidad, de que se han jactado los impíos reformadores (…), tuvieron entre nosotros algunos aunque pocos y disfrazados sostenedores. (…) para hacer germinar en nuestro país la plana exótica; y so pretexto de novedad, se repitieron en las aulas las añejas impiedades (…) y bajo el nombre de “moral social” volvieron a publicarse una vez más por medio de la prensa las falsedades las injurias, los insultos y los anatemas contra el Cristianismo, y muy en particularmente contra nuestra santa fe católica”. Nouel llamó a los seguidores de Hostos “extraños fabricadores de conciencias” y reclamó del gobierno “evitar un conflicto político-religioso, tan sin provecho para nadie, de las funestas consecuencias para todos”[5]

El debate en torno a la resurrección de la escuela hostosiana se prolongó durante largos meses, mientras el Maestro se encontraba enfermo. Las posiciones más persistentes enfrentaban en la prensa al sacerdote-diputado Rafael C. Castellanos con los discípulos Rafael Justino Castillo, José Debeau y Pelegrín Castillo.

Como parte de la polémica el cura Castellanos publicó un opúsculo (1901),
[6] en el que recogió los argumentos con los que se opuso al proyecto de reforma educacional introducido por Hostos en el Congreso, el 10 de Junio de 1901. Alegando que Hostos no tenía “calidad ninguna para dirigirse en el ejercicio de sus funciones al Congreso” y que éste no tenía que recibir lecciones de “tal maestro” porque los representantes del pueblo no se consideran sus discípulos. Negó la condición de dominicano reivindicada por Hostos argumentando que si el proyecto fue redactado por Hostos, entonces “tendríamos que hasta los extranjeros (como en este caso) gozarían del derecho de iniciativa en la formación de las leyes”.

Castellanos decía oponerse al proyecto de ley por no “acomodarse a la situación económica del país” y le restaba calidad, por entender que en la “obra concienzuda” del Maestro no existe “altas miras”, ni “generosos propósitos”. “Lo que hallo es confusión por todas pares, contradicciones al granel y desconfianzas desmedidas que desacreditan y deshonran al país”.

Apellidaba el proyecto de ley “la nueva improvement” o “Imporvement nacional”, explicando que este había caído mal en la opinión publica era desaprobado por el pueblo. En cuanto a la educación de la mujer, el cura-diputado reclamó a los hostosianos una rectificación de sus planteamientos, pues él decía no entender, “no es posible, ni puede serlo en buena pedagogía, que no haya distinción alguna entre la educación del hombre y la de aquella. (…). La mujer necesita principalmente que la forme con todos los conocimientos necesarios para estar en buena sociedad y para funcionar como hija, esposa o madre en la casa; (…). No basta la Normal para la mujer; deben establecerse antes que ésta dos escuelas más necesarias aún, que deben aumentarse con empeño: Escuela de aprendizaje, o sea una escuela de servicio domestico, arte culinario, lavado, aplanchado, cuidado de niños, etc.; escuelas cuyas ventajas no deben ocultarse a nadie; (…), mostrando competencia en el servicio domestico, en el manejo de una casa de familia (…). Porque eso de pretender que toda las mujeres sean maestras o literatas, el olvidar que su principal esfera de acción es el hogar; y que antes de distinguirse como escritora o como institutriz, debe descollar como buena hija, como esposa completa y como madre competente en el dominio casero”.

Rafael Castellanos acusó el proyecto de favorecer a los “más acomodados, dejando sin luz a los pobres, a los desheredados de la fortuna” y de ser imitadores de los Estados Unidos y de promover “una civilización materialista” y una “instrucción atea”, en “la que la enseñanza sin Dios no hace otra cosa que causar males y perturbaciones siempre desastrosas”.

