martes, mayo 29, 2007

INVASIONES HAITIANAS CONTRA REPÚBLICA DOMINICANA






RESISTENCIA DOMINICANA, 1844-1845:

GUERRA DE INFORMACIÓN DURANTE LA INVASION HAITIANA DE 1845.

Alejandro Paulino Ramos

(Este artículo salió publicado originalmente en la revista Vetas, República Dominicana, 2006. La bandera y escudo son de 1906 y aparecen publicada en el libro La Repùblica Dominicana por Enrique Deschamps en 1907)


El escrito que presentamos titulado “Los Haitianos” y la imagen que representa a un soldado de la vecina República fumando su cachimbo y arrastrando un perro, fueron tomados del periódico “El Dominicano” No. 1, y aparecido el 19 de septiembre de 1845, escrito por el prominente hombre de “La Trinitaria” José María Serra (1819-1888), como respuesta a la campaña de desinformación que promovía el gobierno haitiano en el preciso momento en que sus tropas invadían con aspiración de reconquista la naciente República Dominicana.

Las invasiones haitianas del territorio dominicano se iniciaron inmediatamente fue proclamada la República y se repitieron en los años siguientes de 1845, 1849, 1855 y 1856. En la segunda campaña iniciada en marzo de 1845 y en la que el ejército haitiano atacó por mar y por tierra, se destacaron en la resistencia el General Antonio Duvergé, José Joaquín Puello, Felipe Alfau, el coronel Tavera y otros domincanos. El ataque haitiano también lo era en el campo de la “guerra de información”, con la que se buscaba la desmoralización de los dominicanos que enfrentaban la invasión, por lo que el patricio Serra le salió al frente.


José María Serra, a quien se le tiene como uno de los primeros periodistas de la República Dominicana y quien desde los días de la formación de “La Trinitaria” en 1838, ya venía a través de sus manuscritos incitando a favor de la independencia, respondió en 1846 los argumentos propagandísticos de los haitianos en un diálogo en el que participaban cuatro jóvenes dominicanos que al parecer escribían o tenían el propósito de escribir en algún medio, pero que leyendo las gacetas, El Manifiesto y el Comercio de Puerto Príncipe, se encontraban al parecer, confundidos con los partes de guerra que ponían a circular los invasores a través de los referidos medios.

Serra intenta en su escrito desmontar los argumentos haitianos y de paso va introduciendo informaciones y precisiones sobre las que para él eran las principales verdades de lo que ocurría en las batallas que se desarrollaban en Hincha, Cachimán, La Estrelleta, Beler y otras zonas limítrofes con la República de Haití.

No deja llamar la atención en el escrito que a continuación insertamos, la utilización de expresiones despectivas para referirse a los haitianos; una de estas es el calificativo de cocolos (aparece en otros escritos de la época con el mismo sentido), cuando todos entendíamos que ese vocablo guardaba relación con los inmigrantes que procedían de las antillas británicas, en el ultimo cuarto del siglo XIX.

El documento que a continuación publicamos, fue tomado de:


José María Serra. Los Haitianos. Periódico El Dominicano, No. 1, 19 septiembre 1845.


LOS HAITIANOS

Ja. Ja,ja. !bravo! !bravísimo! Ja, ja, ja, !qué vivan! ¡ja, ja, ja, ¿ ¿Qué es esto, Señores? ¿qué algazara? ¿Qué estruendo? Va que me tumban la casa, D. Fidel, ja, ja, ja, escuche: Si ya escucho la bullanga de cuatro atolondrados que no me dejan reposar la siesta. No Señor, es cosa curiosa decir uno a mi_...decir aquel: no lo sufro, interrumpía este. Señores, ¡que es esto! ¿Dónde estoy? ¿Sabe Usted lo que es D. Fidel? Las mil y una noches, o los mil y un cuentos copiados en un periódico. No Señor, interrumpió el segundo, que es el gobierno de Sancho en la Ínsula Barataria. Embuste, D. Fidel, que es el proyecto de invasión de un general a la isla de Jauja, dijo el tercero. D. Fidel, gritó el cuarto ¿sabe lo que es? Ja, ja, ja, la hoja de Comercio y el Manifiesto de Puerto-Príncipe del día 3 de Agosto, que ahora estábamos leyendo. (Cuádruple carcajada y azoramiento de D. Fidel) ¿Es posible Señores, que cuatro jóvenes sensatos como ustedes se ocupen de leer los periódicos de los haitianos? Pero D. Fidel, no se ocupan ellos en desmentir con descabellados embustes, los hechos que tan palpablemente hablan en contra de sus manifiestos y sus hojas de Comercio? ¿Ah? Con que es decir que por que ellos han adquirido la nota ridícula de desfachatados embusteros, han de adquirir Ustedes la de ociosos? Embusteros y no como quiera, dijo el más locuaz de nuestros caballeritos, sino que lo hacen con un descaro propio solo de haitianos. D. Fidel, si Usted leyera esos periódicos, la hoja de Comercio y el Manifiesto, vería hasta que grado se envilecen esos haitianos, porque vileza es propalar a la faz del Universo entero…—Pero criatura, ¿Qué pena puede causarte ese sistema que ellos han adoptado? Mientan y remientan en horabuena! Respecto a nosotros sus baladronadas nos perturban menos que a la luna los ladridos de los perros, y los extranjeros estoy seguro que las miraran con todo el desprecio que se merece con chusma de bandidos haitianos… Dígales, D. Fidel, los balsinos, mañeces, mombolos, mandés, cocolos, los chepes, mucieces…--No Señor yo siempre les diré los haitianos, porque haitianos es e verdadero distintivo de los haitianos y esto dice más que la que Ustedes creen: porque haitianos, según el sentir general, es la traducción literal de la caja de Pandora.--¡Bien!--¡ Bravo!—que viva!!

Señores, señores, oigan esto. --¡Qué he de oír!—Si D. Fidel, ¡escuche!—No, nada,--Si, por Dios, preste atención…Los insurgentes, (D. Fidel, así nos llaman,) abandonando el pueblo hicieron antes acto de fé de sus provisiones, y de sus, (más 400 fusiles…)” más abajo dice: “aquí encontramos proyectiles de artillería, municiones, herramientas, utensilios de guerra, y armas quemadas”.

En la hoja de Comercio añaden: “el ataque duró cuatro horas, y demasiado fue que estos 1500 insurgentes pudieran mantenerse tanto tiempo en presencia de una roca formada de 600 valientes del 11 y 12 regimientos. Nuestros solados han encontrado en los montes de Hincha una bandera que los insurgentes arrojaron en su precipitada fuga”….Señores, interrumpió D. Fidel muy encolerizado, sepan Ustedes, que ni mi edad, ni mi carácter se prestan a sus pasatiempos. Se fijamente que ustedes son unos insignes saramullos, pero jamás creí tuvieran el arrojo de tomarme por objeto de sus burlas. Se, D. Fidel….Baste, caballeritos, esto es lo que les digo. ¿Pero que cree Usted? Creo lo que es, que Ustedes lo mismo que los haitianos fraguan un millón de embusterías para divertirse a mi costa. D. Fidel Usted padece muy grande equivocación, asegúrale que no he hecho más que traducir las noticias que están impresas en las gacetas de Puerto Príncipe.

Amigo mío, ya lo he dicho que me respete. Oh! D. Fidel, convénzase Usted, yo no he pretendido burlarme de nadie, he traducido lo que está escrito sin seguir continuamente la lectura de estos papeles, sino que he ido tocando aquellas cosas más visibles que en ellos se contienen: mire, lea, persuádase con la verdad. ¡Que verdad, ni que berenjenas! Por Dios D. Fidel, póngase las gafas, mire, lea: aquí comienza, les valeureaux soldats, los valientes soldados, tome, tome, lea, lea, convénzase….(D. Fidel después de haber leído santiguándose). Bendito y alabado sea el Santísimo!! Señores, perdonen Ustedes mi acaloramiento. ¡Dios mío! ¿esto es posible? No, no, no, no, no se puede llevar más allá el descaro, la falta de delicadeza…!mentir de este modo! ¿Señores, si tendré cataratas? ¿sí habré estado soñando? ¡Qué soñando, ni soñando D. Fidel, despierto y muy despierto. Es que un despierto también sueña: o si no traslado a los redactores de esas gacetas, dijo un de los cuatro. Señores, acudió D. Fidel, y que Ustedes no contestan toda esa farsa. Yo no, dijo el primero, porque sería darles demasiada importancia a esos hambrientos miserables si ellos se considerarán que merecen nuestra atención.