Criticaba que en el proyecto se le diera preferencia al “idioma ingles, a la Constitución Americana y a determinados oradores de la patria de Washington: porque no parece sino que se quieren despertar grandes y fuertes simpatías por el águila del Norte; lo cual es peligrosísimo en naciones de poca población. (…)”. Porque se desea “que los alumnos crezcan amando a los americanos, hablando con preferencia el ingles, admirando sus instituciones, aprendiendo obligatoriamente la Constitución Americana, con exclusión de la –Dominicana, y saboreando solamente (…) oradores políticos norteamericanos”.

Después del largo debate en el Congreso y la prensa, las reformas fueron aprobadas, decretando el presidente Horacio Vásquez en julio de 1902, los cambios propuestos por el Maestro, y quedando vigente la ley promovida por Hostos en 1884. El Maestro falleció en Santo Domingo en 1903.

La encendida polémica
[7] en torno a los aportes de Eugenio María de Hostos y las posiciones enarboladas por sus discípulos, desentrañan la fortaleza del Normalismo y la resistencia enarbolada para que sus ideas fueran convertidas en realidad. Los dos escritos que a continuación insertamos en estas páginas, son una muestra de los niveles alcanzados en el debate sobre la Escuela Racional.

EL DEBATE:

“Punto de vista Sobre el informe del diputado Castellanos contra la “Ley General de Enseñanza Pública”

Por : Pelegrín L. Castillo A.

Publicado en Periódico “El Nuevo Régimen”
28 de julio de 1901

Primer Fragmento

He leído y releído el informe que pacientemente oyéramos leer el día 10 a su autor, el diputado Castellanos, miembro de la comisión de justicia e instrucción pública. Aunque con anterioridad había estudiado cuidadosamente la “Ley General de Enseñanza Pública”, prohijada y sometida a mi al Congreso, sobre la cual pueda el informe indicar; aunque por haber leído algunas obras de pedagogía y su historia me creía en la posibilidad de entender dicha ley; y por más que ya la tenia conceptuada de verdadero monumento pedagógico, al conocer el magistral informe del diputado Castellanos que la condena como un enorme fárrago de “contradicciones”, “incoherencias”, “peligros”, “anexión del espíritu a los americanos”, “inconstitucionalidades”, “privilegios odiosos para las clases pobres del país”, al conocer digo, estas tremendas acusaciones, mi espíritu se recogió en si mismo, sentí frió glacial en todo mi cuerpo: ¡estaba arrepentido del juicio emitido anteriormente¡.

Pero, no; pude sustraerme a esos primeros impulsos ¡que tan funestos son al anhelado predominio de la verdad y la rectitud del carácter! Y al lograrlo, lo que debo en parte a una como predisposición a negarlo todo sorprendida en el señor informante, resolví recomenzar el estudio de la ley en vista ya del informe que la pulveriza!.

¡Cuál no sería mi asombro al reconocer en el magistral informe, no ya esa sabiduría condensada en materia de pedagogía y legislación que en los primeros momentos hizome tomar al señor informante por nuevo emulo de Pestalozzi, Horacio Mann, y otros no menos ilustres pedagogos, sino la pobre realidad de una enorme palabrería!.

Pero no vengo a cansaros, señores diputados, con el minucioso estudio que me exigiría el largo informe, si hubiese de analizarlo en todos sus detalles como e su propósito hacerlo en el campo más adecuado de la prensa. De momento solo voy a hacer algunas consideraciones generales sobre sus puntos más salientes, con el objeto de probaros que dicho informe, animado por el espíritu de parcialidad más notable, no podría servir de fuente al juicio que los intereses sociales requieren se forme de la “Ley General de Enseñanza Pública”.

Señores diputados, no sabía yo que la sinceridad era una falta, y la mentira una virtud. El diputado Castellanos, y antes que el, los reaccionarios que han combatido en la prensa contra la reforma educacional iniciada, parece como que afirman esta novedad. Cuando tuve la honra de someteros a consideración la “Ley General de Enseñanza Pública”, concienzudamente elaborada por el sabio pedagogo Don Eugenio M. Hostos, la confesión que hiciera de la procedencia intelectual de dicha ley, como una justísima protesta de gratitud y aliento al bienhechor de la juventud Dominicana, y como una recomendación a la vez del merito de ese trabajo a sido el pretexto de una campaña del viejo obstruccionismo a la enseñanza racional en el país. En la prensa, primero, y ahora en el Congreso por boca del diputado Castellanos; se nos ha llamado violadores de la constitución y profanadores de la dignidad altísima del congreso de la República.

El diputado Castellanos ha reconocido el fundamento de las razones que produjera yo en meses pasados por la prensa cuando probaba que en el país abundan los precedentes de leyes formuladas por personas extrañas al congreso y sometidas a su conocimiento por diputados. El diputado informante conviene, por no poderlo negar, que esa es una práctica perfectamente correcta; pero según su propia confesión el diputado en semejantes condiciones inicio una ley, no debe manifestar que no es suya la obra.

¡Quien será tan corto de sentido común en esta primera razón de la “urgencia de rechazo” de que nos habla el diputado Castellanos, una como predisposición a rechazar la “Ley General de Enseñanza Pública”!. La futileza del motivo no prueba otra cosa. Yo confieso que no he transpuesto esta parte del informe sin rastrear ya sus conclusiones sistemáticas, y sin resentirme profundamente en la creencia de imparcialidad y rectitud que hacía esperar aquella afirmación categórica del informante: “no me guían pasiones sino razones”.

Pero sigamos al informante en su carrera vertiginosa de negaciones rotundas y de protestas airadas contra la “Ley General de Enseñanza Pública”. A seguidas de la falsedad que se acaba de demostrar, que se yergue resuelto y enérgico diputado Castellanos y clama: “Urge rechazar esa ley, primero, por sus contradicciones entre si y con las demás leyes; segundo, por no acomodarse a la situación económica del país”.

Como dije, señores diputados, no es mi objeto entrar en detalles por ahora, así es que, no seguiré al informante en las numerosas pretendidas contradicciones que señala a la ley, de las cuales solo una resulta, si no una contradicción propiamente dicha, un olvido del autor de la ley, que subsanaría con un simple cambio de palabras. Quiero si fijar vuestra atención sobre un punto que como el anterior hace a mi objeto de probar simple y sencillamente que el informe del diputado Castellanos por estar viciado de parcialidad y prejuicios no podría ser fuente de verdad y rectitud de juicio. En efecto, señores diputados, admitamos que halla en la ley las supuestas contradicciones que dice el informante, ora entre si, ora con las demás leyes, ¡Como se concibe que pensando que con buena intención se pueda pedir por tal motivo el rechazo in absoluto de la “Ley General de Enseñanza Pública”, y no, lo que se ocurre al sentido común más lerdo, la armonía de las disposiciones contradictorias, ya entre si, ya con las demás leyes!.
El segundo motivo para el rechazo absoluto de la ley no es menos especioso, ni ha sido menos escudo a la consigna de obstruccionismo, porque si la ley no se ajusta al medio económico, no es el rechazo absoluto que urge, sino el acomodamiento de una cosa a otra o lo que seria mejor y haría el patriotismo pensador: el ajuste de los medios y recursos económicos de la ley, aunque ello costara la supresión de la “Plantilla inmoral” y otros gastos indebidos que actualmente se hace. Pero, señores diputados, en lo más irritante en este punto es que se halla llevado la consigna del oscurantismo hasta la ceguedad de pasar por el alto la disposición que la misma ley pide o establece al declarar que se ira poniendo en práctica en medida que lo permita los recursos económicos, circunstancias de lugar, condiciones sociales &, &!. ¡No dice todo esto en términos muy claros que hay carencia de justicia, por no decir súper abundancia de pasiones, en esa parte del informe y en cuantos hallan hecho arma de nuestra estreches económica ¡que tantas cosas permite impunemente! Para escandalizar al país con las enormes utopías de que hablan los enemigos de la educación del pueblo, a caso porque en una u otra forma viven de su ignorancia? (continúa.....)

Punto de vista sobre el informe del diputado Castellanos contra la “Ley General de Enseñanza Pública”.

Por : Pelegrín L. Castillo A.