No sólo eso, añadió el segundo, sino que si yo tomara la pluma, había de escribir una resma de papel, y al fin no encontraría en el diccionario términos bien expresivos para significar la falta de decoro, de decencia, de respeto con que ellos tratan a sus lectores. Les digo ladrones, borrachos, impúdicos, blasfemos y….—No, amiguito, nada de eso, interrumpió D. Fidel, porque aun cuando todo ello es verdad, por esta misma razón ellos no lo recibirán por agravio; y en segundo lugar, porque es menester no confundirnos. Sin necesidad de ocupar algunos renglones con palabras de significación igual, indignas de la prensa, puede redarguirseles, no por ellos a la verdad, sino por nosotros mismos, por tener el gusto de saborearnos con los recuerdos de la jornada que de tanta gloria, ha llenado a los españoles
*. Contéstenles sus papeles, díganles que nosotros llevamos la generosidad hasta el extremo de aconsejarles que no mientan con tanta avilantez, porque este vicio en todos los hombres es indecoroso y lo es más aún en un escritor público, el cual agravia a sus lectores abusando de narraciones tan groseras como aquella de marras cuando intentaron la descabellada noticia de que habían bloqueado nuestros puertos, absurdo tan ridículo que arrancó más de una risa de desprecio y compasión a los que sabemos que toda su marina se reducía a un miserable buque, tanto más fácil de que los nuestros le hagan buena presa, cuanto que continuamente permanece encallado sobre los cráneos y canillas de una multitud de caránganas y ladillas, de las que se ahogan al caer al mar, salidas de su bordo.

Reacuérdenle que los españoles han obtenido maravillosos triunfos desde el 19 de Marzo del año pasado en los encuentros de Azua, Maniel, Tortuguero, Comendador, Hondo Valle, Banica, Cachiment, desde donde los españoles llevaron el terror y la muerte hasta la Caobas, después de Neyba, en los Pinos, en Oregenal y en las multiplicadísimas guerrillas sostenidas en las fronteras del Sud; en las del Norte en la batalla de Santiago, en Guayubín, en Talanquera, en las Sierras, en donde el regimiento 23 desapareció completamente, sufriendo, bien a su pesar, en todas estas acciones la pujanza de nuestros intrépidos soldados que esa bandera de que hacen mención en su risible escrito, es la misma que se les quitó a ellos el 17 de Junio en Cachiment, en cuyo encuentro quedaron en nuestro poder 14 prisioneros, que son Tomas Cocó, J. B. Dechappe, A. Casarant, este último de la guardia nacional (capitanes); Beasson oficial de sanidad; Pantaleón y Cantaves tenientes; Lestache y Matías subtenientes; Teodoro Fils, cabo; Silvestre Jean, Giles Fils y Petite-Malisse, soldados; los cuales se conservan en esta cárcel en donde se les mantiene con la atención que nos es característica, aunque ellos no la merezcan; dos de estos catorce murieron antes de llegar a esta capital. Junto con estos prisioneros se le quitaron a los haitianos más de cien fusiles, tres cajas de guerra y la mencionada bandera, que por más prueba en vez de oler a pólvora, como era natural, exhala un pestífero hedor. Con respecto a ese denotado, fogoso,.valiente general Marisette que pintan deshaciendo agravios, cuando según dice la hoja de Comercio, dejó detrás la infantería para acudir a un incendio en las Matas, díganles que esto nada tiene de particular, la que si maravilla es, y lo sabemos positivamente, que dejara detrás la caballería cuando entró en Puerto Príncipe despavorido, sin sombrero, huyendo de los españoles, siendo más chocante la falta de vergüenza con que eludía tan burlesca fuga, protestando la frivolidad de que iba a buscar provisiones; que acá sabíamos que era cobarde, perjuro, pero no sabíamos que él, general en jefe de la armada expedicionaria en las fronteras del Sud, en el crítico momento de un ataque, abandonara el campo de batalla para ir a acarrear las provisiones del ejercito, lo que equivale a decir que ellos confiesan que merecen mejor albardas que charretera.