Publicado en Periódico “El Nuevo Régimen”
Santo Domingo, 4 agosto de 1901.

Segundo fragmento

"Quiero también pasar por alto los conceptos del informante sobre la creación de las “Tesorerías Especiales para el Cobro”, administración & de los fondos destinados a la enseñanza, porque este detalle se comprende en el objeto de la crítica de que hablo anteriormente, y porque en ese punto tendría forzosamente que reiterar mi protesta contra la parcialidad y la pasión ciega que privó al señor informante sobre los sagrados intereses sociales que se entrelazan y compenetran con la ley, en este punto sobre todo.

Dice, el diputado Castellano: “Lo gracioso de esta disposición está en que se crean las Tesorerías de Enseñanza Pública, según el mensaje del Inspector General, por desconfianza del consejo de gobierno y de los ayuntamientos (Pág. VIII) y olvidando el desorden que había que corregir las tales tesorerías especiales se les autoriza a ampararse de la tesorería municipal...” Prescindamos de la mala intención que informa el párrafo trasncrito, pues de considerarlo compaginándolo con aquellas tristes aseveraciones que hace el informante, contra toda verdad, de privilegios odiosos para las clases pobres del país, de anexión al espíritu a los americanos & tendríamos que preguntarnos, llenos de asombro: Estamos en presencia de un hombre sano de juicio que razona y piensa realmente sobre su cometido, o de un anarquista, de un nihilista, que obscurecido por las pasiones, se debate por llevar a la sociedad gérmenes de prevención, de disociación y de odio contra la “Ley General de Enseñanza Pública” y contra su autor.”

Pero, no, reconozcamos simple y sencillamente que el diputado Castellanos no ha puesto su inteligencia y su corazón a la altura de la “Ley General de Enseñanza Pública” y sus grandes, generosos propósitos de bien social. Se comprenderá esto, si se piensa que en aquellos puntos de la ley como las “Tesorerías Especiales”; la sustitución de la “Juntas de Estudios” por los “Consejos de Vigilancias”; la creación de la “Superintendencia de Enseñanza Pública”; las “Conferencias Populares”; los “Compañerazgos escolares”; que él hace blanco de sus censuras más acerbas está la esencia de la esencia “Ley General de Enseñanza Pública”, su mérito y su sabiduría.

Esto así, señores diputados, porque los puntos especialmente indicados, y otros que les son consecuenciales en la misma ley, son la expresión de una admirable reforma en nuestra pobre legislación educacional; el génesis, podríamos decir, que la organización científica y social de la institución y educación pública entre nosotros; su emancipación del nocivo tutelaje del orden político y de otras no menos funestas influencias entorpecedoras de la educación completa del hombre. Por esos puntos de la ley se provee a la solución de los dos grandes problemas que entrañan, en mi concepto, la incógnita de nuestra civilización, porque entrañan las bases de una racional organización de la enseñanza pública: Separarla en lo posible de las veleidades de la política: Integrarla a su verdadero puesto de institución eminentemente social. He ahí esos dos grandes problemas cuya solución plantea y resuelve hasta donde lo permite el estado social & la ley tan obstinadamente calumniadas: La “Ley General de Enseñanza Pública”.

Esos dos puntos de vista son los dos polos dentro de los cuales gira el sistema pedagógico de la ley. Por tal virtud me atrevo a asegurar que quien no parta de esas dos ideas, que son como el alfa y la omega de la ley y de la organización escolar que ella plantea, podrá apedrearla, jamás exponer juicios concienzudos y justos de sus tendencias y eficacias.

De seguir anotando desde ahora los errores y exageraciones que a fuerza de prejuicios a logrado amontonar en su informe el diputado Castellanos, habría de demostrarle cuan lejos de la verdad y de los verdaderos intereses sociales anduvo al tratar de la educación de la mujer cuando afirma que no podría contenerse en los programas de la ley los cuales son para hombres; y no para la mujer que debe, según sus palabras a prender a cocinar, a planchar, y otros quehaceres domésticos &.

No me explico porqué el diputado Castellanos inconsecuentemente con ese orden de ideas piensa en la educación de la mujer e insiste una y varias veces en que a ella esta encomendada en primer termino la educación domestica. No me explico, porque aquello incluye esto.

No, la mujer tiene las mismas facultades intelectuales del hombre y las mismas actividades efectivas y volitivas, y la pedagogía no pone diferencia entre ella y el hombre, ni los legítimos intereses de la sociedad y la civilización permitirían que se sustraigan sus facultades racionales y sus potencias morales al influjo de una completa y racional educación. Al contrario, civilización y sociedad están tramando, cada día más resueltamente, porque se destroce ese circulo de hierro en la que las preocupaciones sociales, &, han aprisionado a la pobre mujer; y claman, no ya por conmiseración al oprimido, sino por el interés de ellas mismas, porque es ya innegable que las caídas e infortunios de la sociedad y de la civilización arrancan del hogar donde sobran las buenas cocineras y aplanchadoras y faltan las matronas educadoras de hombres para la sociedad y para la civilización. La “Ley General de Enseñanza Pública”, como obra de Hostos, no podría dejar en blanco, ni si quiera deficiente la educación de la mujer. Existe en la historia de la civilización patria un periodo grandioso, ante el cual se prosterna agradecido el patriotismo y ese periodo se podría llamar por el nombre de dos de nuestros grandes bienhechores: Hostos y la Ureña!"
F I N....................

Fragmento del Escrito "La Escuela", por Rafael Justino Castillo, Periódico "El Nuevo Régimen", 30 de junio 1901:

“Se pierde de vista la doctrina para atacar al apóstol, se combate la obra de bien porque el iniciador no es persona grata a ciertos hombres que, como el perro del hortelano, ni hacen ni dejan hacer. (…). De ahí, que la lucha no sea de doctrinas ni de ideas; de ahí que se ataquen personalidades, y se eche mano de armas indignas de ser blandidas por quienes se precian de caballeros; de ahí que haya gentes sencillas que, engañadas, se oponen a la reforma escolar que realiza, daría a sus hijos útil y fecunda enseñanza, y lo prepararía para entrar en combate de la vida armado con armas de bien y de verdad. ¿Cómo se explica que los mismos que aparentan temer más la perdida de la nacionalidad dominicana por la absorción yankee, combatan la reforma radical de la enseñanza publica y su civilización?”
NOTAS:

[1] En : Eugenio María de Hostos, Páginas dominicanas.
[2] Idem.
[3] Carta del 10 de julio de 1901 a la Sociedad Amigos del Estudio. En: E. M. de Hostos, Páginas dominicanas.
[4] Rafael C. Castellanos, Informe acerca de la reforma educacional iniciada por Don Eugenio María de Hostos, presentado al Congreso el 10 de junio de 1901. Santo Domingo, Imprenta García Hermanos, 1901.
[5] Obras de Monseñor Nouel. Santo Domingo, s.p.i.
[6] Rafael C. Castellanos, Op. Cit.
[7] Acerca del debate sobre la educación hostosiana véanse los artículos “La Escuela”, por Rafael Justino Castillo, El Nuevo Régimen, 30 de junio 1901; “El porvenir o al pasado”, por Pelegrín L. Castillo, El Nuevo Régimen 30 de junio 1901; Periódicos “El Civismo” de Santiago y “La Tijera” de Puerto Plata, junio de 1901; artículo “La Escuela vieja”, por R. J. Castillo, El Nuevo Régimen, 14 de julio 1901; Editorial periódico El Nuevo Régimen, 11 agosto de 1901; “Frutos de la Normal”, por Junios, 18 de agosto 1901; Normalismo en la vida nacional”, El Nuevo Régimen, 25 de agosto 1901;”Nuestra opinión”, por Imparcial, El Nuevo Régimen, 25 de agosto 1901, y “El Informe Castellanos”, por D. E. Baechy, El Nuevo Régimen, 1 septiembre 1901.