En esta acción los Dominicanos llegaron hasta el lugar nombrado el Puerto que encontraron enteramente desierto, pues los habitantes le abandonaron acosados de temor; los españoles siguieron hasta las Caobas, en donde también acaecieron grandes perjuicios a los haitianos.--¿Qué dijo Usted de perjuro D. Fidel, preguntó uno de los cuatro que estaban presentes?—¿ Pues que, no sabes, le respondió, que cuando estuvo aquí prisionero, aterrado por su cobardía, juró solemnemente no tomar las armas en contra de los Dominicanos? ¿Juraría por Dios, y después para darle más fuerza a este juramento, se pondría la mano en el pecho y a fuer de gente honrada diría con mucho énfasis, y voz aguardentosa: sux ma parole d’ honneur. ¡Santo Dios! Y que esos imbéciles llamen valiente, denodado a un hombre que se degrada en presencia del enemigo, que pierde la dignidad que tanto ennoblece al que la conserva en la adversidad!—Pues como decir, prosiguió D. Fidel, no dejen de decirles cuando escriban: que los españoles no creemos ser esfuerzo eso de matar haitianos, que tenemos a galantería después que tomamos un punto abandonarlo por el tener el gusto de reiterar los ataques, pues sin ese recurso los nuestros habían de morir en las fronteras de fastidio. Que las pruebas más equivocas de sus disparatados escritos es decir, que 600 de ellos se sostuvieron contra 1500 insurgentes, como nos llaman, puesto que si ellos vieran 1500 españoles en son de refriega, a nado habían de pasar el golfo buscando un rincón en el mundo en donde esconderse.

Háganles presente que esa desigualdad de fuerzas se verificó en el ataque del Maniel cuando el general Duverger
[**] y el coronel Felipe Alfau con 160 españoles derrotaron completamente 1200 de ellos, en cuya acción los nuestros, teniendo a mengua emplear sus municiones contra ellos por estar en una eminencia bastante ventajosa, en vez de balas los mataban a pedradas. Esta desigualdad de fuerzas experimentaron los haitianos cuando el coronel Tavera, con un puñado de hombres (por que quiso probar su valor) estuvo tres días haciendo destrozo en un numero de haitianos veinte veces mayor, a quienes en los montes de las Matas persiguió con tan vivas y multiplicadas guerrillas, que les obligó a fugar desesperados, dejando regados en los montes muchos muertos. El coronel Tavera, traspasó los límites de las fronteras en su seguimiento, lo mismo que sus soldados traspasaron los límites del valor.

Esta misma desigualdad de fuerzas numéricas se vio triunfar anteriormente cuando el 31 y 32 regimientos Dominicanos, estando en Puerto Príncipe el año de 1843, sembraron un terror pánico en el animo de todos los haitianos, y este puño de españoles que no llegaba a 400 hombres contuvieron la revolución de Mercurio; (cuando digo Mercurio entiendase que no es el dios de la elocuencia, sino que como los haitianos tienen especial cuidado en parodiar los nombres grandes de grandes hombres, a cada paso se ve una de esas miserables sabandijas con la pata por el suelo, llenos de ripios y asquerosos, el cachimbo en la boca y la…más grande que el nombre que llevan, llamarse Alcides, Telémaco, Augustos, Darío, etc. ). Sí los españoles son cobardes ¿Cómo han revindicado y recuperado sus propiedades, sus derechos y la gloria que los haitianos les usurparan? Los españoles han hecho la revolución sin armas, sin hombres, sin dinero, sin recurso: hoy todo sobra, y más que todo sobran laureles, porque ningún Dominicano tendría la mengua de presentar su cien ceñida de una corona por la simpleza de haber muerto 10 haitianos: 80 necesita cada español para combatir; tal lo ha confirmado la experiencia, y tal juzgó Mr. Riviere, cuando en Puerto Príncipe en 1843 exclamaba a cada momento para amedrentar a esos hotentotes: ¡Yo haré venir 4000 lanzas españolas!

Entre los 18 meses de lid que sostenemos, aun no han llegado a 20 los españoles que han muerto en las batallas, y si no pasan de 3000 los haitianos muertos, quiero que tres mil diablos me den tres mil gritos en los oídos a cada hora del día, o lo que es peor, que me condenen a leer los periódicos haitianos. Díganles que esa ultima acción que tanto decantan del Cachiment la han entendido muy al revés: que el general Antonio Duverger, (y no Bolescengy) lo mismo que toda la demás gente que estaba en Cachiment, cansadas ya de provocarlos para empeñar una acción decisiva, determinaron abandonarla y acamparse en la sabana de San Tomé, en cuya vasta llanura nuestros lanceros y macheteros (terror de los haitianos) hubieran aniquilado a esa horda de catres, a impulso de su valor y prodigiosa destreza con que manejan estas armas; pero que se chasquearon, porque los haitianos atendiendo más a su propia conservación que a toda otra necesidad, no dieron si quiera un paso adelante. Sí quedaron algunas provisiones (y esto puede ser cierto) creemos que por delicadeza debían callarlo; además ¿la experiencia de 23 años no los ha convencido, de que nosotros hemos ejercitado siempre con ellos la obra de misericordia de dar de comer al hambriento? Pero eso de que hallaron 400 fusiles, es falso y falsísimo: ¿400 fusiles? ¿Y para qué? ¿qué no les choca a Ustedes mismos, monsiures Alcides y Telémaco?...Si Ustedes vieran hoy en su poder 400 fusiles habían de dar más gritos que los filósofos, si encontraran aquella piedra, cuyos efectos buscan los matemáticos, en la cuadratura del círculo.

Y por último, concluyó D. Fidel, no hay que cansarse: el universo entero juzga entre haitianos y Dominicanos: ellos a pesar de inundar de gacetas ridículas todo el Orbe, no podrán sin embargo quitarse aquella notita de infamia que tantos millones les cuestan; una vez pagados estos (lo que se verificará cuando venga el anti-cristo a arreglar estas cuentas), siempre serán acreedores a que todas las naciones procuren quitar de en medio una república cuyas costumbres están en oposición con la moralidad de todos los pueblos conocidos, y con la que nadie, sin degradarse hasta lo infinito, puede contraer relaciones de amistad, ni de comercio; corroborado este aserto con la juiciosa opinión de Mr. Motté, que a éste propósito dice, exigía imperiosamente la intervención extranjera, a fin de hacer desaparecer esa horda retrógrada de en medio de los pueblos cultos. (Saint Domingue devant d’ Europe).

Los Dominicanos no tenemos comportamientos pasivos; una simpatía nos liga con las demás naciones, y Dios nos ha favorecido hasta hoy con la protección que siempre dispensa a la inocencia perseguida, y a la ultrajada justicia.

Aquí calló D. Fidel, y yo que para serviros a Ustedes caros lectores, (distingo si no son Mañeses) era uno de los cuatro que tantas carcajadas me había arrancado la lectura de las ridículas gacetas, el Manifiesto y la hoja de “Comercio de Puerto Príncipe”, corrí a mi casa antes que se me olvidara lo que había oído y tal cual pasó esta conversación la escribo para que llegue a noticias de todos, quedándome con la replica para en caso necesario.—J. M. Serra.


(José María Serra. “Los Haitianos”. El Dominicano, Núm. 1, del 19 de septiembre de 1845).

* El término “españoles” es utilizado por el autor como sinónimo de dominicanos.
[**] El apellido Duverge aparece varias veces en el texto como Duverger.

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